Caridad intelectual
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En mi vida había leído una encíclica; he leído ésta, y es lo más
importante que he leído en mi vida, decía una chica universitaria
madrileña, tras leer la Fides et ratio, de Juan Pablo II. Habían
preparado su espíritu para tal lectura diversas circunstancias, que
tienen que ver con la Misión que estos días se está llevando a cabo
en los campus universitarios de Madrid.
Los publicitarios saben bien lo que significa la expresión de esta
chica, y por eso la utilizan -ésta u otras similares- para vender la
lotería, los coches, o los perfumes: Lo más importante que te ha
ocurrido en la vida; La mayor alegría de tu vida... Pero hay una
diferencia: la importancia de lo leído en la encíclica tiene que ver
con la vida misma, no con su vestimenta, que es lo que venden los
anunciantes, y cuya banal importancia da pronto paso a otras.
¿Y qué es lo que leyó esta chica? La encíclica -acaba de decir el
cardenal Ratzinger, que acompañaba al Papa en su visita a la
Universidad Urbaniana de Roma, donde el propio Juan Pablo II
presentaba la Fides et ratio- toca el corazón del drama o de la
«crisis» de la cultura moderna: la separación, o la recíproca
indiferencia, entre fe y razón, entre fe y vida. En el fondo
-constató Ratzinger-, si el Papa ha escrito esta encíclica, es
justamente por el deseo de resolver este divorcio. Esta
universitaria había empezado a sentir el gozo de la reconciliación
entre la fe y su propia vida.
Juan Pablo II lo ratificaba: Cuando la ciencia se parapeta
orgullosamente en sí misma, corre el riesgo de no expresar siempre
perspectivas de vida, mientras que, si es acompañada por la fe,
promueve el bien del hombre.
Pocos momentos como el presente están reclamando atender la primera
necesidad del hombre, si éste no quiere convertirse en una máscara
vacía: el anuncio de Jesucristo. No otra es la razón de la Misión
que se está llevando a cabo en las Universidades madrileñas, o de la
visita que Juan Pablo II hacía, el martes pasado, a la Libre
Universidad Internacional de Estudios Sociales (LUISS), una de las
instituciones más prestigiosas de Italia. He aquí algunas de sus
palabras a los jóvenes universitarios:
La Universidad, desde sus orígenes, busca el cultivo del saber «al
servicio del hombre», y hoy más que nunca la sociedad «global» exige
de la Universidad una formación humanística que forme integralmente
a sus hombres. Esta exigencia se llama «caridad intelectual», según
la cual el saber y la experiencia del descubrimiento científico, así
como la inspiración artística, se convierten en dones que se
comunican como energía propulsora.
Esta «caridad intelectual» constituye también el antídoto contra la
masificación de los universitarios, concebidos en ocasiones como
números de un sistema, pues establece relaciones interpersonales
significativas, que ofrecen a cada uno la posibilidad de expresar en
plenitud su identidad irrepetible, y de poner al servicio de este
objetivo los instrumentos para el ejercicio de la profesión.
Una exigencia radicalmente humana -les dijo también el Papa- empuja
continuamente a levantar la mirada hasta encontrar las fronteras
mismas del misterio, con la conciencia de que toda verdad alcanzada
es una etapa hacia la verdad plena. De este modo, la palabra de la
fe, al iluminar y orientar el camino de la razón, no permite que el
don de la inteligencia se encierre, incierto y derrotado, dentro de
un horizonte en el que todo queda reducido a la opinión.
Los estudiantes regalaron a Juan Pablo II cincuenta ordenadores de
última generación, que serán destinados a países de África y de
Europa del Este. Al agradecérselo, el Papa les dijo: El ordenador ha
cambiado el mundo. Con una sonrisa añadió:Y ciertamente ha cambiado
mi vida. Todo un signo de la estrecha unidad fe-cultura.
Cultura, hombre y fe
Las culturas, al estar en estrecha relación con los hombres y con su
historia, comparten el dinamismo propio del tiempo humano. Se
aprecian, en consecuencia, transformaciones y progresos debidos a
los encuentros entre los hombres y a los intercambios recíprocos de
sus modelos de vida. Las culturas se alimentan de la comunicación de
valores, y su vitalidad y subsistencia proceden de su capacidad de
permanecer abiertas a la acogida de lo nuevo.
¿Cuál es la explicación de este dinamismo? Cada hombre está inmerso
en una cultura, de ella depende y sobre ella influye. Él es, al
mismo tiempo, hijo y padre de la cultura a la que pertenece. En cada
expresión de su vida, lleva consigo algo que lo diferencia del resto
de la creación: su constante apertura al misterio y su inagotable
deseo de conocer. En consecuencia, toda cultura lleva impresa y deja
entrever la tensión hacia una plenitud. Se puede decir, pues, que la
cultura tiene en sí misma la posibilidad de acoger la revelación
divina.
La forma en la que los cristianos viven la fe está también
impregnada por la cultura del ambiente circundante, y contribuye, a
su vez, a modelar progresivamente sus características. Los
cristianos aportan a cada cultura la verdad inmutable de Dios,
revelada por Él en la historia y en la cultura de un pueblo. A lo
largo de los siglos se sigue produciendo el acontecimiento del que
fueron testigos los peregrinos presentes en Jerusalén el día de
Pentecostés. El anuncio del Evangelio en las diversas culturas,
aunque exige de cada destinatario la adhesión de la fe, no les
impide conservar una identidad cultural propia. Ello no crea
división alguna, porque el pueblo de los bautizados se distingue por
una universalidad que sabe acoger cada cultura, favoreciendo el
progreso de lo que en ella hay de implícito hacia su plena
explicitación en la verdad.
Encíclica «Fides et ratio», 71
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