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Redemptionis Sacrementum
CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO
Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS
INSTRUCCIÓN
REDEMPTIONIS SACRAMENTUM
Sobre algunas cosas que se deben
observar o evitar
acerca de la Santísima Eucaristía
ÍNDICE
Proemio [1-13]
Cap. I
La ordenación de la sagrada Liturgia
[14-18]
1. El Obispo diocesano, gran sacerdote de su
grey [19-25]
2. La Conferencia de Obispos [26-28]
3. Los presbíteros [29-33]
4. Los diáconos [34-35]
Cap. II
La participación de los fieles laicos en
la celebración de la Eucaristía
1. Un participación activa y consciente
[36-42]
2. Tareas de los fieles laicos en la celebración de la s.
Misa [43-47]
Cap. III
La celebración correcta de la santa Misa
1. La materia de la santísima Eucaristía
[48-50]
2. La Plegaria eucarística [51-56]
3. Las otras partes de la Misa [57-74]
4. La unión de varios ritos con la celebración de la Misa
[75-79]
Cap. IV
La sagrada Comunión
1. Las disposiciones para recibir la sagrada
Comunión [80-87]
2. La distribución de la sagrada Comunión [88-96]
3. La Comunión de los sacerdotes [97-99]
4. La Comunión bajo las dos especies [100-107]
Cap. V
Otros aspectos que se refieren a la
Eucaristía
1. El lugar de la celebración de la santa
Misa [108-109]
2. Diversos aspectos relacionados con la santa Misa
[110-116]
3. Los vasos sagrados [117-120]
4. Las vestiduras litúrgicas [121-128]
Cap. VI
La reserva de la s. Eucaristía y su culto
fuera de la Misa
1. La reserva de la santísima Eucaristía
[129-133]
2. Algunas formas de culto a la s. Eucaristía fuera de la
Misa [134-141]
3. Las procesiones y los congresos eucarísticos [142-145]
Cap. VII
Ministerios extraordinarios de los fieles
laicos [146-153]
1. El ministro extraordinario de la sagrada
Comunión [154-160]
2. La predicación [161]
3. Celebraciones particulares que se realizan en ausencia
del sacer. [162-167]
4. De aquellos que han sido apartados del estado clerical
[168]
Cap. VIII
Los remedios [169-171]
1. Graviora delicta [172]
2. Los actos graves [173]
3. Otros abusos [174-175]
4. El Obispo diocesano [176-180]
5. La Sede Apostólica [181-182]
6. Quejas por abusos en materia litúrgica [183-184]
Conclusión
[185-186]
PROEMIO
[1.] El Sacramento de la Redención, que la
Madre Iglesia confiesa con firme fe y recibe con alegría,
celebra y adora con veneración, en la santísima Eucaristía,[1]
anuncia la muerte de Jesucristo y proclama su resurrección,
hasta que Él vuelva en gloria,[2]
como Señor y Dominador invencible, Sacerdote eterno y Rey
del universo, y entregue al Padre omnipotente, de majestad
infinita, el reino de la verdad y la vida.[3]
[2.] La doctrina de la Iglesia sobre la
santísima Eucaristía ha sido expuesta con sumo cuidado y la
máxima autoridad, a lo largo de los siglos, en los escritos
de los Concilios y de los Sumos Pontífices, puesto que en la
Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la
Iglesia, que es Cristo, nuestra Pascua,[4]
fuente y cumbre de toda la vida cristiana,[5]
y cuya fuerza alienta a la Iglesia desde los inicios.[6]
Recientemente, en la Carta Encíclica «[2]
como Señor y Dominador invencible, Sacerdote eterno y Rey
del universo, y entregue al Padre omnipotente, de majestad
infinita, el reino de la verdad y la vida.[3]
[2.] La doctrina de la Iglesia sobre la
santísima Eucaristía ha sido expuesta con sumo cuidado y la
máxima autoridad, a lo largo de los siglos, en los escritos
de los Concilios y de los Sumos Pontífices, puesto que en la
Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la
Iglesia, que es Cristo, nuestra Pascua,[4]
fuente y cumbre de toda la vida cristiana,[5]
y cuya fuerza alienta a la Iglesia desde los inicios.[6]
Recientemente, en la Carta Encíclica «Ecclesia
de Eucharistia», el Sumo Pontífice Juan Pablo II ha
expuesto de nuevo algunos principios sobre esta materia, de
gran importancia eclesial para nuestra época.[7]
Para que también en los tiempos actuales,
tan gran misterio sea debidamente protegido por la Iglesia,
especialmente en la celebración de la sagrada Liturgia, el
Sumo Pontífice mandó a esta Congregación para el Culto
Divino y la Disciplina de los Sacramentos[8]
que, en colaboración con la Congregación para la Doctrina de
la Fe, preparara esta Instrucción, en la que se trataran
algunas cuestiones referentes a la disciplina del sacramento
de la Eucaristía. Por consiguiente, lo que en esta
Instrucción se expone, debe ser leído en continuidad con la
mencionada Carta Encíclica «Ecclesia
de Eucharistia».
Sin embargo, la intención no es tanto
preparar un compendio de normas sobre la santísima
Eucaristía sino más bien retomar, con esta Instrucción,
algunos elementos de la normativa litúrgica anteriormente
enunciada y establecida, que continúan siendo válidos, para
reforzar el sentido profundo de las normas litúrgicas[9]
e indicar otras que aclaren y completen las precedentes,
explicándolas a los Obispos, y también a los presbíteros,
diáconos y a todos los fieles laicos, para que cada uno,
conforme al propio oficio y a las propias posibilidades, las
puedan poner en práctica.
[3.] Las normas que se contienen en esta
Instrucción se refieren a cuestiones litúrgicas
concernientes al Rito romano y, con las debidas salvedades,
también a los otros Ritos de la Iglesia latina, aprobados
por el derecho.
[4.] «No hay duda de que la reforma
litúrgica del Concilio ha tenido grandes ventajas para una
participación más consciente, activa y fructuosa de los
fieles en el santo Sacrificio del altar».[10]
Sin embargo, «no faltan sombras».[11]
Así, no se puede callar ante los abusos, incluso gravísimos,
contra la naturaleza de la Liturgia y de los sacramentos,
también contra la tradición y autoridad de la Iglesia, que
en nuestros tiempos, no raramente, dañan las celebraciones
litúrgicas en diversos ámbitos eclesiales. En algunos
lugares, los abusos litúrgicos se han convertido en una
costumbre, lo cual no se puede admitir y debe terminarse.
[5.] La observancia de las normas que han
sido promulgadas por la autoridad de la Iglesia exige que
concuerden la mente y la voz, las acciones externas y la
intención del corazón. La mera observancia externa de las
normas, como resulta evidente, es contraria a la esencia de
la sagrada Liturgia, con la que Cristo quiere congregar a su
Iglesia, y con ella formar «un sólo cuerpo y un sólo
espíritu».[12]
Por esto la acción externa debe estar iluminada por la fe y
la caridad, que nos unen con Cristo y los unos a los otros,
y suscitan en nosotros la caridad hacia los pobres y
necesitados. Las palabras y los ritos litúrgicos son
expresión fiel, madurada a lo largo de los siglos, de los
sentimientos de Cristo y nos enseñan a tener los mismos
sentimientos que él;[13]
conformando nuestra mente con sus palabras, elevamos al
Señor nuestro corazón. Cuanto se dice en esta Instrucción,
intenta conducir a esta conformación de nuestros
sentimientos con los sentimientos de Cristo, expresados en
las palabras y ritos de la Liturgia.
[6.] Los abusos, sin embargo, «contribuyen a
oscurecer la recta fe y la doctrina católica sobre este
admirable Sacramento».[14]
De esta forma, también se impide que puedan «los fieles
revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos
de Emaús: Entonces se les abrieron los ojos y lo
reconocieron».[15]
Conviene que todos los fieles tengan y realicen aquellos
sentimientos que han recibido por la pasión salvadora del
Hijo Unigénito, que manifiesta la majestad de Dios, ya que
están ante la fuerza, la divinidad y el esplendor de la
bondad de Dios[16],
especialmente presente en el sacramento de la Eucaristía.[17]
[7.] No es extraño que los abusos tengan su
origen en un falso concepto de libertad. Pero Dios nos ha
concedido, en Cristo, no una falsa libertad para hacer lo
que queramos, sino la libertad para que podamos realizar lo
que es digno y justo.[18]
Esto es válido no sólo para los preceptos que provienen
directamente de Dios, sino también, según la valoración
conveniente de cada norma, para las leyes promulgadas por la
Iglesia. Por ello, todos deben ajustarse a las disposiciones
establecidas por la legítima autoridad eclesiástica.
[8.] Además, se advierte con gran tristeza
la existencia de «iniciativas ecuménicas que, aún siendo
generosas en su intención, transigen con prácticas
eucarísticas contrarias a la disciplina con la cual la
Iglesia expresa su fe». Sin embargo, «la Eucaristía es un
don demasiado grande para admitir ambigüedades y
reducciones». Por lo que conviene corregir algunas cosas y
definirlas con precisión, para que también en esto «la
Eucaristía siga resplandeciendo con todo el esplendor de su
misterio».[19]
[9.] Finalmente, los abusos se fundamentan
con frecuencia en la ignorancia, ya que casi siempre se
rechaza aquello de lo que no se comprende su sentido más
profundo y su antigüedad. Por eso, con su raíz en la misma
Sagrada Escritura, «las preces, oraciones e himnos
litúrgicos están penetrados de su espíritu, y de ella
reciben su significado las acciones y los signos».[20]
Por lo que se refiere a los signos visibles «que usa la
sagrada Liturgia, han sido escogidos por Cristo o por la
Iglesia para significar las realidades divinas invisibles».[21]
Justamente, la estructura y la forma de las celebraciones
sagradas según cada uno de los Ritos, sea de la tradición de
Oriente sea de la de Occidente, concuerdan con la Iglesia
Universal y con las costumbres universalmente aceptadas por
la constante tradición apostólica,[22]
que la Iglesia entrega, con solicitud y fidelidad, a las
generaciones futuras. Todo esto es sabiamente custodiado y
protegido por las normas litúrgicas.
[10.] La misma Iglesia no tiene ninguna
potestad sobre aquello que ha sido establecido por Cristo, y
que constituye la parte inmutable de la Liturgia.[23]
Pero si se rompiera este vínculo que los sacramentos tienen
con el mismo Cristo, que los ha instituido, y con los
acontecimientos en los que la Iglesia ha sido fundada,[24]
nada aprovecharía a los fieles, sino que podría dañarles
gravemente. De hecho, la sagrada Liturgia está estrechamente
ligada con los principios doctrinales,[25]
por lo que el uso de textos y ritos que no han sido
aprobados lleva a que disminuya o desaparezca el nexo
necesario entre la lex orandi y la lex credendi.[26]
[11.] El Misterio de la Eucaristía es
demasiado grande «para que alguien pueda permitirse tratarlo
a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter
sagrado ni su dimensión universal».[27]
Quien actúa contra esto, cediendo a sus propias
inspiraciones, aunque sea sacerdote, atenta contra la unidad
substancial del Rito romano, que se debe cuidar con
decisión,[28] y
realiza acciones que de ningún modo corresponden con el
hambre y la sed del Dios vivo, que el pueblo de nuestros
tiempos experimenta, ni a un auténtico celo pastoral, ni
sirve a la adecuada renovación litúrgica, sino que más bien
defrauda el patrimonio y la herencia de los fieles. Los
actos arbitrarios no benefician la verdadera renovación,[29]
sino que lesionan el verdadero derecho de los fieles a la
acción litúrgica, que es expresión de la vida de la Iglesia,
según su tradición y disciplina. Además, introducen en la
misma celebración de la Eucaristía elementos de discordia y
la deforman, cuando ella tiende, por su propia naturaleza y
de forma eminente, a significar y realizar admirablemente la
comunión con la vida divina y la unidad del pueblo de Dios.[30]
De estos actos arbitrarios se deriva incertidumbre en la
doctrina, duda y escándalo para el pueblo de Dios y, casi
inevitablemente, una violenta repugnancia que confunde y
aflige con fuerza a muchos fieles en nuestros tiempos, en
que frecuentemente la vida cristiana sufre el ambiente, muy
difícil, de la «secularización».[31]
[12.] Por otra parte, todos los fieles
cristianos gozan del derecho de celebrar una liturgia
verdadera, y especialmente la celebración de la santa Misa,
que sea tal como la Iglesia ha querido y establecido, como
está prescrito en los libros litúrgicos y en las otras leyes
y normas. Además, el pueblo católico tiene derecho a que se
celebre por él, de forma íntegra, el santo sacrificio de la
Misa, conforme a toda la enseñanza del Magisterio de la
Iglesia. Finalmente, la comunidad católica tiene derecho a
que de tal modo se realice para ella la celebración de la
santísima Eucaristía, que aparezca verdaderamente como
sacramento de unidad, excluyendo absolutamente todos los
defectos y gestos que puedan manifestar divisiones y
facciones en la Iglesia.[32]
[13.] Todas las normas y recomendaciones
expuestas en esta Instrucción, de diversas maneras, están en
conexión con el oficio de la Iglesia, a quien corresponde
velar por la adecuada y digna celebración de este gran
misterio. De los diversos grados con que cada una de las
normas se unen con la norma suprema de todo el derecho
eclesiástico, que es el cuidado para la salvación de las
almas, trata el último capítulo de la presente Instrucción.[33]
CAPÍTULO I
LA ORDENACIÓN DE LA SAGRADA LITURGIA
[14.] «La ordenación de la sagrada Liturgia
es de la competencia exclusiva de la autoridad eclesiástica;
ésta reside en la Sede Apostólica y, en la medida que
determine la ley, en el Obispo».[34]
[15.] El Romano Pontífice, «Vicario de
Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la tierra...
tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que es
suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que
puede siempre ejercer libremente»,[35]
aún comunicando con los pastores y los fieles.
[16.] Compete a la Sede Apostólica ordenar
la sagrada Liturgia de la Iglesia universal, editar los
libros litúrgicos, revisar sus traducciones a lenguas
vernáculas y vigilar para que las normas litúrgicas,
especialmente aquellas que regulan la celebración del santo
Sacrificio de la Misa, se cumplan fielmente en todas partes.[36]
[17.] «La Congregación para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos trata lo que corresponde
a la Sede Apostólica, salvo la competencia de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, respecto a la
ordenación y promoción de la sagrada liturgia, en primer
lugar de los sacramentos. Fomenta y tutela la disciplina de
los sacramentos, especialmente en lo referente a su
celebración válida y lícita». Finalmente, «vigila
atentamente para que se observen con exactitud las
disposiciones litúrgicas, se prevengan sus abusos y se
erradiquen donde se encuentren».[37]
En esta materia, conforme a la tradición de toda la Iglesia,
destaca el cuidado de la celebración de la santa Misa y del
culto que se tributa a la Eucaristía fuera de la Misa.
[18.] Los fieles tienen derecho a que la
autoridad eclesiástica regule la sagrada Liturgia de forma
plena y eficaz, para que nunca sea considerada la liturgia
como «propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de
la comunidad en que se celebran los Misterios».[38]
1. EL OBISPO DIOCESANO, GRAN SACERDOTE DE SU
GREY
[19.] El Obispo diocesano, primer
administrador de los misterios de Dios en la Iglesia
particular que le ha sido encomendada, es el moderador,
promotor y custodio de toda la vida litúrgica.[39]
Pues «el Obispo, por estar revestido de la plenitud del
sacramento del Orden, es "el administrador de la gracia del
supremo sacerdocio"[40],
sobre todo en la Eucaristía, que él mismo celebra o procura
que sea celebrada[41],
y mediante la cual la Iglesia vive y crece continuamente».[42]
[20.] La principal manifestación de la
Iglesia tiene lugar cada vez que se celebra la Misa,
especialmente en la iglesia catedral, «con la participación
plena y activa de todo el pueblo santo de Dios, [...] en una
misma oración, junto al único altar, donde preside el
Obispo» rodeado por su presbiterio, los diáconos y
ministros.[43]
Además, «toda legítima celebración de la Eucaristía es
dirigida por el Obispo, a quien ha sido confiado el oficio
de ofrecer a la Divina Majestad el culto de la religión
cristiana y de reglamentarlo en conformidad con los
preceptos del Señor y las leyes de la Iglesia, precisadas
más concretamente para su diócesis según su criterio».[44]
[21.] En efecto, «al Obispo diocesano, en la
Iglesia a él confiada y dentro de los límites de su
competencia, le corresponde dar normas obligatorias para
todos, sobre materia litúrgica».[45]
Sin embargo, el Obispo debe tener siempre presente que no se
quite la libertad prevista en las normas de los libros
litúrgicos, adaptando la celebración, de modo inteligente,
sea a la iglesia, sea al grupo de fieles, sea a las
circunstancias pastorales, para que todo el rito sagrado
universal esté verdaderamente acomodado al carácter de los
fieles.[46]
[22.] El Obispo rige la Iglesia particular
que le ha sido encomendada[47]
y a él corresponde regular, dirigir, estimular y algunas
veces también reprender[48],
cumpliendo el ministerio sagrado que ha recibido por la
ordenación episcopal,[49]
para edificar su grey en la verdad y en la santidad.[50]
Explique el auténtico sentido de los ritos y de los textos
litúrgicos y eduque en el espíritu de la sagrada Liturgia a
los presbíteros, diáconos y fieles laicos,[51]
para que todos sean conducidos a una celebración activa y
fructuosa de la Eucaristía,[52]
y cuide igualmente para que todo el cuerpo de la Iglesia,
con el mismo espíritu, en la unidad de la caridad, pueda
progresar en la diócesis, en la nación, en el mundo.[53]
[23.] Los fieles «deben estar unidos a su
Obispo como la Iglesia a Jesucristo, y como Jesucristo al
Padre, para que todas las cosas se armonicen en la unidad y
crezcan para gloria de Dios».[54]
Todos, incluso los miembros de los Institutos de Vida
Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, y todas las
asociaciones o movimientos eclesiales de cualquier genero,
están sometidos a la autoridad del Obispo diocesano en todo
lo que se refiere a la liturgia,[55]
salvo las legítimas concesiones del derecho. Por lo tanto,
compete al Obispo diocesano el derecho y el deber de visitar
y vigilar la liturgia en las iglesias y oratorios situados
en su territorio, también aquellos que sean fundados o
dirigidos por los citados institutos religiosos, si los
fieles acuden a ellos de forma habitual.[56]
[24.] El pueblo cristiano, por su parte,
tiene derecho a que el Obispo diocesano vigile para que no
se introduzcan abusos en la disciplina eclesiástica,
especialmente en el ministerio de la palabra, en la
celebración de los sacramentos y sacramentales, en el culto
a Dios y a los santos.[57]
[25.] Las comisiones, consejos o comités,
instituidos por el Obispo, para que contribuyan a «promover
la acción litúrgica, la música y el arte sacro en su
diócesis», deben actuar según el juicio y normas del Obispo,
bajo su autoridad y contando con su confirmación; así
cumplirán su tarea adecuadamente[58]
y se mantendrá en la diócesis el gobierno efectivo del
Obispo. De estos organismos, de otros institutos y de
cualquier otra iniciativa en materia litúrgica, después de
cierto tiempo, resulta urgente que los Obispos indaguen si
hasta el momento ha sido fructuosa[59]
su actividad, y valoren atentamente cuáles correcciones o
mejoras se deben introducir en su estructura y en su
actividad,[60]
para que encuentren nueva vitalidad. Se tenga siempre
presente que los expertos deben ser elegidos entre aquellos
que sean firmes en la fe católica y verdaderamente
preparados en las disciplinas teológicas y culturales.
2. LA CONFERENCIA DE OBISPOS
[26.] Esto vale también para las comisiones
de la misma materia, que, vivamente deseadas por el
Concilio,[61]
son instituidas por la Conferencia de Obispos y de la cual
es necesario que sean miembros los Obispos, distinguiéndose
con claridad de los ayudantes peritos. Cuando el número de
los miembros de la Conferencia de Obispos no sea suficiente
para que se elijan de entre ellos, sin dificultad, y se
instituya la comisión litúrgica, nómbrese un consejo o grupo
de expertos que, en cuanto sea posible y siempre bajo la
presidencia de un Obispo, desempeñen estas tareas; evitando,
sin embargo, el nombre de «comisión litúrgica».
[27.] La interrupción de todos los
experimentos sobre la celebración de la santa Misa, ha sido
notificada por la Santa Sede ya desde el año 1970[62]
y nuevamente se repitió, para recordarlo, en el año 1988.[63]
Por lo tanto, cada Obispo y la misma Conferencia no tienen
ninguna facultad para permitir experimentos sobre los textos
litúrgicos o sobre otras cosas que se indican en los libros
litúrgicos. Para que se puedan realizar en el futuro tales
experimentos, se requiere el permiso de la Congregación para
el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que lo
concederá por escrito, previa petición de la Conferencia de
Obispos. Pero esto no se concederá sin una causa grave. Por
lo que se refiere a la enculturación en materia litúrgica,
se deben observar, estricta e íntegramente, las normas
especiales establecidas.[64]
[28.] Todas las normas referentes a la
liturgia, que la Conferencia de Obispos determine para su
territorio, conforme a las normas del derecho, se deben
someter a la recognitio de la Congregación para el
Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, sin la
cual, carecen de valor legal.[65]
3. LOS PRESBÍTEROS
[29.] Los presbíteros, como colaboradores
fieles, diligentes y necesarios, del orden Episcopal,[66]
llamados para servir al Pueblo de Dios, constituyen un único
presbiterio[67]
con su Obispo, aunque dedicados a diversas funciones. «En
cada una de las congregaciones locales de fieles representan
al Obispo, con el que están confiada y animosamente unidos,
y toman sobre sí una parte de la carga y solicitud pastoral
y la ejercen en el diario trabajo». Y, «por esta
participación en el sacerdocio y en la misión, los
presbíteros reconozcan verdaderamente al Obispo como a padre
suyo y obedézcanle reverentemente».[68]
Además, «preocupados siempre por el bien de los hijos de
Dios, procuren cooperar en el trabajo pastoral de toda la
diócesis e incluso de toda la Iglesia».[69]
[30.] Grande es el ministerio «que en la
celebración eucarística tienen principalmente los
sacerdotes, a quienes compete presidirla in persona
Christi, dando un testimonio y un servicio de comunión,
no sólo a la comunidad que participa directamente en la
celebración, sino también a la Iglesia universal, a la cual
la Eucaristía hace siempre referencia. Por desgracia, es de
lamentar que, sobre todo a partir de los años de la reforma
litúrgica después del Concilio Vaticano II, por un
malentendido sentido de creatividad y de adaptación, no
hayan faltado abusos, que para muchos han sido causa de
malestar».[70]
[31.] Coherentemente con lo que prometieron
en el rito de la sagrada Ordenación y cada año renuevan
dentro de la Misal Crismal, los presbíteros presidan «con
piedad y fielmente la celebración de los misterios de
Cristo, especialmente el sacrificio de la Eucaristía y el
sacramento de la reconciliación».[71]
No vacíen el propio ministerio de su significado profundo,
deformando de manera arbitraria la celebración litúrgica, ya
sea con cambios, con mutilaciones o con añadidos.[72]
En efecto, dice San Ambrosio: «No en si, [...] sino en
nosotros es herida la Iglesia. Por lo tanto, tengamos
cuidado para que nuestras caídas no hieran la Iglesia».[73]
Es decir, que no sea ofendida la Iglesia de Dios por los
sacerdotes, que tan solemnemente se han ofrecido, ellos
mismos, al ministerio. Al contrario, bajo la autoridad del
Obispo vigilen fielmente para que no sean realizadas por
otros estas deformaciones.
[32.] «Esfuércese el párroco para que la
santísima Eucaristía sea el centro de la comunidad
parroquial de fieles; trabaje para que los fieles se
alimenten con la celebración piadosa de los sacramentos, de
modo peculiar con la recepción frecuente de la santísima
Eucaristía y de la penitencia; procure moverles a la
oración, también en el seno de las familias, y a la
participación consciente y activa en la sagrada liturgia,
que, bajo la autoridad del Obispo diocesano, debe moderar el
párroco en su parroquia, con la obligación de vigilar para
que no se introduzcan abusos».[74]
Aunque es oportuno que las celebraciones litúrgicas,
especialmente la santa Misa, sean preparadas de manera
eficaz, siendo ayudado por algunos fieles, sin embargo, de
ningún modo debe ceder aquellas cosas que son propias de su
ministerio, en esta materia.
[33.] Por último, todos «los presbíteros
procuren cultivar convenientemente la ciencia y el arte
litúrgicos, a fin de que por su ministerio litúrgico las
comunidades cristianas que se les han encomendado alaben
cada día con más perfección a Dios, Padre, Hijo y Espíritu
Santo».[75]
Sobre todo, deben estar imbuidos de la admiración y el
estupor que la celebración del misterio pascual, en la
Eucaristía, produce en los corazones de los fieles.[76]
4. LOS DIÁCONOS
[34.] Los diáconos, «que reciben la
imposición de manos no en orden al sacerdocio, sino en orden
al ministerio»[77],
hombres de buena fama[78],
deben actuar de tal manera, con la ayuda de Dios, que sean
conocidos como verdaderos discípulos[79]
de aquel «que no ha venido a ser servido sino a servir»[80]
y estuvo en medio de sus discípulos «como el que sirve».[81]
Y fortalecidos con el don del mismo Espíritu Santo, por la
imposición de las manos, sirven al pueblo de Dios en
comunión con el Obispo y su presbiterio.[82]
Por tanto, tengan al Obispo como padre, y a él y a los
presbíteros, préstenles ayuda «en el ministerio de la
palabra, del altar y de la caridad».[83]
[35.] No dejen nunca de «vivir el misterio
de la fe con alma limpia[84],
como dice el Apóstol, y proclamar esta fe, de palabra y de
obra, según el Evangelio y la tradición de la Iglesia»,[85]
sirviendo fielmente y con humildad, con todo el corazón, en
la sagrada Liturgia que es fuente y cumbre de toda la vida
eclesial, «para que, una vez hechos hijos de Dios por la fe
y el Bautismo, todos se reúnan para alabar a Dios en medio
de la Iglesia, participen en el Sacrificio y coman la cena
del Señor».[86]
Por tanto, todos los diáconos, por su parte, empléense en
esto, para que la sagrada Liturgia sea celebrada conforme a
las normas de los libros litúrgicos debidamente aprobados.
CAPÍTULO II
LA PARTICIPACIÓN DE LOS FIELES LAICOS
EN LA CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA
1. UNA PARTICIPACIÓN ACTIVA Y CONSCIENTE
[36.] La celebración de la Misa, como acción
de Cristo y de la Iglesia, es el centro de toda la vida
cristiana, en favor de la Iglesia, tanto universal como
particular, y de cada uno de los fieles,[87]
a los que «de diverso modo afecta, según la diversidad de
órdenes, funciones y participación actual.[88]
De este modo el pueblo cristiano, “raza elegida, sacerdocio
real, nación santa, pueblo adquirido”,[89]
manifiesta su orden coherente y jerárquico».[90]
«El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio
ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y
no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro,
pues ambos participan de forma peculiar del único sacerdocio
de Cristo».[91]
[37.] Todos los fieles, por el bautismo, han
sido liberados de sus pecados e incorporados a la Iglesia,
destinados por el carácter al culto de la religión
cristiana,[92]
para que por su sacerdocio real,[93]
perseverantes en la oración y en la alabanza a Dios,[94]
ellos mismos se ofrezcan como hostia viva, santa, agradable
a Dios y todas sus obras lo confirmen,[95]
y testimonien a Cristo en todos los lugares de la tierra,
dando razón a todo el que lo pida, de que en él está la
esperanza de la vida eterna.[96]
Por lo tanto, también la participación de los fieles laicos
en la celebración de la Eucaristía, y en los otros ritos de
la Iglesia, no puede equivaler a una mera presencia, más o
menos pasiva, sino que se debe valorar como un verdadero
ejercicio de la fe y la dignidad bautismal.
[38.] Así pues, la doctrina constante de la
Iglesia sobre la naturaleza de la Eucaristía, no sólo
convival sino también, y sobre todo, como sacrificio, debe
ser rectamente considerada como una de las claves
principales para la plena participación de todos los fieles
en tan gran Sacramento.[97]
«Privado de su valor sacrificial, se vive como si no tuviera
otro significado y valor que el de un encuentro convival
fraterno».[98]
[39.] Para promover y manifestar una
participación activa, la reciente renovación de los libros
litúrgicos, según el espíritu del Concilio, ha favorecido
las aclamaciones del pueblo, las respuestas, salmos,
antífonas, cánticos, así como acciones, gestos y posturas
corporales, y el sagrado silencio que cuidadosamente se debe
observar en algunos momentos, como prevén las rúbricas,
también de parte de los fieles.[99]
Además, se ha dado un amplio espacio a una adecuada libertad
de adaptación, fundamentada sobre el principio de que toda
celebración responda a la necesidad, a la capacidad, a la
mentalidad y a la índole de los participantes, conforme a
las facultades establecidas en las normas litúrgicas. En la
elección de los cantos, melodías, oraciones y lecturas
bíblicas; en la realización de la homilía; en la preparación
de la oración de los fieles; en las moniciones que a veces
se pronuncian; y en adornar la iglesia en los diversos
tiempos; existe una amplia posibilidad de que en toda
celebración se pueda introducir, cómodamente, una cierta
variedad para que aparezca con mayor claridad la riqueza de
la tradición litúrgica y, atendiendo a las necesidades
pastorales, se comunique diligentemente el sentido peculiar
de la celebración, de modo que se favorezca la participación
interior. También se debe recordar que la fuerza de la
acción litúrgica no está en el cambio frecuente de los
ritos, sino, verdaderamente, en profundizar en la palabra de
Dios y en el misterio que se celebra.[100]
[40.] Sin embargo, por más que la liturgia
tiene, sin duda alguna, esta característica de la
participación activa de todos los fieles, no se deduce
necesariamente que todos deban realizar otras cosas, en
sentido material, además de los gestos y posturas
corporales, como si cada uno tuviera que asumir,
necesariamente, una tarea litúrgica específica. La
catequesis procure con atención que se corrijan las ideas y
los comportamientos superficiales, que en los últimos años
se han difundido en algunas partes, en esta materia; y
despierte siempre en los fieles un renovado sentimiento de
gran admiración frente a la altura del misterio de fe, que
es la Eucaristía, en cuya celebración la Iglesia pasa
continuamente «de lo viejo a lo nuevo»[101].
En efecto, en la celebración de la Eucaristía, como en toda
la vida cristiana, que de ella saca la fuerza y hacia ella
tiende, la Iglesia, a ejemplo de Santo Tomás apóstol, se
postra en adoración ante el Señor crucificado, muerto,
sepultado y resucitado «en la plenitud de su esplendor
divino, y perpetuamente exclama: ¡Señor mío y Dios mío!».[102]
[41.] Son de gran utilidad, para suscitar,
promover y alentar esta disposición interior de
participación litúrgica, la asidua y difundida celebración
de la Liturgia de las Horas, el uso de los sacramentales y
los ejercicios de la piedad popular cristiana. Este tipo de
ejercicios «que, aunque en el rigor del derecho no
pertenecen a la sagrada Liturgia, tienen, sin embargo, una
especial importancia y dignidad», se deben conservar por el
estrecho vínculo que existe con el ordenamiento litúrgico,
especialmente cuando han sido aprobados y alabados por el
mismo Magisterio;[103]
esto vale sobre todo para el rezo del rosario.[104]
Además, estas prácticas de piedad conducen al pueblo
cristiano a frecuentar los sacramentos, especialmente la
Eucaristía, «también a meditar los misterios de nuestra
redención y a imitar los insignes ejemplos de los santos del
cielo, que nos hacen así participar en el culto litúrgico,
no sin gran provecho espiritual».[105]
[42.] Es necesario reconocer que la Iglesia
no se reúne por voluntad humana, sino convocada por Dios en
el Espíritu Santo, y responde por la fe a su llamada
gratuita (en efecto, ekklesia tiene relación con
Klesis, esto es, llamada).[106]
Ni el Sacrificio eucarístico se debe considerar como
«concelebración», en sentido unívoco, del sacerdote al mismo
tiempo que del pueblo presente.[107]
Al contrario, la Eucaristía celebrada por los sacerdotes es
un don «que supera radicalmente la potestad de la asamblea
[...]. La asamblea que se reúne para celebrar la Eucaristía
necesita absolutamente, para que sea realmente asamblea
eucarística, un sacerdote ordenado que la presida. Por otra
parte, la comunidad no está capacitada para darse por sí
sola el ministro ordenado».[108]
Urge la necesidad de un interés común para que se eviten
todas las ambigüedades en esta materia y se procure el
remedio de las dificultades de estos últimos años. Por
tanto, solamente con precaución se emplearán términos como
«comunidad celebrante» o «asamblea celebrante», en otras
lenguas vernáculas: «celebrating assembly», «assemblée
célébrante», «assemblea celebrante», y otros de este tipo.
2. TAREAS DE LOS FIELES LAICOS EN LA
CELEBRACIÓN DE LA SANTA MISA
[43.] Algunos de entre los fieles laicos
ejercen, recta y laudablemente, tareas relacionadas con la
sagrada Liturgia, conforme a la tradición, para el bien de
la comunidad y de toda la Iglesia de Dios.[109]
Conviene que se distribuyan y realicen entre varios las
tareas o las diversas partes de una misma tarea.[110]
[44.] Además de los ministerios instituidos,
de lector y de acólito,
[111] entre
las tareas arriba mencionadas, en primer lugar están los de
acólito[112]
y de lector[113]
con un encargo temporal, a los que se unen otros servicios,
descritos en el Misal Romano,[114]
y también la tarea de preparar las hostias, lavar los paños
litúrgicos y similares. Todos «los ministros ordenados y los
fieles laicos, al desempeñar su función u oficio, harán todo
y sólo aquello que les corresponde»[115],
y, ya lo hagan en la misma celebración litúrgica, ya en su
preparación, sea realizado de tal forma que la liturgia de
la Iglesia se desarrolle de manera digna y decorosa.
[45.] Se debe evitar el peligro de oscurecer
la complementariedad entre la acción de los clérigos y los
laicos, para que las tareas de los laicos no sufran una
especie de «clericalización», como se dice, mientras los
ministros sagrados asumen indebidamente lo que es propio de
la vida y de las acciones de los fieles laicos.[116]
[46.] El fiel laico que es llamado para
prestar una ayuda en las celebraciones litúrgicas, debe
estar debidamente preparado y ser recomendable por su vida
cristiana, fe, costumbres y su fidelidad hacia el Magisterio
de la Iglesia. Conviene que haya recibido la formación
litúrgica correspondiente a su edad, condición, género de
vida y cultura religiosa.
[117] No se
elija a ninguno cuya designación pueda suscitar el asombro
de los fieles.[118]
[47.] Es muy loable que se conserve la
benemérita costumbre de que niños o jóvenes, denominados
normalmente monaguillos, estén presentes y realicen un
servicio junto al altar, como acólitos, y reciban una
catequesis conveniente, adaptada a su capacidad, sobre esta
tarea.[119]
No se puede olvidar que del conjunto de estos niños, a lo
largo de los siglos, ha surgido un número considerable de
ministros sagrados.[120]
Institúyanse y promuévanse asociaciones para ellos, en las
que también participen y colaboren los padres, y con las
cuales se proporcione a los monaguillos una atención
pastoral eficaz. Cuando este tipo de asociaciones tenga
carácter internacional, le corresponde a la Congregación
para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos
erigirlas, aprobarlas y reconocer sus estatutos.[121]
A esta clase de servicio al altar pueden ser admitidas niñas
o mujeres, según el juicio del Obispo diocesano y observando
las normas establecidas.[122]
CAPÍTULO III
LA CELEBRACIÓN CORRECTA DE LA SANTA
MISA
1. LA MATERIA DE LA SANTÍSIMA EUCARISTÍA
[48.] El pan que se emplea en el santo
Sacrificio de la Eucaristía debe ser ázimo, de sólo trigo y
hecho recientemente, para que no haya ningún peligro de que
se corrompa.[123]
Por consiguiente, no puede constituir la materia válida,
para la realización del Sacrificio y del Sacramento
eucarístico, el pan elaborado con otras sustancias, aunque
sean cereales, ni aquel que lleva mezcla de una sustancia
diversa del trigo, en tal cantidad que, según la valoración
común, no se puede llamar pan de trigo.[124]
Es un abuso grave introducir, en la fabricación del pan para
la Eucaristía, otras sustancias como frutas, azúcar o miel.
Es claro que las hostias deben ser preparadas por personas
que no sólo se distingan por su honestidad, sino que además
sean expertas en la elaboración y dispongan de los
instrumentos adecuados.[125]
[49.] Conviene, en razón del signo, que
algunas partes del pan eucarístico que resultan de la
fracción del pan, se distribuyan al menos a algunos fieles,
en la Comunión. «No obstante, de ningún modo se excluyen las
hostias pequeñas, cuando lo requiere el número de los que
van a recibir la sagrada Comunión, u otras razones
pastorales lo exijan»;[126]
más bien, según la costumbre, sean usadas sobretodo formas
pequeñas, que no necesitan una fracción ulterior.
[50.] El vino que se utiliza en la
celebración del santo Sacrificio eucarístico debe ser
natural, del fruto de la vid, puro y sin corromper, sin
mezcla de sustancias extrañas.[127]
En la misma celebración de la Misa se le debe mezclar un
poco de agua. Téngase diligente cuidado de que el vino
destinado a la Eucaristía se conserve en perfecto estado y
no se avinagre.[128]
Está totalmente prohibido utilizar un vino del que se tiene
duda en cuanto a su carácter genuino o a su procedencia,
pues la Iglesia exige certeza sobre las condiciones
necesarias para la validez de los sacramentos. No se debe
admitir bajo ningún pretexto otras bebidas de cualquier
género, que no constituyen una materia válida.
2. LA PLEGARIA EUCARÍSTICA
[51.] Sólo se pueden utilizar las Plegarias
Eucarística que se encuentran en el Misal Romano o aquellas
que han sido legítimamente aprobadas por la Sede Apostólica,
en la forma y manera que se determina en la misma
aprobación. «No se puede tolerar que algunos sacerdotes se
arroguen el derecho de componer plegarias eucarísticas»,[129]
ni cambiar el texto aprobado por la Iglesia, ni utilizar
otros, compuestos por personas privadas.[130]
[52.] La proclamación de la Plegaria
Eucarística, que por su misma naturaleza es como la cumbre
de toda la celebración, es propia del sacerdote, en virtud
de su misma ordenación. Por tanto, es un abuso hacer que
algunas partes de la Plegaria Eucarística sean pronunciadas
por el diácono, por un ministro laico, o bien por uno sólo o
por todos los fieles juntos. La Plegaria Eucarística, por lo
tanto, debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente,
por el Sacerdote.[131]
[53.] Mientras el Sacerdote celebrante
pronuncia la Plegaria Eucarística, «no se realizarán otras
oraciones o cantos, y estarán en silencio el órgano y los
otros instrumentos musicales»,[132]
salvo las aclamaciones del pueblo, como rito aprobado, de
que se hablará más adelante.
[54.] Sin embargo, el pueblo participa
siempre activamente y nunca de forma puramente pasiva: «se
asocia al sacerdote en la fe y con el silencio, también con
las intervenciones indicadas en el curso de la Plegaria
Eucarística, que son: las respuestas en el diálogo del
Prefacio, el Santo, la aclamación después de la consagración
y la aclamación «Amén», después de la doxología final, así
como otras aclamaciones aprobadas por la Conferencia de
Obispos y confirmadas por la Santa Sede».[133]
[55.] En algunos lugares se ha difundido el
abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de
la consagración, durante la celebración de la santa Misa.
Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea
reprobado y corregido con urgencia.
[56.] En la Plegaria Eucarística no se omita
la mención del Sumo Pontífice y del Obispo diocesano,
conservando así una antiquísima tradición y manifestando la
comunión eclesial. En efecto, «la reunión eclesial de la
asamblea eucarística es comunión con el propio Obispo y con
el Romano Pontífice».[134]
3. LAS OTRAS PARTES DE LA MISA
[57.] Es un derecho de la comunidad de
fieles que, sobre todo en la celebración dominical, haya una
música sacra adecuada e idónea, según costumbre, y siempre
el altar, los paramentos y los paños sagrados, según las
normas, resplandezcan por su dignidad, nobleza y limpieza.
[58.] Igualmente, todos los fieles tienen
derecho a que la celebración de la Eucaristía sea preparada
diligentemente en todas sus partes, para que en ella sea
proclamada y explicada con dignidad y eficacia la palabra de
Dios; la facultad de seleccionar los textos litúrgicos y los
ritos debe ser ejercida con cuidado, según las normas, y las
letras de los cantos de la celebración Litúrgica custodien y
alimenten debidamente la fe de los fieles.
[59.] Cese la práctica reprobable de que
sacerdotes, o diáconos, o bien fieles laicos, cambian y
varían a su propio arbitrio, aquí o allí, los textos de la
sagrada Liturgia que ellos pronuncian. Cuando hacen esto,
convierten en inestable la celebración de la sagrada
Liturgia y no raramente adulteran el sentido auténtico de la
Liturgia.
[60.] En la celebración de la Misa, la
liturgia de la palabra y la liturgia eucarística están
íntimamente unidas entre sí y forman ambas un sólo y el
mismo acto de culto. Por lo tanto, no es lícito separar una
de otra, ni celebrarlas en lugares y tiempos diversos.[135]
Tampoco está permitido realizar cada parte de la sagrada
Misa en momentos diversos, aunque sea el mismo día.
[61.] Para elegir las lecturas bíblicas, que
se deben proclamar en la celebración de la Misa, se deben
seguir las normas que se encuentran en los libros
litúrgicos,[136]
a fin de que verdaderamente «la mesa de la Palabra de Dios
se prepare con más abundancia para los fieles y se abran a
ellos los tesoros bíblicos».[137]
[62.] No está permitido omitir o sustituir,
arbitrariamente, las lecturas bíblicas prescritas ni, sobre
todo, cambiar «las lecturas y el salmo responsorial, que
contienen la Palabra de Dios, con otros textos no bíblicos».[138]
[63.] La lectura evangélica, que «constituye
el momento culminante de la liturgia de la palabra»,[139]
en las celebraciones de la sagrada Liturgia se reserva al
ministro ordenado, conforme a la tradición de la Iglesia.[140]
Por eso no está permitido a un laico, aunque sea religioso,
proclamar la lectura evangélica en la celebración de la
santa Misa; ni tampoco en otros casos, en los cuales no sea
explícitamente permitido por las normas.[141]
[64.] La homilía, que se hace en el curso de
la celebración de la santa Misa y es parte de la misma
Liturgia,[142]
«la hará, normalmente, el mismo sacerdote celebrante, o él
se la encomendará a un sacerdote concelebrante, o a veces,
según las circunstancias, también al diácono, pero nunca a
un laico.[143]
En casos particulares y por justa causa, también puede hacer
la homilía un obispo o un presbítero que está presente en la
celebración, aunque sin poder concelebrar».[144]
[65.] Se recuerda que debe tenerse por
abrogada, según lo prescrito en el canon 767 § 1, cualquier
norma precedente que admitiera a los fieles no ordenados
para poder hacer la homilía en la celebración eucarística.[145]
Se reprueba esta concesión, sin que se pueda admitir ninguna
fuerza de la costumbre.
[66.] La prohibición de admitir a los laicos
para predicar, dentro de la celebración de la Misa, también
es válida para los alumnos de seminarios, los estudiantes de
teología, para los que han recibido la tarea de «asistentes
pastorales» y para cualquier otro tipo de grupo, hermandad,
comunidad o asociación, de laicos.[146]
[67.] Sobre todo, se debe cuidar que la
homilía se fundamente estrictamente en los misterios de la
salvación, exponiendo a lo largo del año litúrgico, desde
los textos de las lecturas bíblicas y los textos litúrgicos,
los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana, y
ofreciendo un comentario de los textos del Ordinario y del
Propio de la Misa, o de los otros ritos de la Iglesia.[147]
Es claro que todas las interpretaciones de la sagrada
Escritura deben conducir a Cristo, como eje central de la
economía de la salvación, pero esto se debe realizar
examinándola desde el contexto preciso de la celebración
litúrgica. Al hacer la homilía, procúrese iluminar desde
Cristo los acontecimientos de la vida. Hágase esto, sin
embargo, de tal modo que no se vacíe el sentido auténtico y
genuino de la palabra de Dios, por ejemplo, tratando sólo de
política o de temas profanos, o tomando como fuente ideas
que provienen de movimientos pseudo-religiosos de nuestra
época.[148]
[68.] El Obispo diocesano vigile con
atención la homilía,[149]
difundiendo, entre los ministros sagrados, incluso normas,
orientaciones y ayudas, y promoviendo a este fin reuniones y
otras iniciativas; de esta manera tendrán ocasión frecuente
de reflexionar con mayor atención sobre el carácter de la
homilía y encontrarán también una ayuda para su preparación.
[69.] En la santa Misa y en otras
celebraciones de la sagrada Liturgia no se admita un «Credo»
o Profesión de fe que no se encuentre en los libros
litúrgicos debidamente aprobados.
[70.] Las ofrendas que suelen presentar los
fieles en la santa Misa, para la Liturgia eucarística, no se
reducen necesariamente al pan y al vino para celebrar la
Eucaristía, sino que también pueden comprender otros dones,
que son ofrecidos por los fieles en forma de dinero o bien
de otra manera útil para la caridad hacia los pobres. Sin
embargo, los dones exteriores deben ser siempre expresión
visible del verdadero don que el Señor espera de nosotros:
un corazón contrito y el amor a Dios y al prójimo, por el
cual nos configuramos con el sacrificio de Cristo, que se
entregó a sí mismo por nosotros. Pues en la Eucaristía
resplandece, sobre todo, el misterio de la caridad que
Jesucristo reveló en la Última Cena, lavando los pies de los
discípulos. Con todo, para proteger la dignidad de la
sagrada Liturgia, conviene que las ofrendas exteriores sean
presentadas de forma apta. Por lo tanto, el dinero, así como
otras ofrendas para los pobres, se pondrán en un lugar
oportuno, pero fuera de la mesa eucarística.[150]
Salvo el dinero y, cuando sea el caso, una pequeña parte de
los otros dones ofrecidos, por razón del signo, es
preferible que estas ofrendas sean presentadas fuera de la
celebración de la Misa.
[71.] Consérvese la costumbre del Rito
romano, de dar la paz un poco antes de distribuir la sagrada
Comunión, como está establecido en el Ordinario de la Misa.
Además, conforme a la tradición del Rito romano, esta
práctica no tiene un sentido de reconciliación ni de perdón
de los pecados, sino que más bien significa la paz, la
comunión y la caridad, antes de recibir la santísima
Eucaristía.[151]
En cambio, el sentido de reconciliación entre los hermanos
se manifiesta claramente en el acto penitencial que se
realiza al inicio de la Misa, sobre todo en la primera de
sus formas.
[72.] Conviene «que cada uno dé la paz,
sobriamente, sólo a los más cercanos a él». «El sacerdote
puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre
dentro del presbiterio, para no alterar la celebración.
Hágase del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar
la paz a algunos fieles». «En cuanto al signo para darse la
paz, establezca el modo la Conferencia de Obispos», con el
reconocimiento de la Sede Apostólica, «según la
idiosincrasia y las costumbres de los pueblos».[152]
[73.] En la celebración de la santa Misa, la
fracción del pan eucarístico la realiza solamente el
sacerdote celebrante, ayudado, si es el caso, por el diácono
o por un concelebrante, pero no por un laico; se comienza
después de dar la paz, mientras se dice el «Cordero de
Dios». El gesto de la fracción del pan, «realizada por
Cristo en la Última Cena, que en el tiempo apostólico dio
nombre a toda la acción eucarística, significa que los
fieles, siendo muchos, forman un solo cuerpo por la comunión
de un solo pan de vida, que es Cristo muerto y resucitado
para la salvación del mundo (1 Cor 10, 17)».[153]
Por esto, se debe realizar el rito con gran respeto.[154]
Sin embargo, debe ser breve. El abuso, extendido en algunos
lugares, de prolongar sin necesidad este rito, incluso con
la ayuda de laicos, contrariamente a las normas, o de
atribuirle una importancia exagerada, debe ser corregido con
gran urgencia.[155]
[74.] Si se diera la necesidad de que
instrucciones o testimonios sobre la vida cristiana sean
expuestos por un laico a los fieles congregados en la
iglesia, siempre es preferible que esto se haga fuera de la
celebración de la Misa. Por causa grave, sin embargo, está
permitido dar este tipo de instrucciones o testimonios,
después de que el sacerdote pronuncie la oración después de
la Comunión. Pero esto no puede hacerse una costumbre.
Además, estas instrucciones y testimonios de ninguna manera
pueden tener un sentido que pueda ser confundido con la
homilía,[156]
ni se permite que por ello se suprima totalmente la homilía.
4. LA UNIÓN DE VARIOS RITOS CON LA
CELEBRACIÓN DE LA MISA
[75.] Por el sentido teológico inherente a
la celebración de la eucaristía o de un rito particular, los
libros litúrgicos permiten o prescriben, algunas veces, la
celebración de la santa Misa unida con otro rito,
especialmente de los Sacramentos.[157]
En otros casos, sin embargo, la Iglesia no admite esta
unión, especialmente cuando lo que se añadiría tiene un
carácter superficial y sin importancia.
[76.] Además, según la antiquísima tradición
de la Iglesia romana, no es lícito unir el Sacramento de la
Penitencia con la sa Si, por una grave necesidad, se debe celebrar
la Misa en el mismo lugar donde después será la cena, debe
mediar un espacio suficiente de tiempo entre la conclusión
de la Misa y el comienzo de la cena, sin que se muestren a
los fieles, durante la celebración de la Misa, alimentos
ordinarios.
[78.] No está permitido relacionar la
celebración de la Misa con acontecimientos políticos o
mundanos, o con otros elementos que no concuerden plenamente
con el Magisterio de la Iglesia Católica. Además, se debe
evitar totalmente la celebración de la Misa por el simple
deseo de ostentación o celebrarla según el estilo de otras
ceremonias, especialmente profanas, para que la Eucaristía
no se vacíe de su significado auténtico.
[79.] Por último, el abuso de introducir
ritos tomados de otras religiones en la celebración de la
santa Misa, en contra de lo que se prescribe en los libros
litúrgicos, se debe juzgar con gran severidad.
CAPÍTULO IV
LA SAGRADA COMUNIÓN
1. LAS DISPOSICIONES PARA RECIBIR LA SAGRADA
COMUNIÓN
[80.] La Eucaristía sea propuesta a los
fieles, también, «como antídoto por el que somos liberados
de las culpas cotidianas y preservados de los pecados
mortales»,[160]
como se muestra claramente en diversas partes de la Misa.
Por lo que se refiere al acto penitencial, situado al
comienzo de la Misa, este tiene la finalidad de disponer a
todos para que celebren adecuadamente los sagrados
misterios,[161]
aunque «carece de la eficacia del sacramento de la
Penitencia»,[162]
y no se puede pensar que sustituye, para el perdón de los
pecados graves, lo que corresponde al sacramento de la
Penitencia. Los pastores de almas cuiden diligentemente la
catequesis, para que la doctrina cristiana sobre esta
materia se transmita a los fieles.
[81.] La costumbre de la Iglesia manifiesta
que es necesario que cada uno se examine a sí mismo en
profundidad,[163]
para que quien sea consciente de estar en pecado grave no
celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir
antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un
motivo grave y no haya oportunidad de confesarse; en este
caso, recuerde que está obligado a hacer un acto de
contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse
cuanto antes.[164]
[82.] Además, «la Iglesia ha dado normas que
se orientan a favorecer la participación frecuente y
fructuosa de los fieles en la Mesa eucarística y, al mismo
tiempo, a determinar las condiciones objetivas en las que no
debe administrarse la comunión».[165]
[83.] Ciertamente, lo mejor es que todos
aquellos que participan en la celebración de la santa Misa y
tiene las debidas condiciones, reciban en ella la sagrada
Comunión. Sin embargo, alguna vez sucede que los fieles se
acercan en grupo e indiscriminadamente a la mesa sagrada. Es
tarea de los pastores corregir con prudencia y firmeza tal
abuso.
[84.] Además, donde se celebre la Misa para
una gran multitud o, por ejemplo, en las grandes ciudades,
debe vigilarse para que no se acerquen a la sagrada
Comunión, por ignorancia, los no católicos o, incluso, los
no cristianos, sin tener en cuenta el Magisterio de la
Iglesia en lo que se refiere a la doctrina y la disciplina.
Corresponde a los Pastores advertir en el momento oportuno a
los presentes sobre la verdad y disciplina que se debe
observar estrictamente.
[85.] Los ministros católicos administran
lícitamente los sacramentos, sólo a los fieles católicos,
los cuales, igualmente, los reciben lícitamente sólo de
ministros católicos, salvo lo que se prescribe en los canon
844 §§ 2, 3 y 4, y en el canon 861 § 2.[166]
Además, las condiciones establecidas por el canon 844 § 4,
de las que nada se puede derogar,[167]
son inseparables entre sí; por lo que es necesario que
siempre sean exigidas simultáneamente.
[86.] Los fieles deben ser guiados con
insistencia hacia la costumbre de participar en el
sacramento de la penitencia, fuera de la celebración de la
Misa, especialmente en horas establecidas, para que así se
pueda administrar con tranquilidad, sea para ellos de
verdadera utilidad y no se impida una participación activa
en la Misa. Los que frecuente o diariamente suelen comulgar,
sean instruidos para que se acerquen al sacramento de la
penitencia cada cierto tiempo, según la disposición de cada
uno.[168]
[87.] La primera Comunión de los niños debe
estar siempre precedida de la confesión y absolución
sacramental.[169]
Además, la primera Comunión siempre debe ser administrada
por un sacerdote y, ciertamente, nunca fuera de la
celebración de la Misa. Salvo casos excepcionales, es poco
adecuado que se administre el Jueves Santo, «in Cena Domini».
Es mejor escoger otro día, como los domingos II-VI de
Pascua, la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de
Cristo o los domingos del Tiempo Ordinario, puesto que el
domingo es justamente considerado como el día de la
Eucaristía.[170]
No se acerquen a recibir la sagrada Eucaristía «los niños
que aún no han llegado al uso de razón o los que» el párroco
«no juzgue suficientemente dispuestos».[171]
Sin embargo, cuando suceda que un niño, de modo excepcional
con respecto a los de su edad, sea considerado maduro para
recibir el sacramento, no se le debe negar la primera
Comunión, siempre que esté suficientemente instruido.
2. LA DISTRIBUCIÓN DE LA SAGRADA COMUNIÓN.
[88.] Los fieles, habitualmente, reciban la
Comunión sacramental de la Eucaristía en la misma Misa y en
el momento prescrito por el mismo rito de la celebración,
esto es, inmediatamente después de la Comunión del sacerdote
celebrante.[172]
Corresponde al sacerdote celebrante distribuir la Comunión,
si es el caso, ayudado por otros sacerdotes o diáconos; y
este no debe proseguir la Misa hasta que haya terminado la
Comunión de los fieles. Sólo donde la necesidad lo requiera,
los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote
celebrante, según las normas del derecho.[173]
[89.] Para que también «por los signos,
aparezca mejor que la Comunión es participación en el
Sacrificio que se está celebrando»,[174]
es deseable que los fieles puedan recibirla con hostias
consagradas en la misma Misa.[175]
[90.] «Los fieles comulgan de rodillas o de
pie, según lo establezca la Conferencia de Obispos», con la
confirmación de la Sede Apostólica. «Cuando comulgan de pie,
se recomienda hacer, antes de recibir el Sacramento, la
debida reverencia, que deben establecer las mismas normas».[176]
[91.] En la distribución de la sagrada
Comunión se debe recordar que «los ministros sagrados no
pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo
oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por
el derecho recibirlos».[177]
Por consiguiente, cualquier bautizado católico, a quien el
derecho no se lo prohiba, debe ser admitido a la sagrada
Comunión. Así pues, no es lícito negar la sagrada Comunión a
un fiel, por ejemplo, sólo por el hecho de querer recibir la
Eucaristía arrodillado o de pie.
[92.] Aunque todo fiel tiene siempre derecho
a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca,[178]
si el que va a comulgar quiere recibir en la mano el
Sacramento, en los lugares donde la Conferencia de Obispos
lo haya permitido, con la confirmación de la Sede
Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia. Sin
embargo, póngase especial cuidado en que el comulgante
consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y
ninguno se aleje teniendo en la mano las especies
eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se
distribuya a los fieles la Comunión en la mano.[179]
[93.] La bandeja para la Comunión de los
fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga
la hostia sagrada o algún fragmento.[180]
[94.] No está permitido que los fieles tomen
la hostia consagrada ni el cáliz sagrado «por sí mismos, ni
mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano».[181]
En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los
esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo
recíproco la sagrada Comunión.
[95.] El fiel laico «que ya ha recibido la
santísima Eucaristía, puede recibirla otra vez el mismo día
solamente dentro de la celebración eucarística en la que
participe, quedando a salvo lo que prescribe el c. 921 § 2».[182]
[96.] Se reprueba la costumbre, que es
contraria a las prescripciones de los libros litúrgicos, de
que sean distribuidas a manera de Comunión, durante la Misa
o antes de ella, ya sean hostias no consagradas ya sean
otros comestibles o no comestibles. Puesto que estas
costumbres de ningún modo concuerdan con la tradición del
Rito romano y llevan consigo el peligro de inducir a
confusión a los fieles, respecto a la doctrina eucarística
de la Iglesia. Donde en algunos lugares exista, por
concesión, la costumbre particular de bendecir y distribuir
pan, después de la Misa, téngase gran cuidado de que se dé
una adecuada catequesis sobre este acto. No se introduzcan
otras costumbres similares, ni sean utilizadas para esto,
nunca, hostias no consagradas.
3. LA COMUNIÓN DE LOS SACERDOTES
3. LA COMUNIÓN DE LOS SACERDOTES
[97.] Cada vez que celebra la santa Misa, el
sacerdote debe comulgar en el altar, cuando lo determina el
Misal, pero antes de que proceda a la distribución de la
Comunión, lo hacen los concelebrantes. Nunca espere para
comulgar, el sacerdote celebrante o los concelebrantes,
hasta que termine la comunión del pueblo.[183]
[98.] La Comunión de los sacerdotes
concelebrantes se realice según las normas prescritas en los
libros litúrgicos, utilizando siempre hostias consagradas en
esa misma Misa[184]
y recibiendo todos los concelebrantes, siempre, la Comunión
bajo las dos especies. Nótese que si un sacerdote o diácono
entrega a los concelebrantes la hostia sagrada o el cáliz,
no dice nada, es decir, en ningún caso pronuncia las
palabras «el Cuerpo de Cristo» o «la Sangre de Cristo».
[99.] La Comunión bajo las dos especies está
siempre permitida «a los sacerdotes que no pueden celebrar o
concelebrar en la acción sagrada».[185]
4. LA COMUNIÓN BAJO LAS DOS ESPECIES
[100.] Para que, en el banquete eucarístico,
la plenitud del signo aparezca ante los fieles con mayor
claridad, son admitidos a la Comunión bajo las dos especies
también los fieles laicos, en los casos indicados en los
libros litúrgicos, con la debida catequesis previa y en el
mismo momento, sobre los principios dogmáticos que en esta
materia estableció el Concilio Ecuménico Tridentino.[186]
[101.] Para administrar a los fieles laicos
la sagrada Comunión bajo las dos especies, se deben tener en
cuenta, convenientemente, las circunstancias, sobre las que
deben juzgar en primer lugar los Obispos diocesanos. Se debe
excluir totalmente cuando exista peligro, incluso pequeño,
de profanación de las sagradas especies.[187]
Para una mayor coordinación, es necesario que la Conferencia
de Obispos publique normas, con laue sea difícil poder conocer su calidad y su proveniencia,
o cuando no esté disponible un número suficiente de
ministros sagrados ni de ministros extraordinarios de la
sagrada Comunión que tengan la formación adecuada, o donde
una parte importante del pueblo no quiera participar del
cáliz, por diversas y persistentes causas, disminuyendo así,
en cierto modo, el signo de unidad.
[103.] Las normas del Misal Romano admiten
el principio de que, en los casos en que se administra la
sagrada Comunión bajo las dos especies, «la sangre del Señor
se puede tomar bebiendo directamente del cáliz, o por
intinción, o con una pajilla, o una cucharilla».[191]
Por lo que se refiere a la administración de la Comunión a
los fieles laicos, los Obispos pueden excluir, en los
lugares donde no sea costumbre, la Comunión con pajilla o
con cucharilla, permaneciendo siempre, no obstante, la
opción de distribuir la Comunión por intinción. Pero
si se emplea esta forma, utilícense hostias que no sean ni
demasiado delgadas ni demasiado pequeñas, y el comulgante
reciba del sacerdote el sacramento, solamente en la boca.[192]
[104.] No se permita al comulgante mojar por
sí mismo la hostia en el cáliz, ni recibir en la mano la
hostia mojada. Por lo que se refiere a la hostia que se debe
mojar, esta debe hacerse de materia válida y estar
consagrada; está absolutamente prohibido el uso de pan no
consagrado o de otra materia.
[105.] Si no es suficiente un cáliz, para la
distribución de la Comunión bajo las dos especies a los
sacerdotes concelebrantes o a los fieles, nada impide que el
sacerdote celebrante utilice varios cálices.[193]
Recuérdese, no obstante, que todos los sacerdotes que
celebran la santa Misa tienen que realizar la Comunión bajo
las dos especies. Empléese laudablemente, por razón del
signo, un cáliz principal más grande, junto con otros
cálices más pequeños.
[106.] Sin embargo, se debe evitar
completamente, después de la consagración, echar la Sangre
de Cristo de un cáliz a otro, para excluir cualquier cosa de
pueda resultar un agravio de tan gran misterio. Para
contener la Sangre del Señor nunca se utilicen frascos,
vasijas u otros recipientes que no respondan plenamente a
las normas establecidas.
[107.] Según la normativa establecida en los
cánones, «quien arroja por tierra las especies consagradas,
o las lleva o retiene con una finalidad sacrílega, incurre
en excomunión latae sententiae reservada a la
Sede Apostólica; el clérigo puede ser castigado además con
otra pena, sin excluir la expulsión del estado clerical».[194]
En este caso se debe considerar incluida cualquier acción,
voluntaria y grave, de desprecio a las sagradas especies. De
donde si alguno actúa contra las normas arriba indicadas,
por ejemplo, arrojando las sagradas especies en el lavabo de
la sacristía, o en un lugar indigno, o por el suelo, incurre
en las penas establecidas.[195]
Además, recuerden todos que al terminar la distribución de
la sagrada Comunión, dentro de la celebración de la Misa,
hay que observar lo que prescribe el Misal Romano, y sobre
todo que el sacerdote o, según las normas, otro ministro, de
inmediato debe sumir en el altar, íntegramente, el vino
consagrado que quizá haya quedado; las hostias consagradas
que han sobrado, o las consume el sacerdote en el altar o
las lleva al lugar destinado para la reserva de la
Eucaristía.[196]
CAPÍTULO V
OTROS ASPECTOS QUE SE REFIEREN A LA
EUCARISTÍA
1. EL LUGAR DE LA CELEBRACIÓN DE LA SANTA
MISA
[108.] «La celebración eucarística se ha de
hacer en lugar sagrado, a no ser que, en un caso particular,
la necesidad exija otra cosa; en este caso, la celebración
debe realizarse en un lugar digno».[197]
De la necesidad del caso juzgará, habitualmente, el Obispo
diocesano para su diócesis.
[109.] Nunca es lícito a un sacerdote
celebrar la Eucaristía en un templo o lugar sagrado de
cualquier religión no cristiana.
2. DIVERSOS ASPECTOS RELACIONADOS CON LA
SANTA MISA
[110.] «Los sacerdotes, teniendo siempre
presente que en el misterio del Sacrificio eucarístico se
realiza continuamente la obra de la redención, deben
celebrarlo frecuentemente; es más, se recomienda
encarecidamente la celebración diaria, la cual, aunque no
pueda tenerse con asistencia de fieles, es una acción de
Cristo y de la Iglesia, en cuya realización los sacerdotes
cumplen su principal ministerio».[198]
[111.] En la celebración o concelebración de
la Eucaristía, «admítase a celebrar a un sacerdote, aunque
el rector de la iglesia no lo conozca, con tal de que
presente cartas comendaticias» de la Sede Apostólica, o de
su Ordinario o de su Superior, dadas al menos en el año, las
enseñe «o pueda juzgarse prudentemente que nada le impide
celebrar».[199]
El Obispo debe proveer para que desaparezcan las costumbres
contrarias.
[112.] La Misa se celebra o bien en lengua
latina o bien en otra lengua, con tal de que se empleen
textos litúrgicos que hayan sido aprobados, según las normas
del derecho. Exceptuadas las celebraciones de la Misa que,
según las horas y los momentos, la autoridad eclesiástica
establece que se hagan en la lengua del pueblo, siempre y en
cualquier lugar es lícito a los sacerdotes celebrar el santo
sacrificio en latín.[200]
[113.] Cuando una Misa es concelebrada por
varios sacerdotes, al pronunciar la Plegaria Eucarística,
utilícese la lengua que sea conocida por todos los
sacerdotes concelebrantes y por el pueblo congregado. Cuando
suceda que entre los sacerdotes haya algunos que no conocen
la lengua de la celebración y, por lo tanto, no pueden
pronunciar debidamente las partes propias de la Plegaria
Eucarística, no concelebren, sino que preferiblemente
asistan a la celebración revestidos de hábito coral, según
las normas.[201]
[114.] «En las Misas dominicales de la
parroquia, como ‘comunidad eucarística’, es normal que se
encuentren los grupos, movimientos, asociaciones y las
pequeñas comunidades religiosas presentes en ella».[202]
Aunque es lícito celebrar la Misa, según las normas del
derecho, para grupos particulares,[203]
estos grupos de ninguna manera están exentos de observar
fielmente las normas litúrgicas.
[115.] Se reprueba el abuso de que sea
suspendida de forma arbitraria la celebración de la santa
Misa en favor del pueblo, bajo el pretexto de promover el
«ayuno de la Eucaristía», contra las normas del Misal Romano
y la sana tradición del Rito romano.
[116.] No se multipliquen las Misas, contra
la norma del derecho, y sobre los estipendios obsérvese todo
lo que manda el derecho.[204]
3. LOS VASOS SAGRADOS
[117.] Los vasos sagrados, que están
destinados a recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor, se
deben fabricar, estrictamente, conforme a las normas de la
tradición y de los libros litúrgicos.[205]
Las Conferencias de Obispos tienen la facultad de decidir,
con la aprobación de la Sede Apostólica, si es oportuno que
los vasos sagrados también sean elaborados con otros
materiales sólidos. Sin embargo, se requiere estrictamente
que este material, según la común estimación de cada región,
sea verdaderamente noble,[206]
de manera que con su uso se tribute honor al Señor y se
evite absolutamente el peligro de debilitar, a los ojos de
los fieles, la doctrina de la presencia real de Cristo en
las especies eucarísticas. Por lo tanto, se reprueba
cualquier uso por el que son utilizados para la celebración
de la Misa vasos comunes o de escaso valor, en lo que se
refiere a la calidad, o carentes de todo valor artístico, o
simples cestos, u otros vasos de cristal, arcilla, creta y
otros materiales, que se rompen fácilmente. Esto vale
también de los metales y otros materiales, que se corrompen
fácilmente.[207]
[118] Los vasos sagrados, antes de ser
utilizados, son bendecidos por el sacerdote con el rito que
se prescribe en los libros litúrgicos.[208]
Es laudable que la bendición sea impartida por el Obispo
diocesano, que juzgará si los vasos son idóneos para el uso
al cual están destinados.
[119.] El sacerdote, vuelto al altar después
de la distribución de la Comunión, de pie junto al altar o
en la credencia, purifica la patena o la píxide sobre el
cáliz; después purifica el cáliz, como prescribe el Misal, y
seca el cáliz con el purificador. Cuando está presente el
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