Misa de consagración del
santuario de la Divina Misericordia,
Homilía de S.S. Juan Pablo II.
La Misericordia Divina
Hoy, en este santuario, quiero consagrar el mundo a la Misericordia divina.
"Oh inconcebible e insondable misericordia de Dios, ¿quién te puede adorar y
exaltar de modo digno? Oh sumo atributo de Dios omnipotente, tú eres la dulce
esperanza de los pecadores" (Diario, 951, ed. it. 2001, p. 341).
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Repito hoy estas sencillas y sinceras palabras de santa Faustina, para adorar
juntamente con ella y con todos vosotros el misterio inconcebible e insondable
de la misericordia de Dios. Como ella, queremos profesar que, fuera de la
misericordia de Dios, no existe otra fuente de esperanza para el hombre.
Deseamos repetir con fe: Jesús, confío en ti.
De este anuncio, que expresa la confianza en el amor omnipotente de Dios,
tenemos particularmente necesidad en nuestro tiempo, en el que el hombre se
siente perdido ante las múltiples manifestaciones del mal. Es preciso que la
invocación de la misericordia de Dios brote de lo más íntimo de los corazones
llenos de sufrimiento, de temor e incertidumbre, pero, al mismo tiempo, en busca
de una fuente infalible de esperanza. Por eso, venimos hoy aquí, al santuario de
Lagiewniki, para redescubrir en Cristo el rostro del Padre: de aquel que es
"Padre misericordioso y Dios de toda consolación" (2 Co 1, 3). Con los ojos del
alma deseamos contemplar los ojos de Jesús misericordioso, para descubrir en la
profundidad de esta mirada el reflejo de su vida, así como la luz de la gracia
que hemos recibido ya tantas veces, y que Dios nos reserva para todos los días y
para el último día.
2. Estamos a punto de dedicar este nuevo templo a la Misericordia de Dios. Antes
de este acto, quiero dar las gracias de corazón a los que han contribuido a su
construcción. Doy las gracias de modo especial al cardenal Franciszek Macharski,
que ha trabajado tanto por esta iniciativa, manifestando su devoción a la
Misericordia divina. Abrazo con afecto a las Religiosas de la Bienaventurada
Virgen María de la Misericordia y les agradezco su obra de difusión del mensaje
legado por santa Faustina. Saludo a los cardenales y a los obispos de Polonia,
encabezados por el cardenal primado, así como a los obispos procedentes de
diversas partes del mundo. Me alegra la presencia de los sacerdotes diocesanos y
religiosos, así como de los seminaristas.
Saludo de corazón a todos los que participan en esta celebración y, de modo
particular, a los representantes de la Fundación del santuario de la
Misericordia Divina, que se ocupó de su construcción, y a los obreros de las
diversas empresas. Sé que muchos de los aquí presentes han sostenido
materialmente con generosidad esta construcción. Pido a Dios que recompense su
magnanimidad y su compromiso con su bendición.
3. Hermanos y hermanas, mientras dedicamos esta nueva iglesia, podemos hacernos
la pregunta que afligía al rey Salomón cuando estaba consagrando como morada de
Dios el templo de Jerusalén: "¿Es que verdaderamente habitará Dios con los
hombres sobre la tierra? Si los cielos y los cielos de los cielos no pueden
contenerte, ¡cuánto menos esta casa que yo te he construido!" (1 R 8, 27). Sí, a
primera vista, vincular determinados "espacios" a la presencia de Dios podría
parecer inoportuno. Sin embargo, es preciso recordar que el tiempo y el espacio
pertenecen totalmente a Dios. Aunque el tiempo y todo el mundo pueden
considerarse su "templo", existen tiempos y lugares que Dios elige para que en
ellos los hombres experimenten de modo especial su presencia y su gracia. Y la
gente, impulsada por el sentido de la fe, acude a estos lugares, segura de
ponerse verdaderamente delante de Dios, presente en ellos.
Con este mismo espíritu de fe he venido a Lagiewniki, para dedicar este nuevo
templo, convencido de que es un lugar especial elegido por Dios para derramar la
gracia de su misericordia. Oro para que esta iglesia sea siempre un lugar de
anuncio del mensaje sobre el amor misericordioso de Dios; un lugar de conversión
y de penitencia; un lugar de celebración de la Eucaristía, fuente de la
misericordia; un lugar de oración y de imploración asidua de la misericordia
para nosotros y para el mundo. Oro con las palabras de Salomón: "Atiende a la
plegaria de tu siervo y a su petición, Señor Dios mío, y escucha el clamor y la
plegaria que tu siervo hace hoy en tu presencia, que tus ojos estén abiertos día
y noche sobre esta casa. (...) Oye, pues, la plegaria de tu siervo y de tu
pueblo Israel cuando oren en este lugar. Escucha tú desde el lugar de tu morada,
desde el cielo, escucha y perdona" (1 R 8, 28-30).
4. "Pero llega la hora, ya está aquí, en que los adoradores verdaderos adorarán
al Padre en Espíritu y en verdad, porque el Padre desea que le den culto así" (Jn
4, 23). Cuando leemos estas palabras de nuestro Señor Jesucristo en el santuario
de la Misericordia Divina, nos damos cuenta de modo muy particular de que no
podemos presentarnos aquí si no es en Espíritu y en verdad. Es el Espíritu
Santo, Consolador y Espíritu de verdad, quien nos conduce por los caminos de la
Misericordia divina. Él, convenciendo al mundo "en lo referente al pecado, en lo
referente a la justicia y en lo referente al juicio" (Jn 16, 8), al mismo tiempo
revela la plenitud de la salvación en Cristo. Este convencer en lo referente al
pecado tiene lugar en una doble relación con la cruz de Cristo. Por una parte,
el Espíritu Santo nos permite reconocer, mediante la cruz de Cristo, el pecado,
todo pecado, en toda la dimensión del mal, que encierra y esconde en sí. Por
otra, el Espíritu Santo nos permite ver, siempre mediante la cruz de Cristo, el
pecado a la luz del "mysterium pietatis", es decir, del amor misericordioso e
indulgente de Dios (cf. Dominum et vivificantem, 32).
Y así, el "convencer en lo referente al pecado", se transforma al mismo tiempo
en un convencer de que el pecado puede ser perdonado y el hombre puede
corresponder de nuevo a la dignidad de hijo predilecto de Dios. En efecto, la
cruz "es la inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre (...). La
cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la
existencia terrena del hombre" (Dives in misericordia, 8). La piedra angular de
este santuario, tomada del monte Calvario, en cierto modo de la base de la cruz
en la que Jesucristo venció el pecado y la muerte, recordará siempre esta
verdad.
Creo firmemente que en este nuevo templo las personas se presentarán siempre
ante Dios en Espíritu y en verdad. Vendrán con la confianza que asiste a cuantos
abren humildemente su corazón a la acción misericordiosa de Dios, al amor que ni
siquiera el pecado más grande puede derrotar. Aquí, en el fuego del amor divino,
los corazones arderán anhelando la conversión, y todo el que busque la esperanza
encontrará alivio.
5. "Padre eterno, te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el alma y la divinidad de tu
amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, por los pecados nuestros y del mundo
entero; por su dolorosa pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero"
(Diario, 476, ed. it., p. 193). De nosotros y del mundo entero... ¡Cuánta
necesidad de la misericordia de Dios tiene el mundo de hoy! En todos los
continentes, desde lo más profundo del sufrimiento humano parece elevarse la
invocación de la misericordia. Donde reinan el odio y la sed de venganza, donde
la guerra causa el dolor y la muerte de los inocentes se necesita la gracia de
la misericordia para calmar las mentes y los corazones, y hacer que brote la
paz. Donde no se respeta la vida y la dignidad del hombre se necesita el amor
misericordioso de Dios, a cuya luz se manifiesta el inexpresable valor de todo
ser humano. Se necesita la misericordia para hacer que toda injusticia en el
mundo termine en el resplandor de la verdad.
Por eso hoy, en este santuario, quiero consagrar solemnemente el mundo a la
Misericordia divina. Lo hago con el deseo ardiente de que el mensaje del amor
misericordioso de Dios, proclamado aquí a través de santa Faustina, llegue a
todos los habitantes de la tierra y llene su corazón de esperanza. Que este
mensaje se difunda desde este lugar a toda nuestra amada patria y al mundo.
Ojalá se cumpla la firme promesa del Señor Jesús: de aquí debe salir "la chispa
que preparará al mundo para su última venida" (cf. Diario, 1732, ed. it., p.
568). Es preciso encender esta chispa de la gracia de Dios. Es preciso
transmitir al mundo este fuego de la misericordia. En la misericordia de Dios el
mundo encontrará la paz, y el hombre, la felicidad. Os encomiendo esta tarea a
vosotros, amadísimos hermanos y hermanas, a la Iglesia que está en Cracovia y en
Polonia, y a todos los devotos de la Misericordia divina que vengan de Polonia y
del mundo entero. ¡Sed testigos de la misericordia!
6. Dios, Padre misericordioso, que has revelado tu amor en tu Hijo Jesucristo y
lo has derramado sobre nosotros en el Espíritu Santo, Consolador, te
encomendamos hoy el destino del mundo y de todo hombre.
Inclínate hacia nosotros, pecadores; sana nuestra debilidad; derrota todo mal;
haz que todos los habitantes de la tierra experimenten tu misericordia, para que
en ti, Dios uno y trino, encuentren siempre la fuente de la esperanza.
Padre eterno, por la dolorosa pasión y resurrección de tu Hijo, ten misericordia
de nosotros y del mundo entero. Amén.