| Doctor de la Iglesia (año 1072). Damián significa: el que doma su cuerpo. Domador de sí mismo.
San Pedro Damián fue un hombre austero y rígido que Dios envió a
la Iglesia Católica en un tiempo en el que la relajación de costumbres era muy grande y
se necesitaban predicadores que tuvieran el valor de corregir los vicios con sus palabras
y con sus buenos ejemplos. Nació en Ravena (Italia) el año 1007.
Quedó huérfano muy pequeñito y un hermano suyo lo humilló
terriblemente y lo dedicó a cuidar cerdos y lo trataba como al más vil de los esclavos.
Pero de pronto un sacerdote, el Padre Damián, se compadeció de él y se lo llevó a la
ciudad y le costeó los estudios. En honor a su protector, en adelante nuestro santo se
llamó siempre Pedro Damián.
El antiguo cuidador de cerdos resultó tener una inteligencia
privilegiada y obtuvo las mejores calificaciones en los estudios y a los 25 años ya era
profesor de universidad. Pero no se sentía satisfecho de vivir en un ambiente tan mundano
y corrompido, y dispuso hacerse religioso.
Estaba meditando cómo entrarse a un convento, cuando recibió la
visita de dos monjes benedictinos, de la comunidad fundada por el austero San Romualdo, y
al oírles narrar lo seriamente que en su convento se vivía la vida religiosa, se fue con
ellos. Y pronto resultó ser el más exacto cumplidor de los severísimos reglamentos de
su convento.
Pedro, para lograr dominar sus pasiones sensuales, se colocó debajo
de su camisa correas con espinas (cilicio, se llama esa penitencia) y se daba azotes, y se
dedicó a ayunar a pan y agua. Pero sucedió que su cuerpo, que no estaba acostumbrado a
tan duras penitencias, empezó a debilitarse y le llegó el insomnio, y pasaba las noches
sin dormir, y le afectó una debilidad general que no le dejaba hacer nada. Entonces
comprendió que las penitencias no deben ser tan exageradas, y que la mejor penitencia es
tener paciencia con las penas que Dios permite que nos lleguen, y que una muy buena
penitencia es dedicarse a cumplir exactamente los deberes de cada día y a estudiar y
trabajar con todo empeño.
Esta experiencia personal le fue de gran utilidad después al
dirigir espiritualmente a otros, pues a muchos les fue enseñando que en vez de hacer
enfermar al cuerpo con penitencias exageradas, lo que hay que hacer es hacerlo trabajar
fuertemente en favor del reino de Dios y de la salvación de las almas.
En sus años de monje, Pedro Damián aprovechó aquel ambiente de
silencio y soledad para dedicarse a estudiar muy profundamente la Sagrada Biblia y los
escritos de los santos antiguos. Esto le servirá después enormemente para redactar sus
propios libros y sus cartas que se hicieron famosas por la gran sabiduría con la que
fueron compuestas.
En los ratos en que no estaba rezando o estudiando, se dedicaba a
labores de carpintería, y con los pequeños muebles que construía ayudaba a la economía
del convento.
Al morir el superior del convento, los monjes nombraron como su abad
a Pedro Damián. Este se oponía porque se creía indigno pero entre todos lo lograron
convencer de que debía aceptar. Era el más humilde de todos, y pedía perdón en
público por cualquier falta que cometía. Y su superiorato produjo tan buenos resultados
que de su convento se formaron otros cinco conventos, y dos de sus dirigidos fueron
declarados santos por el Sumo Pontífice (Santo Domingo Loricato y San Juan de Lodi. Este
último escribió la vida de San Pedro Damián).
Muchísimas personas pedían la dirección espiritual de San Pedro
Damián. A cuatro Sumos Pontífices les dirigió cartas muy serias recomendándoles que
hicieran todo lo posible para que la relajación y las malas costumbres no se apoderaran
de la Iglesia y de los sacerdotes. Criticaba fuertemente a los que son muy amigos de
pasear mucho, pues decía que el que mucho pasea, muy difícilmente llega a la santidad.
A un obispo que en vez de dedicarse a enseñar catecismo y a
preparar sermones pasaba las tardes jugando ajedrez, le puso como penitencia rezar tres
veces todos los salmos de la Biblia (que son 150), lavarles los pies a doce pobres y
regalarles a cada uno una moneda de oro. La penitencia era fuerte, pero el obispo se dio
cuenta de que sí se la merecía, y la cumplió y se enmendó.
Los dos peores vicios de la Iglesia en aquellos años mil, eran la
impureza y la simonía. Muchos sacerdotes eran descuidados en cumplir su celibato, o sea
ese juramento solemne que han hecho de esforzarse por ser puros, y además la simonía era
muy frecuente en todas partes. Y contra estos dos defectos se propuso luchar Pedro
Damián.
Varios Sumos Pontífices, sabiendo la gran sabiduría y la admirable
santidad del Padre Pedro Damián, le confiaron misiones delicadísimas. El Papa Esteban IX
lo nombró Cardenal y Obispo de Ostia (que es el puerto de Roma). El humilde sacerdote no
quería aceptar estos cargos, pero el Papa lo amenazó con graves castigos si no lo
aceptaba. Y allí, con esos oficios, obró con admirable prudencia. Porque al que es
obediente consigue victorias.
Resultó que el joven emperador Enrique IV quería divorciarse, y su
arzobispo, por temor, se lo iba a permitir. Entonces el Papa envió a Pedro Damián a
Alemania, el cual reunió a todos los obispos alemanes, y valientemente, delante de ellos
le pidió al emperador que no fuera a dar ese mal ejemplo tan dañoso a todos sus
súbditos, y Enrique desistió de su idea de divorciarse.
Sus sermones eran escuchados con mucha emoción y sabiduría, y sus
libros eran leídos con gran provecho espiritual. Así, por ejemplo, uno que se llama
"Libro Gomorriano", en contra de las costumbres de su tiempo. (Gomorriano, en
recuerdo de Gomorra, una de las cinco ciudades que Dios destruyó con una lluvia de fuego
porque allí se cometían muchos pecados de impureza). A los Pontífices y a muchos
personajes les dirigió frecuentes cartas pidiéndoles que trataran de acabar con la
Simonía, o sea con aquel vicio que consiste en llegar a los altos puestos de la Iglesia
comprando el cargo con dinero (y no mereciéndolo con el buen comportamiento). Este vicio
tomó el nombre de Simón el Mago, un tipo que le propuso a San Pedro apóstol que le
vendiera el poder de hacer milagros. En aquel siglo del año mil era muy frecuente que un
hombre nada santo llegara a ser sacerdote y hasta obispo, porque compraba su nombramiento
dando mucho dinero a los que lo elegían para ese cargo. Y esto traía terribles males a
la Iglesia Católica porque llegaban a altos puestos unos hombres totalmente indignos que
no iban a hacer nada bien sino mucho mal. Afortunadamente, el Papa que fue nombrado al
año siguiente de la muerte de San Pedro Damián, y que era su gran amigo, el Papa
Gregorio VII, se propuso luchar fuertemente contra ese vicio y tratar de acabarlo.
La gente decía: el Padre Damián es fuerte en el hablar, pero es
santo en el obrar, y eso hace que le hagamos caso con gusto a sus llamadas de atención.
Lo que más le agradaba era retirarse a la soledad a rezar y a
meditar. Y sentía una santa envidia por los religiosos que tienen todo su tiempo para
dedicarse a la oración y a la meditación. Otra labor que le agradaba muchísimo era el
ayudar a los pobres. Todo el dinero que le llegaba lo repartía entre la gente más
necesitada. Era mortificadísimo en comer y dormir, pero sumamente generosos en repartir
limosnas y ayudas a cuantos más podía.
El Sumo Pontífice lo envió a Ravena a tratar de lograr que esa
ciudad hiciera las paces con el Papa. Lo consiguió, y al volver de su importante misión,
al llegar al convento sintió una gran fiebre y murió santamente. Era el 21 de febrero
del año 1072. Inmediatamente la gente empezó a considerarlo como un gran santo y a
conseguir favores de Dios por su intercesión.
El Papa lo canonizó y lo declaró Doctor de la Iglesia por los
elocuentes sermones que compuso y por los libros tan sabios que escribió.
San Pedro Damián: consíguenos de Dios la gracia de que nuestros
sacerdotes y obispos sean verdaderamente santos y sepan cumplir fielmente su celibato. |