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CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO
Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS
DIRECTORIO
SOBRE LA PIEDAD POPULAR Y LA LITURGIA
PRINCIPIOS Y
ORIENTACIONES
CIUDAD DEL VATICANO
2002
ÍNDICE
SIGLAS Y ABREVIATURAS
MENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
DECRETO
INTRODUCCIÓN
(1-21)
Naturaleza y estructura (4)
Los destinatarios (5)
La terminología (6-10)
Algunos principios (11-13)
El lenguaje de la piedad popular (14-20)
Responsabilidad y competencia (21)
PARTE
PRIMERA
LÍNEAS EMERGENTES DE LA HISTORIA,
DEL MAGISTERIO, DE LA TEOLOGÍA (22-92)
CAPÍTULO I.
LITURGIA Y PIEDAD POPULAR A LA LUZ DE LA
HISTORIA (22-59)
Liturgia y piedad popular en el curso de los siglos
(22-46)
La Antigüedad cristiana (23-27)
La Edad Media (28-33)
La Época Moderna (34-43)
La Época Contemporánea (44-46)
Liturgia y piedad popular: problemática actual (47-59)
Indicaciones de la historia: causas del desequilibrio (48-49)
A la luz de la Constitución sobre Liturgia (50-58)
La importancia de la formación (59)
CAPÍTULO II.
LITURGIA Y PIEDAD POPULAR EN EL MAGISTERIO DE LA
IGLESIA (60-75)
Los valores de la piedad popular (61-64)
Algunos peligros que pueden desviar la piedad popular (65-66)
El sujeto de la piedad popular (67-69)
Los ejercicios de piedad (70-72)
Liturgia y ejercicios de piedad (73-74)
Criterios generales para la renovación de los ejercicios de piedad (75)
CAPÍTULO
III. PRINCIPIOS TEOLÓGICOS PARA LA
VALORACIÓN Y RENOVACIÓN DE LA PIEDAD POPULAR (76-92)
La vida cultual: comunión con el Padre, por Cristo, en el
Espíritu (76-80)
La Iglesia, comunidad cultual (81-84)
Sacerdocio común y piedad popular (85-86)
Palabra de Dios y piedad popular (87-89)
Piedad popular y revelaciones privadas (90)
Enculturación y piedad popular (91-92)
PARTE
SEGUNDA
ORIENTACIONES
PARA ARMONIZAR LA PIEDAD POPULAR Y LA LITURGIA (93-287)
Premisa (93)
CAPÍTULO IV.
AÑO LITÚRGICO Y PIEDAD POPULAR (94-182)
El domingo (95)
En el tiempo de Adviento (96-105)
La Corona de Adviento (98)
Las Procesiones de Adviento (99)
Las "Témporas de invierno" (100)
La Virgen María en el Adviento (101-102)
La Novena de Navidad (103)
El "Nacimiento" (104)
La piedad popular y el espíritu del Adviento (105)
En el tiempo de Navidad (106-123)
La Noche de Navidad (109-111)
La fiesta de la Sagrada Familia (112)
La fiesta de los Santos Inocentes (113)
El 31 de Diciembre (114)
La solemnidad de santa María Madre de Dios (115-117)
La solemnidad de la Epifanía del Señor (118)
La fiesta del Bautismo del Señor (119)
La fiesta de la Presentación del Señor (120-123)
En el tiempo de Cuaresma (124-137)
La veneración de Cristo Crucificado (127-129)
La lectura de la Pasión del Señor (130)
El "Vía Crucis" (131-135)
El "Vía Matris" (136-137)
La Semana Santa (138-139)
Domingo de Ramos: Las palmas y los
ramos de olivo o de otros árboles (139)
Triduo pascual (140-151)
Jueves Santo: La visita al lugar de la
reserva (141)
Viernes Santo: La procesión del Viernes
Santo (142-143)
Representación de la Pasión de Cristo (144)
El recuerdo de la Virgen de los Dolores (145)
Sábado Santo: (146-147)
La "Hora de la Madre" (147)
Domingo de Pascua: (148-151)
El encuentro del Resucitado con la Madre (149)
La bendición de la mesa familiar (150)
El saludo pascual a la Madre del Resucitado (151)
En el Tiempo Pascual (152-156)
La bendición anual de las familias en sus casas (152)
El "Vía Lucis" (153)
La devoción a la divina misericordia (154)
La novena de Pentecostés (155)
Pentecostés: El domingo de Pentecostés
(156)
En el Tiempo ordinario (157-182)
La solemnidad de la santísima Trinidad (157-159)
La solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor (160-163)
La adoración eucarística (164-165)
El sagrado Corazón de Jesús (166-173)
El Corazón inmaculado de María (174)
La preciosísima Sangre de Cristo (175-179)
La Asunción de Santa María Virgen (180-181)
Semana de oración por la unidad de los cristianos (182)
CAPÍTULO V.
LA VENERACIÓN A LA SANTA MADRE DEL SEÑOR (183-207)
Algunos principios (183-186)
Los tiempos de los ejercicios de piedad marianos (187-191)
La celebración de la fiesta (187)
El sábado (188)
Triduos, septenarios, novenas marianas (189)
Los "meses de María" (190-191)
Algunos ejercicios de piedad, recomendados por el Magisterio (192-207)
Escucha orante de la Palabra de Dios (193-194)
El "Ángelus Domini" (195)
El "Regina caeli" (196)
El Rosario (197-202)
Las Letanías de la Virgen (203)
La consagración – entrega a María (204)
El escapulario del Carmen y otros escapularios (205)
Las medallas marianas (206)
El himno "Akathistos" (207)
CAPÍTULO VI.
LA VENERACIÓN A LOS SANTOS Y BEATOS (208-247)
Algunos principios (208-212)
Los santos Ángeles (213-217)
San José (218-223)
San Juan Bautista (224-225)
El culto tributado a Santos y Beatos (226-247)
La celebración de los Santos (227-229)
El día de la fiesta (230-233)
En la celebración de la Eucaristía (234)
En las Letanías de los Santos (235)
Las reliquias de los Santos (236-237)
Las imágenes sagradas (238-244)
Las procesiones (245-247)
CAPÍTULO
VII. LOS SUFRAGIOS POR LOS DIFUNTOS
(248-260)
La fe en la resurrección de los muertos (248-250)
Sentido de los sufragios (251)
Las exequias cristianas (252-254)
Otros sufragios (255)
La memoria de los difuntos en la piedad popular (256-260)
CAPÍTULO
VIII. SANTUARIOS Y PEREGRINACIONES
(261-287)
El santuario (262-279)
Algunos principios (262-263)
Reconocimiento canónico (264)
El santuario como lugar de celebraciones cultuales (265-273)
Valor ejemplar (266)
La celebración de la Penitencia (267)
La celebración de la Eucaristía (268)
La celebración de la Unción de los enfermos (269)
La celebración de otros sacramentos (270)
La celebración de la Liturgia de las Horas (271)
La celebración de sacramentales (272-273)
El santuario como lugar de evangelización (274)
El santuario como lugar de la caridad (275)
El santuario como lugar de cultura (276)
El santuario como lugar de tareas ecuménicas (277-278)
La peregrinación (279-287)
Peregrinaciones bíblicas (280)
La peregrinación cristiana (281-285)
Espiritualidad de la peregrinación (286)
Desarrollo de la peregrinación (287)
CONCLUSIÓN
(288)
SIGLAS Y ABREVIATURAS
AAS Acta Apostolicae Sedis
CCE Catechismus Catholicae Ecclesiae
CCL Corpus Christianorum (Series Latina)
CIC Codex Iuris Canonici
CSEL Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum
DS H. DENZINGER - A. SCHÖNMETZER, Enchiridion
Symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum
EI Enchiridion Indulgentiarum. Normae et concessiones
(1999)
LG CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen gentium
PG Patrologia graeca (I.P. MIGNE)
PL Patrologia latina (I.P. MIGNE)
SC CONCILIO VATICANO II, Constitución Sacrosanctum
Concilium
SCh Sources chrétiennes
Del "MENSAJE" de Su Santidad JUAN PABLO II
a la Asamblea Plenaria de la
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos
(21 de septiembre del 2001)
2. La Sagrada Liturgia que la Constitución
Sacrosanctum Concilium califica como la cumbre de la vida eclesial,
jamás puede reducirse a una simple realidad estética, ni puede ser
considerada como un instrumento con fines meramente pedagógicos o
ecuménicos. La celebración de los santos misterios es, sobre todo, acción de
alabanza a la soberana majestad de Dios, Uno y Trino, y expresión querida
por Dios mismo. Con ella el hombre, personal y comunitariamente, se presenta
ante Él para darle gracias, consciente de que su mismo ser no puede alcanzar
su plenitud sin alabarlo y cumplir su voluntad, en la constante búsqueda del
Reino que está ya presente, pero que vendrá definitivamente el día de la
Parusía del Señor Jesús. La Liturgia y la vida son realidades
inseparables. Una Liturgia que no tuviera un reflejo en la vida, se tornaría
vacía y, ciertamente, no sería agradable a Dios.
3. La celebración litúrgica es un acto de la virtud de la
religión que, coherentemente con su naturaleza, debe caracterizarse por un
profundo sentido de lo sagrado. En ella, el hombre y la comunidad han de ser
conscientes de encontrarse, en forma especial, ante Aquel que es tres veces
santo y trascendente. Por eso, la actitud apropiada no puede ser otra que
una actitud impregnada de reverencia y sentido de estupor, que brota del
saberse en la presencia de la majestad de Dios. ¿No era esto, acaso, lo que
Dios quería expresar cuando ordenó a Moisés que se quitase las sandalias
delante de la zarza ardiente? ¿No nacía, acaso, de esta conciencia, la
actitud de Moisés y de Elías, que no osaron mirar a Dios cara a cara?
El Pueblo de Dios necesita ver, en los sacerdotes y en los
diáconos, un comportamiento lleno de reverencia y de dignidad, que sea capaz
de ayudarle a penetrar las cosas invisibles, incluso sin tantas palabras y
explicaciones. En el Misal Romano, denominado de San Pío V, como en diversas
Liturgias orientales, se encuentran oraciones muy hermosas, con las cuales
el sacerdote expresa el más profundo sentimiento de humildad y de reverencia
delante de los santos misterios: ellas, revelan la sustancia misma de
cualquier Liturgia.
La celebración litúrgica presidida por el sacerdote es una
asamblea orante, reunida en la fe y atenta a la Palabra de Dios. Ella tiene
como finalidad primera presentar a la Majestad divina el Sacrificio vivo,
puro y santo, ofrecido sobre el Calvario, una vez para siempre, por el Señor
Jesús, que se hace presenta cada vez que la Iglesia celebra la Santa Misa,
para expresar el culto debido a Dios, en espíritu y en verdad.
Conozco el esfuerzo realizado por la Congregación para
promover, junto con los Obispos, el fortalecimiento de la vida litúrgica en
la Iglesia. Al expresarles mi aprecio, deseo que tan preciosa obra
contribuya a que las celebraciones sean, cada vez, más dignas y fructuosas.
4. Vuestra Plenaria ha escogido como tema central la
religiosidad, para preparar un Directorio sobre esta materia. La
religiosidad popular constituye una expresión de la fe, que se vale de los
elementos culturales de un determinado ambiente, interpretando e
interpelando la sensibilidad de los participantes, de manera viva y eficaz.
La religiosidad popular, que se expresa de formas diversas y
diferenciadas, tiene como fuente, cuando es genuina, la fe y debe ser, por
lo tanto, apreciada y favorecida. En sus manifestaciones más auténticas, no
se contrapone a la centralidad de la Sagrada Liturgia, sino que,
favoreciendo la fe del pueblo, que la considera como propia y natural
expresión religiosa, predispone a la celebración de los Sagrados misterios.
5. La correcta relación entre estas dos expresiones de fe,
debe tener presente algunos puntos firmes y, entre ellos, ante todo, que la
Liturgia es el centro de la vida de la Iglesia y ninguna otra expresión
religiosa puede sustituirla o ser considerada a su nivel.
Es importante subrayar, además, que la religiosidad popular
tiene su natural culminación en la celebración litúrgica, hacia la cual,
aunque no confluya habitualmente, debe idealmente orientarse, y ello se debe
enseñar con una adecuada catequesis.
Las expresiones de la religiosidad popular aparecen, a
veces, contaminadas por elementos no coherentes con la doctrina católica. En
esos casos, dichas manifestaciones han de ser purificadas con prudencia y
paciencia, por medio de contactos con los responsables y una catequesis
atenta y respetuosa, a no ser que incongruencias radicales hagan necesarias
medidas claras e inmediatas.
Evaluar esto, compete en primer lugar al Obispo diocesano, o
a los Obispos de los territorios en que se dan dichas formas de
religiosidad. En este caso, es oportuno que los Pastores confronten sus
experiencias, para ofrecer orientaciones pastorales comunes, evitando
contradicciones dañinas para el pueblo cristiano. Sin embargo, a menos que
existan claros motivos contrarios, los Obispos deben tener una actitud
positiva y alentadora hacia la religiosidad popular.
***
CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO
Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS
Prot. N. 1532/00/L
DECRETO
Al afirmar el primado de la liturgia, "la cumbre a la cual
tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde
mana toda su fuerza" (Sacrosanctum
Concilium 10), el Concilio Ecuménico Vaticano II recuerda, todavía,
que "la participación en la Sagrada liturgia no abarca toda la vida
espiritual" (ibidem 12). Como alimento de la vida espiritual de los
fieles existen, de hecho, también "los ejercicios piadosos del pueblo
cristiano", especialmente aquellos recomendados por la Sede Apostólica y
practicados en las Iglesias particulares por mandato o con la aprobación del
Obispo. Al recordar la importancia de que tales expresiones cultuales sean
conformes a las leyes y a las normas de la Iglesia, los Padres conciliares
han trazado el ámbito de su comprensión teológica y pastoral: "los
ejercicios piadosos se organicen de modo que vayan de acuerdo con la sagrada
liturgia, en cierto modo deriven de ella y a ella conduzcan al pueblo, ya
que la liturgia, por su naturaleza, está muy por encima de ellos" (ibidem
13).
A la luz de tan autorizada enseñanza y de otras
intervenciones del Magisterio de la Iglesia sobre las prácticas de piedad
del pueblo cristiano, y recogiendo las iniciativas pastorales que han
surgido en estos años, la Plenaria de la Congregación para el Culto Divino y
la Disciplina de los Sacramentos, que tuvo lugar en los días 26-28 de
septiembre del 2001, ha aprobado el presente Directorio. En él se
consideran, de forma orgánica, los nexos existentes entre Liturgia y piedad
popular, recordando los principios que guían tal relación y dando
orientaciones para conseguir efectos fructíferos en las Iglesias
particulares, según las peculiares tradiciones de cada una de ellas. Por lo
tanto y a título especial, es competencia del Obispo valorar la piedad
popular, cuyos frutos han sido y son de gran valor para que se conserve la
fe en el pueblo cristiano, cultivando una actitud pastoral positiva y
estimulante, hacia ella.
Recibida la aprobación del Sumo Pontífice JUAN PABLO II,
para que este Dicasterio publique el "Directorio sobre la piedad popular y
la Liturgia. Principios y orientaciones" (Comunicación de la Secretaría de
Estado, del 14 diciembre del 2001, Prot. N. 497.514), la Congregación para
el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos se alegra de hacerlo
público, deseando que con este instrumento, Pastores y exos existentes entre Liturgia y piedad
popular, recordando los principios que guían tal relación y dando
orientaciones para conseguir efectos fructíferos en las Iglesias
particulares, según las peculiares tradiciones de cada una de ellas. Por lo
tanto y a título especial, es competencia del Obispo valorar la piedad
popular, cuyos frutos han sido y son de gran valor para que se conserve la
fe en el pueblo cristiano, cultivando una actitud pastoral positiva y
estimulante, hacia ella.
Recibida la aprobación del Sumo Pontífice JUAN PABLO II,
para que este Dicasterio publique el "Directorio sobre la piedad popular y
la Liturgia. Principios y orientaciones" (Comunicación de la Secretaría de
Estado, del 14 diciembre del 2001, Prot. N. 497.514), la Congregación para
el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos se alegra de hacerlo
público, deseando que con este instrumento, Pastores y fieles, puedan
encontrar mejores condiciones para crecer en Cristo, por él y con él, en el
Espíritu Santo, para alabanza del Padre que está en los cielos.
Sin que obstante nada en contra.
En la sede de la Congregación para el Culto Divino y la
Disciplina de los Sacramentos, el 17 de diciembre del 2001.
Jorge A. Card. Medina Estévez
Prefecto
Francesco Pio Tamburrino
Arzobispo Secretario
INTRODUCCIÓN
1. En el asegurar el crecimiento y la promoción de la
Liturgia, "la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo
tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza", esta Congregación advierte
la necesidad de que no sean olvidadas otras formas de piedad del pueblo
cristiano y su fructuosa aportación para vivir unidos a Cristo, en la
Iglesia, según las enseñanzas del Concilio Vaticano II.
Después de la renovación conciliar, la situación de la
piedad popular cristiana se presenta variada, según los países y las
tradiciones locales. Se aprecian diversos modos de presentarse, a veces en
contraste, como: abandono manifiesto y rápido de formas de piedad heredadas
del pasado, dejando vacíos no siempre colmados; aferrarse a modos
imperfectos o equivocados de devoción, que alejan de la genuina revelación
bíblica y chocan con la economía sacramental; críticas injustificadas a la
piedad del pueblo sencillo, en nombre de una presunta "pureza" de la fe;
exigencia de salvaguardar la riqueza de la piedad popular, expresión del
sentir profundo y maduro de los creyentes en un determinado lugar y tiempo;
necesidad de purificar de los equívocos y de los peligros de sincretismo;
renovada vitalidad de la religiosidad popular como resistencia y reacción a
una cultura tecnológica-pragmática y al utilitarismo económico; caída de
interés por la piedad popular, provocada por ideologías secularizadas y por
las agresiones de "sectas" hostiles a ella.
La cuestión exige constantemente la atención de los Obispos,
presbíteros y diáconos, de los agentes de pastoral y de los estudiosos, los
cuales deben tener especial cuidado, ya sea de la promoción de la vida
litúrgica entre los fieles, ya sea de revalorizar la piedad popular.
2. La relación entre Liturgia y ejercicios de piedad ha sido
abordada expresamente por el Concilio Vaticano II en la Constitución sobre
la sagrada Liturgia. En diversas circunstancias, la Sede Apostólica y las
Conferencias de Obispos han afrontado más ampliamente el argumento de la
piedad popular, propuesto por la Carta Apostólica Vicesimus Quintus Annus,
de Juan Pablo II, entre las futuras tareas de renovación: "la piedad popular
no puede ser ni ignorada ni tratada con indiferencia o desprecio, porque es
rica en valores, y ya de por sí expresa la actitud religiosa ante Dios; pero
tiene necesidad de ser continuamente evangelizada, para que la fe que
expresa, llegue a ser un acto cada vez más maduro y auténtico. Tanto los
ejercicios de piedad del pueblo cristiano, como otras formas de devoción,
son acogidos y rectituido por dos partes. La
primera, denominada Líneas emergentes, establece los elementos para
realizar una armónica composición entre culto litúrgico y piedad popular.
Primero de todo, se trata la experiencia madurada a lo largo de la historia
y la determinación sistemática de la problemática de nuestro tiempo (cap.
I); se proponen orgánicamente, por lo tanto, las enseñanzas del Magisterio,
como premisa indispensable de comunión eclesial y de acción fructífera (cap.
II); finalmente se presentan los principios teológicos a cuya luz se deben
afrontar y resolver los problemas relativos a la relación entre Liturgia y
piedad popular (cap. III). Sólo en el sabio y cuidadoso respeto de estos
presupuestos está la posibilidad de desarrollar una verdadera y fecunda
armonía. Por el contrario, el olvido de ellos desemboca en una recíproca
ignorancia estéril, en una dañina confusión o en una polémica
contraposición.
La segunda parte, llamada Orientaciones, presenta un
conjunto de propuestas operativas, sin todavía pretender abarcar todos los
usos y las prácticas de piedad existentes en los distintos lugares. Al
mencionar las diferentes expresiones de piedad popular, no se quiere pedir
su adopción en aquellos lugares donde estas no existan. La exposición se
desarrolla con referencias a las celebraciones del Año litúrgico (cap. IV);
a la peculiar veneración que la Iglesia tributa a la Madre del Señor (cap.
V); a la devoción hacia los Ángeles, los Santos y los Beatos (cap. VI); a
los sufragios por los hermanos y hermanas difuntos (cap. VII); al desarrollo
de las peregrinaciones y a las manifestaciones de piedad en los santuarios
(cap. VIII).
En su totalidad, el Directorio tiene la finalidad de
orientar e incluso si, en algunos casos, previene posibles abusos y
desviaciones, tiene un sentido constructivo y un tono positivo. En este
contexto, las Orientaciones ofrecen, sobre cada una de las devociones,
breves noticias históricas, recuerdan los diversos ejercicios de piedad en
los cuales se expresa, proponen las razones teológicas que les sirven de
fundamento, dan sugerencias prácticas sobre el tiempo, el lugar, el lenguaje
y sobre otros elementos, para una válida armonización entre las acciones
litúrgicas y los ejercicios de piedad.
Los destinatarios
5. Las propuestas operativas, que se refieren solamente a la
Iglesia Latina, y principalmente al Rito Romano, se dirigen sobre todo a los
Obispos, a los cuales corresponde la tarea de presidir en las diócesis la
comunidad del culto, de incrementar la vida litúrgica y de coordinar con
ella las otras formas cultuales; también son destinatarios sus colaboradores
directos, o sea, sus Vicarios, presbíteros y diáconos, de forma especial los
Rectores de santuarios. Además, se dirigen a los Superiores mayores de los
institutos de vida consagrada, masculinos y femeninos, porque no pocas de
las manifestaciones de la piedad popular han surgido y se han desarrollado
en este ámbito, y porque de la colaboración de los religiosos, religiosas y
miembros de los institutos seculares, se puede esperar mucho para la justa
armonización legítimamente deseada.
La terminología
6. En el curso de los siglos, las Iglesias de occidente han
estado marcadas por el florecer y enraizarse del pueblo cristiano, junto y
al lado de las celebraciones litúrgicas, de múltiples y variadas modalidades
de expresar, con simplicidad y fervor, la fe en Dios, el amor por Cristo
Redentor, la invocación del Espíritu Santo, la devoción a la Virgen María,
la veneración de los Santos, el deseo de conversión y la caridad fraterna.
Ya que el tratamiento de esta compleja materia, denominada comúnmente
"religiosidad popular" o "piedad popular", no conoce una terminología
unívoca, se impone alguna precisión. Sin la pretensión de querer dirimir
todas las cuestiones, se describe el significado usual de los términos
empleados en este documento.
Ejercicio de piedad
7. En el Directorio, el término "ejercicio de piedad",
designa aquellas expresiones públicas o privadas de la piedad cristiana que,
aun no formando parte de la Liturgia, están en armonía con ella, respetando
su espíritu, las normas, los ritmos; por otra parte, de la Liturgia extraen,
de algún modo, la inspiración y a ella deben conducir al pueblo cristiano.
Algunos ejercicios de piedad se realizan por mandato de la misma Sede
Apostólica, otros por mandato de los Obispos; muchos forman parte de las
tradiciones cultuales de las Iglesias particulares y de las familias
religiosas. Los ejercicios de piedad tienen siempre una referencia a la
revelación divina pública y un trasfondo eclesial: se refieren siempre, de
hecho, a la realidad de gracia que Dios ha revelado en Cristo Jesús y,
conforme a las "normas y leyes de la Iglesia" se desarrollan "según las
costumbres o los libros legítimamente aprobados".
Devociones
8. En nuestro ámbito, el término viene usado para designar
las diversas prácticas exteriores (por ejemplo: textos de oración y de
canto; observancias de tiempos y visitas a lugares particulares, insignias,
medallas, hábitos y costumbres), que, animados de una actitud interior de
fe, manifiestan un aspecto particular de la relación del fiel con las
Divinas Personas, o con la Virgen María en sus privilegios de gracia y en
los títulos que lo expresan, o con los Santos, considerados en su
configuración con Cristo o en su misión desarrollada en la vida de la
Iglesia.
Piedad popular
9. El término "piedad popular", designa aquí las diversas
manifestaciones cultuales, de carácter privado o comunitario, que en el
ámbito de la fe cristiana se expresan principalmente, no con los modos de la
sagrada Liturgia, sino con las formas peculiares derivadas del genio de un
pueblo o de una etnia y de su cultura.
La piedad popular, considerada justamente como un "verdadero
tesoro del pueblo de Dios", "manifiesta una sed de Dios que sólo los
sencillos y los pobres pueden conocer; vuelve capaces de generosidad y de
sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe; comporta
un sentimiento vivo de los atributos profundos de Dios: la paternidad, la
providencia, la presencia amorosa y constante; genera actitudes interiores,
raramente observadas en otros lugares, en el mismo grado: paciencia, sentido
de la cruz en la vida cotidiana, desprendimiento, apretura a los demás,
devoción".
Religiosidad popular
10. La realidad indicada con la palabra "religiosidad
popular", se refiere a una experiencia universal: en el corazón de toda
persona, como en la cultura de todo pueblo y en sus manifestaciones
colectivas, está siempre presente una dimensión religiosa. Todo pueblo, de
hecho, tiende a expresar su visión total de la trascendencia y su concepción
de la naturaleza, de la sociedad y de la historia, a través de mediaciones
cultuales, en una síntesis característica, de gran significado humano y
espiritual.
La religiosidad popular no tiene relación, necesariamente,
con la revelación cristiana. Pero en muchas regiones, expresándose en una
sociedad impregnada de diversas formas de elementos cristianos, da lugar a
una especie de "catolicismo popular", en el cual coexisten, más o menos
armónicamente, elementos provenientes del sentido religioso de la vida, de
la cultura propia de un pueblo, de la revelación cristiana.
Algunos principios
Para introducir en una visión de conjunto, se presenta aquí
brevemente cuanto se expone ampliamente y se explica en el presente
Directorio.
El primado de la Liturgia
11. La historia enseña que, en ciertas épocas, la vida de fe
ha sido sostenida por formas y prácticas de piedad, con frecuencia sentidas
por los fieles como más incisivas y atrayentes que las celebraciones
litúrgicas. En verdad, "toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo
sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por
excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la
iguala ninguna otra acción de la Iglesia". Debe ser superado, por lo tanto,
el equívoco de que la Liturgia no sea "popular": la renovación conciliar ha
querido promover la participación del pueblo en las celebraciones
litúrgicas, favoreciendo modos y lugares (cantos, participación activa,
ministerios laicos...) que, en otros tiempos han suscitado oraciones
alternativas o sustitutivas de la acción litúrgica.
La excelencia de la Liturgia respecto a toda otra posible y
legítima forma de oración cristiana, debe encontrar acogida en la conciencia
de los fieles: si las acciones sacramentales son necesarias para
vivir en Cristo, las formas de la piedad popular pertenecen, en cambio, al
ámbito de lo facultativo. Prueba venerable es el precepto de
participar a la Misa dominical, mientras que ninguna obligación ha afectado
jamás a los píos ejercicios, por muy recomendados y difundidos, los cuales
pueden, no obstante, ser asumidos con carácter obligatorio por una comunidad
o un fiel particular.
Esto pide la formación de los sacerdotes y los fieles, a fin
que se dé la preeminencia a la oración litúrgica y al año litúrgico, sobre
toda otra práctica de devoción. En todo caso, esta obligada preeminencia no
puede comprenderse en términos de exclusión, contraposición o marginación.
Valoraciones y renovación
12. La libertad frente a los ejercicios de piedad, no debe
significar, por lo tanto, escasa consideración ni desprecio de los mismos.
La vía a seguir es la de valorar correcta y sabiamente las no escasas
riquezas de la piedad popular, las potencialidades que encierra, la fuerza
de vida cristiana que puede suscitar.
Siendo el Evangelio la medida y el criterio para valorar
toda forma de expresión – antigua y nueva – de la piedad cristiana, a la
valoración de los ejercicios de piedad y de las prácticas de devoción debe
unirse una tarea de purificación, algunas veces necesaria, para conservar la
justa referencia al misterio cristiano. Es válido para la piedad popular
cuanto se afirma para la Liturgia cristiana, o sea, que "no puede en
absoluto acoger ritos de magia, de superstición, de espiritismo, de venganza
o que tengan connotaciones sexuales".
En tal sentido se comprende que la renovación querida por el
Concilio Vaticano II para la liturgia debe, de algún modo, inspirar también
la correcta valoración y la renovación de los ejercicios de piedad y las
prácticas de devoción. En la piedad popular debe percibirse: la inspiración
bíblica, siendo inaceptable una oración cristiana sin referencia,
Siendo el Evangelio la medida y el criterio para valorar
toda forma de expresión – antigua y nueva – de la piedad cristiana, a la
valoración de los ejercicios de piedad y de las prácticas de devoción debe
unirse una tarea de purificación, algunas veces necesaria, para conservar la
justa referencia al misterio cristiano. Es válido para la piedad popular
cuanto se afirma para la Liturgia cristiana, o sea, que "no puede en
absoluto acoger ritos de magia, de superstición, de espiritismo, de venganza
o que tengan connotaciones sexuales".
En tal sentido se comprende que la renovación querida por el
Concilio Vaticano II para la liturgia debe, de algún modo, inspirar también
la correcta valoración y la renovación de los ejercicios de piedad y las
prácticas de devoción. En la piedad popular debe percibirse: la inspiración
bíblica, siendo inaceptable una oración cristiana sin referencia,
directa o indirecta, a las páginas bíblicas; la inspiración litúrgica,
desde el momento que dispone y se hace eco de los misterios celebrados en
las acciones litúrgicas; una inspiración ecuménica, esto es, la
consideración de sensibilidades y tradiciones cristianas diversas, sin por
esto caer en inhibiciones inoportunas; la inspiración antropológica,
que se expresa, ya sea en conservar símbolos y expresiones significativas
para un pueblo determinado, evitando, sin embargo, el arcaísmo carente de
sentido, ya sea en el esfuerzo por dialogar con la sensibilidad actual. Para
que resulte fructuosa, tal renovación debe estar llena de sentido pedagógico
y realizada con gradualidad, teniendo en cuenta los diversos lugares y
circunstancias.
Distinciones y armonía con la Liturgia
13. La diferencia objetiva entre los ejercicios de piedad y
las prácticas de devoción respecto de la Liturgia debe hacerse visible en
las expresiones cultuales. Esto significa que no pueden mezclarse las
fórmulas propias de los ejercicios de piedad con las acciones litúrgicas;
los actos de piedad y de devoción encuentran su lugar propio fuera de la
celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos.
De una parte, se debe evitar la superposición, ya que el
lenguaje, el ritmo, el desarrollo y los acentos teológicos de la piedad
popular se diferencian de los correspondientes de las acciones litúrgicas.
Igualmente se debe superar, donde se da el caso, la concurrencia o la
contraposición con las acciones litúrgicas: se debe salvaguardar la
precedencia propia del domingo, de las solemnidades, de los tiempos y días
litúrgicos.
Por otra parte, hay que evitar añadir modos propios de la
"celebración litúrgica" a los ejercicios de piedad, que deben conservar su
estilo, su simplicidad y su lenguaje característico.
El lenguaje de la piedad popular
14. El lenguaje verbal y gestual de la piedad popular,
aunque conserve la simplicidad y la espontaneidad de expresión, debe siempre
ser cuidado, de modo que permita manifestar, en todo caso, junto a la verdad
de la fe, la grandeza de los misterios cristianos.
Los gestos
15. Una gran variedad y riqueza de expresiones corpóreas,
gestuales y simbólicas, caracteriza la piedad popular. Su puede pensar, por
ejemplo, en el uso de besar o tocar con la mano las imágenes, los lugares,
las reliquias y los objetos sacros; las iniciativas de peregrinaciones y
procesiones; el recorrer etapas de camino o hacer recorridos "especiales"
con los pies descalzos o de rodillas; el presentar ofrendas, cirios o
exvotos; vestir hábitos particulares; arrodillarse o postrarse; llevar
medallas e insignias... Similares expresiones, que se trasmiten desde
siglos, de padres a hijos, son modos directos y simples de manifestar
externamente el sentimiento del corazón y el deseo de vivir cristianamente.
Sin este componente interior existe el riesgo de que los gestos simbólicos
degeneren en costumbres vacías y, en el peor de los casos, en la
superstición.
Los textos y las fórmulas
16. Aunque redactados con un lenguaje, por así decirlo,
menos riguroso que las oraciones de la Liturgia, los textos de oración y las
fórmulas de devoción deben encontrar su inspiración en las páginas de la
Sagrada Escritura, en la Liturgia, en los Padres y en el Magisterio,
concordando con la fe de la Iglesia. Los textos estables y públicos de
oraciones y de actos de piedad deben llevar la aprobación del Ordinario del
lugar.
El canto y la música
17. También el canto, expresión natural del alma de un
pueblo, ocupa una función de relieve en la piedad popular. El cuidado en
conservar la herencia de los cantos recibidos de la tradición debe
conjugarse con el sentido bíblico y eclesial, abierto a la necesidad de
revisiones o de nuevas composiciones.
El canto se asocia instintivamente, en algunos pueblos, con
el tocar las palmas, el movimiento rítmico del cuerpo o pasos de danza.
Tales formas de expresar el sentimiento interior, forman parte de la
tradición popular, especialmente con ocasión de las fiestas de los santos
Patronos; es claro que deben ser manifestaciones de verdadera oración común
y no un simple espectáculo. El hecho de que sean habituales en determinados
lugares, no significa que se deba animar a su extensión a otros lugares, en
los cuales no serían connaturales.
Las imágenes
18. Una expresión de gran importancia en el ámbito de la
piedad popular es el uso de las imágenes sagradas que, según los cánones de
la cultura y la multiplicidad de las artes, ayudan a los fieles a colocarse
delante de los misterios de la fe cristiana. La veneración por las imágenes
sagradas pertenece, de hecho, a la naturaleza de la piedad católica: es un
signo el gran patrimonio artístico, que se puede encontrar en iglesias y
santuarios, a cuya formación ha contribuido frecuentemente la devoción
popular.
Es válido el principio relativo al empleo litúrgico de las
imágenes de Cristo, de la Virgen y de los Santos, tradicionalmente afirmado
y defendido por la Iglesia, consciente de que "los honores tributados a las
imágenes se dirige a las personas representadas". El necesario rigor, pedido
para las imágenes de las iglesias - respecto de la verdad de la fe, de su
jerarquía, belleza y calidad – debe poder encontrarse, también en las
imágenes y objetos destinados a la devoción privada y personal.
Puesto que la iconografía de los edificios sagrados no se
deja a la iniciativa privada, los responsables de las iglesias y oratorios
deben tutelar la dignidad, belleza y calidad de las imágenes expuestas a la
pública veneración, para impedir que los cuadros o las imágenes inspirados
por la devoción privada sean impuestos, de hecho, a la veneración común.
Los Obispos, como también los rectores de santuarios,
vigilen para que las imágenes sagradas reproducidas muchas veces para uso de
los fieles, para ser expuestas en sus casas, llevadas al cuello o guardadas
junto a uno, no caigan nunca en la banalidad ni induzcan a error.
Los lugares
19. Junto a la iglesia, la piedad popular tiene un
espacio expresivo de importancia en el santuario – algunas veces no
es una iglesia -, frecuentemente caracterizado por peculiares formas y
prácticas de devoción, entre las cuales destaca la peregrinación. Al lado de
tales lugares, manifiestamente reservados a la oración comunitaria y
privada, existen otros, no menos importantes, como la casa, los
ambientes de vida y de trabajo; en algunas ocasiones, también las
calles y las plazas se convierten en espacios de manifestación de
la fe.
Los tiempos
20. El ritmo marcado por el alternarse del día y de la
noche, de los meses, del cambio de las estaciones, está acompañado de
variadas expresiones de la piedad popular. Esta se encuentra ligada,
igualmente, a días particulares, marcados por acontecimientos alegres o
tristes de la vida personal, familiar, comunitaria. Después, es sobre todo
la "fiesta", con sus días de preparación, la que hace sobresalir las
manifestaciones religiosas que han contribuido a forjar la tradición
peculiar de una determinada comunidad.
Responsabilidad y competencia
21. Las manifestaciones de la piedad popular están bajo la
responsabilidad del Ordinario del lugar: a él compete su reglamentación,
animarlas en su función de ayuda a los fieles para la vida cristiana,
purificarlas donde es necesario y evangelizarlas; vigilar que no sustituyan
ni se mezclen con las celebraciones litúrgicas; aprobar los textos de
oraciones y de formulas relacionadas con actos públicos de piedad y
prácticas de devoción. Las disposiciones dadas por un Ordinario para el
propio territorio de jurisdicción, conciernen, de por sí, a la Iglesia
particular confiada a él.
Por lo tanto, cada fiel - clérigos y laicos - así como
grupos particulares evitarán proponer públicamente textos de oraciones,
fórmulas e iniciativas subjetivamente válidas, sin el consentimiento del
Ordinario.
Según las normas de la ya citada Constitución
Pastor Bonus, n. 70, es tarea de esta Congregación ayudar a los
Obispos en materia de oración y prácticas de piedad del pueblo cristiano,
así como dar disposiciones al respecto, en los casos que van más allá de los
confines de una Iglesia particular y cuando se impone un proveimiento
subsidiario.
***
PARTE
PRIMERA
LÍNEAS EMERGENTES
DE LA HISTORIA, DEL MAGISTERIO, DE LA TEOLOGÍA
Capítulo I
LITURGIA Y PIEDAD POPULAR A LA LUZ
DE LA HISTORIA
Liturgia y piedad popular en el curso de los siglos
22. Las relaciones entre Liturgia y piedad popular son
antiguas. Es necesario, por lo tanto, proceder en primer lugar a un
reconocimiento, aunque sea rápido, del modo en que estas han sido vistas, en
el curso de los siglos. Se verán, en no pocos casos, inspiraciones y
sugerencias para resolver las cuestiones que se plantean en nuestro tiempo.
La Antigüedad cristiana
23. En la época apostólica y postapostólica se encuentra una
profunda fusión entre las expresiones cultuales que hoy llamamos,
respectivamente, Liturgia y piedad popular. Para las más antiguas
comunidades cristianas, la única realidad que contaba era Cristo (cf. Col 2,
16), sus palabras de vida (cf. Jn 6, 63), su mandamiento de amor mutuo (cf.
Jn 13, 34), las acciones rituales que él ha mandado realizar en memoria suya
(cf. 1 Cor 11, 24-26). Todo el resto – días y meses, estaciones y años,
fiestas y novilunios, alimentos y bebidas ... (cf. Gal 4, 10; Col 2, 16-19)
– es secundario.
En la primitiva generación cristiana se pueden ya individuar
los signos de una piedad personal, proveniente en primer lugar de la
tradición judaica, como el seguir las recomendaciones y el ejemplo de Jesús
y de San Pablo sobre la oración incesante (cf. Lc 18, 1; Rm 12, 12; 1 Tes 5,
17), recibiendo o iniciando cada cosa con una acción de gracias (cf. 1 Cor
10, 31; 1 Tes 2, 13; Col 3, 17). El israelita piadoso comenzaba la jornada
alabando y dando gracias a Dios, y proseguía, con este espíritu, en todas
las acciones del día; de tal manera, cada momento alegre o triste, daba
lugar a una expresión de alabanza, de súplica, de arrepentimiento. Los
Evangelios y los otros escritos del Nuevo Testamento contienen invocaciones
dirigidas a Jesús, repetidas por los fieles casi como jaculatorias, fuera
del contexto litúrgico y como signo de devoción cristológica. Hace pensar
que fuese común entre los fieles la repetición de expresiones bíblicas como:
"Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí" (Lc 18, 38); "Señor, si quieres
puedes sanarme" (Mt 8, 1); "Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu
reino" (Lc 23, 42); "Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 28); "Señor Jesús, acoge
mi espíritu" (Hch 7, 59). Sobre el modelo de esta piedad se desarrollarán
innumerables oraciones dirigidas a Cristo, de los fieles de todos los
tiempos.
Desde el siglo II, se observa que formas y expresiones de la
piedad popular, sean de origen judaico, sean de matriz greco-romana, o de
otras culturas, confluyen espontáneamente en la Liturgia. Se ha subrayado,
por ejemplo, que en el documento conocido como Traditio apostólica no
son infrecuentes los elementos de raíz popular.
Así también, en el culto de los mártires, de notable
relevancia en las Iglesias locales, se pueden encontrar restos de usos
populares relativos al recuerdo de los difuntos. Trazas de piedad popular se
notan también en algunas primitivas expresiones de veneración a la
Bienaventurada Virgen, entre las que se recuerda la oración Sub tuum
praesidium y la iconografía mariana de las catacumbas de Priscila, en
Roma.
La Iglesia, por lo tanto, aunque rigurosa en cuanto se
refiere a las condiciones interiores y a los requisitos ambientales para una
digna celebración de los divinos misterios (cf. 1 Cor 11, 17-32), no duda en
incorporar ella misma, en los ritos litúrgicos, formas y expresiones de la
piedad individual, doméstica y comunitaria.
En esta época, Liturgia y piedad popular no se contraponen
ni conceptualmente ni pastoralmente: concurren armónicamente a la
celebración del único misterio de Cristo, unitariamente considerado, y al
sostenimiento de la vida sobrenatural y ética de los discípulos del Señor.
24. A partir del siglo IV, también por la nueva situación
político-social en que comienza a encontrarse la Iglesia, la cuestión de la
relación entre expresiones litúrgicas y expresiones de piedad popular se
plantea en términos no sólo de espontánea convergencia sino también de
consciente adaptación y enculturación.
Las diversas Iglesias locales, guiadas por claras
intenciones evangelizadoras y pastorales, no desdeñan asumir en la Liturgia,
debidamente purificadas, formas cultuales solemnes y festivas, provenientes
del mundo pagano, capaces de conmover los ánimos y de impresionar la
imaginación, hacia las cuales el pueblo se sentía atraído. Tales formas,
puestas al servicio del misterio del culto, no aparecían como contrarias ni
a la verdad del Evangelio ni a la pureza del genuino culto cristiano. E
incluso se revelaba que sólo en el culto dado a Cristo, verdadero Dios y
verdadero Salvador, resultaban verdaderas muchas expresiones cultuales que,
derivadas del profundo sentido religioso del hombre, eran tributadas a
falsos dioses y falsos salvadores.
25. En los siglos IV-V se hace más notable el sentido de lo
sagrado, referido al tiempo y a los lugares. Para el primero, las Iglesias
locales, además de señalar los datos neotestamentarios relativos al "día del
Señor", a las festividades pascuales, a los tiempos de ayuno (cf. Mc 2,
18-22), establecen días particulares para celebrar algunos misterios
salvíficos de Cristo, como la Epifanía, la Navidad, la Ascensión; para
honrar la memoria de los mártires en su dies natalis; para recordar
el transito de sus Pastores, en el aniversario del dies depositionis;
para celebrar algunos sacramentos o asumir compromisos de vida solemnes.
Mediante la consagración de un lugar, en el que se convoca a la comunidad
para celebrar los divinos misterios y la alabanza al Señor, algunas veces
sustraídos al culto pagano o simplemente profano, viene dedicado
exclusivamente al culto divino y se convierte, por la misma disposición de
los espacios arquitectónicos, en un reflejo del misterio de Cristo y una
imagen de la Iglesia celebrante.
26. En esta época, madura el proceso de formación y la
diferenciación consiguiente de las diversas familias litúrgicas. Las
Iglesias metropolitanas más importantes, por motivos de lengua, tradición
teológica, sensibilidad espiritual y contexto social, celebran el único
culto del Señor según las propias modalidades culturales y populares. Esto
conduce progresivamente a la creación de sistemas litúrgicos dotados de un
estilo celebrativo particular y un conjunto propio de textos y ritos. No
carece de interés el poner de manifiesto que en la formación de los ritos
litúrgicos, también en los periodos reconocidos como de su máximo esplendor,
los elementos populares no son algo extraño.
Por otra parte, los Obispos y los Sínodos regionales
intervienen en la organización del culto estableciendo normas, velando sobre
la corrección doctrinal de los textos y sobre su belleza formal, valorando
la estructura de los ritos. Estas intervenciones dan lugar a la instauración
de un régimen litúrgico con formas fijas, en el cual se reduce la
creatividad original, que sin embargo no era arbitrariedad. En esto, algunos
expertos encuentran una de las causas de la futura proliferación de textos
para la piedad privada y popular.
27. Se suele señalar el pontificado de San Gregorio Magno
(590-604), pastor y liturgista insigne, como punto de referencia ejemplar de
una relación fecunda entre Liturgia y piedad popular. Este Pontífice
desarrolla una intensa actividad litúrgica, para ofrecer al pueblo romano,
mediante la organización de procesiones, estaciones y rogativas, unas
estructuras que respondan a la sensibilidad popular, y que al mismo tiempo
estén claramente en el ámbito de la celebración de los misterios divinos; da
sabias directrices para que la conversión de los nuevos pueblos al Evangelio
no se realice con perjuicio de sus tradiciones culturales, de manera que la
misma Liturgia se vea enriquecida con nuevas y legítimas expresiones
culturales; armoniza las nobles expresiones del genio artístico con las
expresiones más humildes de la sensibilidad popular; asegura el sentido
unitario del culto cristiano, al cimentarlo sólidamente en la celebración de
la Pascua, aunque los diversos eventos del único misterio salvífico – como
la Navidad, la Epifanía, la Ascensión...-se celebren de manera particular y
se desarrollen las memorias de los Santos.
La Edad Media
28. En el Oriente cristiano, especialmente en el área
bizantina, la edad media se presenta como el periodo de lucha contra la
herejía iconoclasta, dividida en dos fases (725-787 y 815-843), periodo
clave para el desarrollo de la Liturgia, de comentarios clásicos sobre la
Liturgia Eucarística y de la iconografía propia de los edificios de culto.
En el campo litúrgico se enriquece considerablemente el
patrimonio himnográfico y los ritos adquieren su forma definitiva. La
Liturgia refleja la visión simbólica del universo y la concepción jerárquica
y sagrada del mundo. En ella convergen las instancias de la sociedad
cristiana, los ideales y las estructuras del monacato, las aspiraciones
populares, las intuiciones de los místicos y las reglas de los ascetas.
Una vez superada la crisis iconoclasta con el decreto De
sacris imaginibus del Concilio ecuménico de Nicea II (787), victoria
consolidada en el "Triunfo de la Ortodoxia" (843), la iconografía se
desarrolla, se organiza de manera definitiva y recibe una legitimación
doctrinal. El mismo icono, hierático, con gran valor simbólico, es por sí
mismo parte de la celebración litúrgica: refleja el misterio celebrado,
constituye una forma de presencia permanente de dicho misterio, y lo propone
al pueblo fiel.
29. En Occidente, el encuentro del cristianismo con los nuevos pueblos,
especialmente celtas, visigodos, anglosajones, francogermanos, realizado ya
en el siglo V, da lugar en la alta Edad Media a un proceso de formación de
nuevas culturas y de nuevas instituciones políticas y civiles.
En el amplio marco de tiempo que va desde el siglo VII
hasta la mitad del siglo XV se determina y acentúa progresivamente la
diferencia entre Liturgia y piedad popular, hasta el punto de crearse un
dualismo celebrativo: paralelamente a la liturgia, celebrada en lengua
latina, se desarrolla una piedad popular comunitaria, que se expresa en
lengua vernácula.
30. Entre las causas que en este periodo han determinado
dicho dualismo, se pueden indicar:
- la idea de que la Liturgia es competencia de los clérigos,
mientras que los laicos son espectadores;
- la clara diferenciación de las funciones en la sociedad
cristiana - clérigos, monjes, laicos - da lugar a formas y estilos
diferentes de oración;
- la consideración distinta y particularizada, en el ámbito
litúrgico e iconográfico, de los diversos aspectos del único misterio de
Cristo; por una parte es una expresión de atento cariño a la vida y la obra
del Señor, pero por otra parte no facilita la percepción explícita de la
centralidad de la Pascua, y favorece la multiplicación de momentos y formas
celebrativas de carácter popular;
- el conocimiento insuficiente de las Escrituras no sólo por
los laicos, sino también por parte de muchos clérigos y religiosos, hace
difícil acceder a la clave indispensable para comprender la estructura y el
lenguaje simbólico de la Liturgia;
- la difusión, por el contrario, de la literatura apócrifa,
llena de narraciones de milagros y de episodios anecdóticos, que ejerce un
influjo notable sobre la iconografía, y al despertar la imaginación de los
fieles, capta su atención;
- la escasez de predicación de tipo homilético, la práctica
desaparición de la mistagogia, y la formación catequética insuficiente, por
lo cual la celebración litúrgica se mantiene cerrada a la comprensión y a la
participación activa de los fieles, los cuales buscan formas y momentos
cultuales alternativos;
- la tendencia al alegorismo, que, al incidir excesivamente
en la interpretación de los textos y de los ritos, desvía a los fieles de la
comprensión de la verdadera naturaleza de la Liturgia;
- la recuperación de formas y estructuras expresivas
populares, casi como reacción inconsciente ante una Liturgia que se ha
hecho, por muchas motivos, incomprensible y distante para el pueblo.
31. En la Edad Media surgieron y se desarrollaron muchos
movimientos espirituales y asociaciones con diversa configuración jurídica y
eclesial, cuya vida y actividades tuvieron un influjo notable en el modo de
plantear las relaciones entre Liturgia y piedad popular.
Así, por ejemplo, las nuevas órdenes religiosas de vida
evangélico-apostólica, dedicadas a la predicación, adoptaron formas de
celebración más sencillas, en comparación con las monásticas, y más cercanas
al pueblo y a sus formas de expresión. Y, por otra parte, favorecieron la
aparición de ejercicios de piedad, mediante los cuales expresaban su carisma
y lo transmitían a los fieles.
Las hermandades religiosas, nacidas con fines cultuales y
caritativos, y las corporaciones laicas, constituidas con una finalidad
profesional, dan origen a una cierta actividad litúrgica de carácter
popular: erigen capillas para sus reuniones de culto, eligen un Patrono y
celebran su fiesta, no raramente componen, para uso propio, pequeños oficios
y otros formularios de oración en los que se manifiesta el influjo de la
Liturgia y al mismo tiempo la presencia de elementos que provienen de la
piedad popular.
A su vez las escuelas de espiritualidad, convertidas en
punto de referencia importante para la vida eclesial, inspiran
planteamientos existenciales y modos de interpretar la vida en Cristo y en
el Espíritu Santo, que influyen no poco sobre algunas opciones celebrativas
(por ejemplo, los episodios de la Pasión de Cristo) y son el fundamento de
muchos ejercicios de piedad.
Y además, la sociedad civil, que se configura de manera
ideal como una societas christiana, conforma algunas de sus
estructuras según los usos eclesiales, y a veces amolda los ritmos de la
vida a los ritmos litúrgicos; por lo cual, por ejemplo, el toque de las
campanas por la tarde es al mismo tiempo, un aviso a los ciudadanos para que
regresen de las labores del campo a la ciudad y una invitación para que
saluden a la Virgen.
32. Así pues, a lo largo de toda la Edad Media,
progresivamente nacen y se desarrollan muchas expresiones de piedad popular,
de las cuales no pocas han llegado a nuestros días:
- se organizan representaciones sagradas que tienen por
objeto los misterios celebrados durante el año litúrgico, sobre todo los
acontecimientos salvíficos de la Navidad de Cristo y de su Pasión, Muerte y
Resurrección;
- nace la poesía en lengua vernácula que, al emplearse
ampliamente en el campo de la piedad popular, favorece la participación de
los fieles
- aparecen formas devocionales alternativas o paralelas a
algunas expresiones litúrgicas; así, por ejemplo, la infrecuencia de la
comunión eucarística se compensa con formas diversas de adoración al
Santísimo Sacramento; en la baja Edad Media la recitación del Rosario tiende
a sustituir la del Salterio; los ejercicios de piedad realizados el Viernes
Santo en honor de la Pasión del Señor sustituyen, para muchos fieles, la
acción litúrgica propia de ese día;
- se incrementan las formas populares del culto a la Virgen
Santísima y a los Santos: peregrinaciones a los santos lugares de Palestina
y a las tumbas de los Apóstoles y de los mártires, veneración de las
reliquias, súplicas litánicas, sufragios por los difuntos;
- se desarrollan considerablemente los ritos de bendición en
los cuales, junto con elementos de fe cristiana auténtica, aparecen otros
que son reflejo de una mentalidad naturalista y de creencias y prácticas
populares precristianas;
- se constituyen núcleos de "tiempos sagrados" con un fondo
popular que se sitúan al margen del año litúrgico: días de fiesta
sacro-profanos, triduos, septenarios, octavarios, novenas, meses dedicados a
particulares devociones populares.
33. En la Edad Media, la relación entre Liturgia y piedad
popular es constante y compleja. En dicha época se puede notar un doble
movimiento: la Liturgia inspira y fecunda expresiones de la piedad popular;
a la inversa, formas de la piedad popular se reciben e integran en la
Liturgia. Esto sucede, sobre todo, en los ritos de consagración de personas,
de colación de ministerios, de dedicación de lugares, de institución de
fiestas y en el variado campo de las bendiciones.
Sin embargo se mantiene el fenómeno de un cierto dualismo
entre Liturgia y piedad popular. Hacia el final de la Edad Media, ambas
pasan por un periodo de crisis: en la Liturgia por la ruptura de la unidad
cultual, elementos secundarios adquieren una importancia excesiva en
detrimento de los elementos centrales; en la piedad popular, por la falta de
una catequesis profunda, las desviaciones y exageraciones amenazan la
correcta expresión del culto cristiano.
La Época Moderna
34. En sus inicios, la época moderna no aparece muy
favorable para alcanzar una solución equilibrada en las relaciones entre
Liturgia y piedad popular. Durante la segunda mitad del siglo XV la
devotio moderna, que contó con insignes maestros de vida espiritual y
que alcanzó una notable difusión entre clérigos y laicos cultos, favorece la
aparición de ejercicios de piedad con un fondo meditativo y afectivo, cuyo
punto de referencia principal es la humanidad de Cristo – los misterios de
su infancia, de la vida oculta, de la Pasión y muerte -. Pero la primacía
concedida a la contemplación y la valoración de la subjetividad, unidas a un
cierto pragmatismo ascético, que exalta el esfuerzo humano, hacen que la
Liturgia no aparezca, a los ojos de los hombres y mujeres de gran
ascendiente espiritual, como fuente primaria de la vida cristiana.
35. Se considera expresión característica de la devotio
moderna, la célebre obra De imitatione Christi que ha tenido un
influjo extraordinario y beneficioso en muchos discípulos del Señor,
deseosos de alcanzar la perfección cristiana. El De imitatione Christi
orienta a los fieles hacia un tipo de piedad más bien individual, en el cual
se acentúa la separación del mundo y la invitación a escuchar la voz del
Maestro interior; los aspectos comunitarios y eclesiales de la oración y los
elementos de la espiritualidad litúrgica parecen, en cambio, más limitados.
En los ambientes en los que se cultiva la devotio moderna,
se suelen encontrar con facilidad ejercicios de piedad bellamente
compuestos, expresiones cultuales de personas sinceramente devotas, pero no
siempre se puede encontrar una valoración plena de la celebración litúrgica.
36. Entre el final del siglo XV y el inicio del siglo XVI,
por los descubrimientos geográficos – en África, en América, y
posteriormente en el Extremo Oriente -, se plantea de una manera nueva la
cuestión de las relaciones entre Liturgia y piedad popular.
La labor de evangelización y de catequesis en países lejanos
del centro cultural y cultual del rito romano se realiza mediante el anuncio
de la Palabra y la celebración de los sacramentos (cfr. Mt 28,19), pero
también mediante ejercicios de piedad propagados por los misioneros.
Así pues, los ejercicios de piedad se convierten en un medio
para transmitir el mensaje evangélico, y, posteriormente, para conservar la
fe cristiana. Debido a las normas que tutelaban la Liturgia romana, parece
que fue escaso el influjo recíproco entre la Liturgia y la cultura autóctona
(aunque se dio, en cierta medida, en las Reducciones del Paraguay).
El encuentro con dicha cultura se producirá con facilidad, en cambio, en el
ámbito de la piedad popular.
37. En los comienzos del siglo XVI, entre los hombres más
preocupados por una auténtica reforma de la Iglesia, hay que recordar a los
monjes camaldulenses Pablo Justiniani y Pedro Querini, autores de un
Libellus ad Leonem X, que contenía indicaciones importantes para
revitalizar la Liturgia y para abrir sus tesoros a todo el pueblo de Dios:
formación, sobre todo bíblica, del clero y de los religiosos; el uso de la
lengua vernácula en la celebración de los misterios sagrados; la
reordenación de los libros litúrgicos; la eliminación de los elementos
espurios, tomados de una piedad popular incorrecta; la catequesis,
encaminada también a comunicar a los fieles el valor de la Liturgia.
38. Poco después de la clausura del Concilio Lateranense V
(16 de Marzo de 1517), que emanó algunas disposiciones para educar a los
jóvenes en la Liturgia, comenzó la crisis por el nacimiento del
protestantismo, cuyos iniciadores pusieron no pocas objeciones a los puntos
esenciales de la doctrina católica sobre los sacramentos y sobre el culto de
la Iglesia, incluida la piedad popular.
El Concilio de Trento (1545-1563), convocado para hacer
frente a la situación producida en el pueblo de Dios con la propagación del
movimiento protestante, tuvo que ocuparse, en sus tres fases, de cuestiones
referentes a la Liturgia y a la piedad popular, tanto bajo el aspecto
doctrinal como cultual. Sin embargo, dado el contexto histórico y la índole
dogmática de los temas que debía tratar, afrontó las cuestiones de tipo
litúrgico-sacramental desde un punto de vista preferentemente doctrinal: lo
hizo con un planteamiento de denuncia de los errores y de condena de los
abusos, de defensa de la fe y de la tradición litúrgica de la Iglesia;
mostrando interés también por los problemas referidos a la formación
litúrgica del pueblo, proponiendo mediante el decreto De reformatione
generali un programa pastoral y encomendando su aplicación a la Sede
Apostólica y a los Obispos.
39. Conforme a las disposiciones conciliares muchas
provincias eclesiásticas celebraron sínodos, en los cuales es clara la
preocupación por conducir a los fieles a una participación eficaz en las
celebraciones de los misterios sagrados. A su vez los Romanos Pontífices
emprendieron una amplia reforma litúrgica: en un tiempo relativamente breve,
del 1568 al 1614, se revisaron el Calendario y los libros del Rito romano y
en el 1588 se creó la Sagrada Congregación de Ritos para la custodia y la
recta ordenación de las celebraciones litúrgicas de la Iglesia romana. Como
elemento de formación litúrgico pastoral hay que notar la función del
Catechismus ad parochos.
40. De la reforma realizada después del Concilio de Trento
se siguieron múltiples beneficios para la Liturgia: se recondujeron a la
"antigua norma de los Santos Padres", aunque con las limitaciones de los
conocimientos científicos de la época, no pocos ritos; se eliminaron
elementos y añadidos extraños a la Liturgia, demasiado ligados a la
sensibilidad popular; se controló el contenido doctrinal de los textos, de
manera que reflejaran la pureza de la fe; se consiguió una notable unidad
ritual en el ámbito de la Liturgia romana, que adquirió nuevamente dignidad
y belleza.
Sin embargo se produjeron también, indirectamente, algunas
consecuencias negativas: la Liturgia adquirió, al menos en apariencia, una
rigidez que derivaba más de la ordenación de las rúbricas que de su misma
naturaleza; y en su sujeto agente parecía algo casi exclusivamente
jerárquico; esto reforzó el dualismo que ya existía entre Liturgia y piedad
popular.
41. La Reforma católica, en su esfuerzo positivo de
renovación doctrinal, moral e institucional de la Iglesia y en su intento de
contrarrestar el desarrollo del protestantismo, favoreció en cierto modo la
afirmación de la compleja cultura barroca. Esta, a su vez, tuvo un influjo
considerable en las expresiones literarias, artísticas y musicales de la
piedad católica.
En la época postridentina la relación entre Liturgia y
piedad popular adquiere nuevas connotaciones: la Liturgia entra en un
periodo de uniformidad sustancial y de un carácter estático persistente;
frente a ella, la piedad popular experimenta un desarrollo extraordinario.
Dentro de unos límites, determinados por la necesidad de
evitar la aparición de formas exageradas o fantasiosas, la Reforma católica
favoreció la creación y difusión de los ejercicios de piedad, que resultaron
un medio importante para la defensa de la fe católica y para alimentar la
piedad de los fieles. Se puede citar, por ejemplo, el desarrollo de las
cofradías dedicadas a los misterios de la Pasión del Señor, a la Virgen
María y a los Santos, que tenían como triple finalidad la penitencia, la
formación de los laicos y las obras de caridad. Esta piedad popular propició
la creación de bellísimas imágenes, llenas de sentimiento, cuya
contemplación continúa nutriendo la fe y la experiencia religiosa de los
fieles.
Las "misiones populares", surgidas en esta época,
contribuyen también a la difusión de los ejercicios de piedad. En ellas,
Liturgia y piedad popular coexisten, aunque con cierto desequilibrio: las
misiones, de hecho, tienen por objeto conducir a los fieles al sacramento de
la penitencia y a recibir la comunión eucarística, pero recurren a los
ejercicios de piedad como medio para inducir a la conversión y como momento
cultual en el que se asegura la participación popular.
Los ejercicios de piedad se reunían y ordenaban en manuales
de oración que, si tenían la aprobación eclesiástica, constituían auténticos
subsidios cultuales: para los diversos momentos del día, del mes, del año y
para innumerables circunstancias de la vida.
En la época de la Reforma católica, la relación entre
Liturgia y piedad popular no se establece sólo en términos contrapuestos de
carácter estático y desarrollo, sino que se dan situaciones anómalas: los
ejercicios piadosos se realizan a veces durante la misma celebración
litúrgica, sobreponiéndose a la misma, y en la actividad pastoral, tienen un
puesto preferente con relación a la Liturgia. Se acentúa así el alejamiento
de la Sagrada Escritura y no se advierte suficientemente la centralidad del
misterio pascual de Cristo, fundamento, cauce y culminación de todo el culto
cristiano, que tiene su expresión principal en el domingo.
42. Durante la Ilustración se acentúa la separación entre la
"religión de los doctos", potencialmente cercana a la Liturgia, y la
"religión de los sencillos", cercana por naturaleza a la piedad popular. De
hecho, doctos y pueblo se reunen en las mismas prácticas religiosas. Sin
embargo los "doctos" apoyan una práctica religiosa iluminada por la
inteligencia y el saber, y desprecian la piedad popular que, a sus ojos, se
alimenta de la superstición y del fanatismo.
Les conduce a la Liturgia el sentido aristocrático que
caracteriza muchas expresiones de la vida cultural, el carácter
enciclopédico que ha tomado el saber, el espíritu crítico y de
investigación, que lleva a la publicación de antiguas fuentes litúrgicas, el
carácter ascético de algunos movimientos que, influidos también por el
jansenismo, piden un retorno a la pureza de la Liturgia de la antigüedad.
Aunque se resiente del clima cultural, el interés renovado por la Liturgia
está animado por un interés pastoral por el clero y los laicos, como sucede
en Francia a partir del siglo XVII.
La Iglesia dirige su atención a la piedad popular en muchos
sectores de su actividad pastoral. De hecho, se intensifica la acción
apostólica que procura, en una cierta medida, la mutua integración de
Liturgia y piedad popular. Así, por ejemplo, la predicación se desarrolla
especialmente en determinados tiempos litúrgicos, como la Cuaresma y el
domingo, en los que tiene lugar la catequesis de adultos, y procura
conseguir la conversión del espíritu y de las costumbres de los fieles,
acercarles al sacramento de la reconciliación, hacerles volver a la Misa
dominical, enseñarles el valor del sacramento de la Unción de enfermos y del
Viático.
La piedad popular, como en el pasado había sido eficaz para
contener los efectos negativos del movimiento protestante, resulta ahora
útil para contrarrestar la propaganda corrosiva del racionalismo y, dentro
de la Iglesia, las consecuencias nocivas del Jansenismo. Por este esfuerzo y
por el ulterior desarrollo de las misiones populares, se enriquece la piedad
popular: se subrayan de modo nuevo algunos aspectos del Misterio cristiano,
como por ejemplo, el Corazón de Cristo, y nuevos "días" polarizan la
atención de los fieles, como por ejemplo, los nueve "primeros viernes" de
mes.
En el siglo XVIII también se debe recordar la actividad de
Luis Antonio Muratori, que supo conjugar los estudios eruditos con las
nuevas necesidades pastorales y en su célebre obra Della regolata
devozione dei cristiani propuso una religiosidad que tomara de la
Liturgia y de la Escritura su sustancia y se mantuviese lejana de la
superstición y de la magia. También fue iluminadora la obra del papa
Benedicto XIV (Prospero Lambertini) a quien se debe la importante iniciativa
de permitir el uso de la Biblia en lenguas vernáculas.
43. La Reforma católica había reforzado las estructuras y la
unidad del rito de la Iglesia Romana. De este modo, durante la gran
expansión misionera del siglo XVIII, se difundió la propia Liturgia y la
propia estructura organizativa en los pueblos en los que se anuncia el
mensaje evangélico.
En el siglo XVIII, en los territorios de misión, la
relación entre Liturgia y piedad popular se plantea en términos similares,
pero más acentuados que en los siglos XVI y XVII:
- la Liturgia mantiene intacta su fisonomía romana, porque,
en parte por temor de consecuencias negativas para la fe, no se plantea casi
el problema de la enculturación – hay que mencionar los meritorios esfuerzos
de Mateo Ricci con la cuestión de los Ritos chinos, y de Roberto De’
Nobili con los Ritos hindúes-, y por esto, al menos en parte, se
consideró esta Liturgia extraña a la cultura autóctona;
- la piedad popular por una parte corre el riesgo de caer en
el sincretismo religioso, especialmente donde la evangelización no ha
entrado en profundidad; por otra parte, se hace cada vez más autónoma y
madura: no se limita a proponer los ejercicios de piedad traídos por los
evangelizadores, sino que crea otros, con la impronta de la cultura local
La Época contemporánea
44. En el siglo XIX, una vez superada la crisis de la
revolución francesa, que en su propósito de hacer desaparecer la fe católica
se opuso claramente al culto cristiano, se advierte un significativo
renacimiento litúrgico.
Dicho renacimiento fue precedido y preparado por una
afirmación vigorosa de la eclesiología que presentaba a la Iglesia no sólo
como una sociedad jerárquica, sino también como pueblo de Dios y comunidad
cultual. Junto con este despertar eclesiológico hay que resaltar, como
precursores del renacimiento litúrgico, el florecimiento de los estudios
bíblicos y patrísticos, la tensión eclesial y ecuménica de hombres como
Antonio Rosmini (+1855) y John Henry Newman (+1890).
En el proceso de renacimiento del culto litúrgico se debe
mencionar especialmente la obra del abad Prosper Guéranger (+1875),
restaurador del monacato en Francia y fundador de la abadía de Solesmes: su
visión de la Liturgia está penetrada de amor a la Iglesia y a la tradición;
sin embargo su respeto a la Liturgia romana, considerada como factor
indispensable de unidad, le lleva a oponerse a expresiones litúrgicas
autóctonas. El renacimiento litúrgico promovido por él, tiene el mérito de
no ser un movimiento académico, sino que trata de hacer de la Liturgia la
expresión cultual, sentida y participada, de todo el pueblo de Dios.
45. Durante el siglo XIX no se produce sólo el despertar de
la Liturgia, sino también, y de manera autónoma, un incremento de la piedad
popular. Así, el florecer del canto litúrgico coincide con la creación de
nuevos cantos populares; la difusión de subsidios litúrgicos, como los
misales bilingües para uso de los fieles, viene acompañada de la
proliferación de devocionarios.
La misma cultura del romanticismo, que valora de nuevo el
sentimiento y los aspectos religiosos del hombre, favorece la búsqueda, la
comprensión y la estima de lo popular, también en el campo del culto.
En este mismo siglo se asiste a un fenómeno gran alcance:
expresiones de culto locales, nacidas por iniciativa popular, y referidas a
sucesos prodigiosos – milagros, apariciones...- obtienen posteriormente un
reconocimiento oficial, el favor y la protección de las autoridades
eclesiásticas y son asumidas por la misma Liturgia. En este sentido es
característico el caso de diversos santuarios, meta de peregrinaciones,
centros de Liturgia penitencial y eucarística y lugares de piedad mariana.
Sin embargo, en el siglo XIX la relación entre la Liturgia,
que se encuentra en un periodo de renacimiento, y la piedad popular, en fase
de expansión, está afectada por un factor negativo: se acentúa el fenómeno,
que ya se daba en la Reforma católica, de superposición de ejercicios de
piedad con las acciones litúrgicas.
46. Al comienzo del siglo XX el Papa san Pío X (1903-1914)
se propuso acercar a los fieles a la Liturgia, hacerla "popular". Pensaba
que los fieles adquieren el "verdadero espíritu cristiano" bebiendo de "la
fuente primera e indispensable, que es la participación activa en los
sacrosantos misterios y en la oración pública y solemne de la Iglesia". Con
esto San Pío X contribuyó autorizadamente a afirmar la superioridad objetiva
de la Liturgia sobre toda otra forma de piedad; rechazó la confusión entre
la piedad popular y la Liturgia e, indirectamente, favoreció la clara
distinción entre los dos campos, y abrió el camino que conduciría a una
justa comprensión de su relación mutua.
De este modo surgió y se desarrolló, gracias a las
aportaciones de hombres eminentes por su ciencia, piedad y pasión eclesial,
el movimiento litúrgico, que tuvo un papel notable en la vida de la Iglesia
del siglo XX, y en él los Sumos Pontífices han reconocido el aliento del
Espíritu. El objetivo último de los que animaron el movimiento litúrgico era
de índole pastoral: favorecer en los fieles la comprensión, y
consiguientemente el amor por la celebración de los sagrados misterios,
renovar en ellos la conciencia de pertenecer a un pueblo sacerdotal (cfr. 1
Pe 2,5).
Se entiende que algunos de los exponentes más estrictos del
movimiento litúrgico vieran con desconfianza las manifestaciones de la
piedad popular y encontraran en ellas una causa de la decadencia de la
Liturgia. Estaban ante sus ojos los abusos provocados por sobreponer
ejercicios de piedad a la Liturgia, o incluso la sustitución de la misma con
expresiones cultuales populares. Por otra parte, con el objetivo de renovar
la pureza del culto divino, miraban, como a un modelo ideal, la Liturgia de
los primeros siglos de la Iglesia, y, consiguientemente, rechazaban, a veces
de manera radical, las expresiones de la piedad popular, de origen medieval
o nacidas en la época postridentina.
Pero este rechazo no tenía en cuenta de manera suficiente el
hecho de que las expresiones de piedad popular, con frecuencia aprobadas y
recomendadas por la Iglesia, habían sostenido la vida espiritual de muchos
fieles, habían producido frutos innegables de santidad, y habían contribuido
en gran medida, a salvaguardar la fe y a difundir el mensaje cristiano. Por
esto, Pío XII, en el documento programático con el que asumía la guía del
movimiento litúrgico, la encíclica Mediator Dei del 21 de Noviembre
de 1947, frente al citado rechazo defendía los ejercicios de piedad, con los
cuales, en cierta medida, se había identificado la piedad católica de los
últimos siglos.
Sería misión del Concilio ecuménico Vaticano II, mediante la
Constitución
Sacrosanctum Concilium, definir en sus justos términos la relación
entre la Liturgia y la piedad popular, proclamando el primado indiscutible
de la santa Liturgia y la subordinación a la misma de los ejercicios de
piedad, aunque recordando la validez de estos últimos.
Liturgia y piedad popular: problemática actual
47. Del cuadro histórico que hemos trazado aparece
claramente que la cuestión de la relación entre Liturgia y piedad popular no
se plantea sólo hoy: a lo largo de los siglos, aunque con otros nombres y de
manera diversa, se ha presentado más veces y se le han dado diversas
soluciones. Es necesario ahora, desde lo que enseña la historia, sacar
algunas indicaciones para responder a los interrogantes pastorales que se
presentan hoy con fuerza y urgencia.
Indicaciones de la historia: causas del desequilibrio
48. La historia muestra, ante todo, que la relación entre
Liturgia y piedad popular se deteriora cuando en los fieles se debilita la
conciencia de algunos valores esenciales de la misma Liturgia. Entre las
causas de este debilitamiento se pueden señalar:
- escasa conciencia o disminución del sentido de la Pascua y
del lugar central que ocupa en la historia de la salvación, de la cual la
Liturgia cristiana es actualización; donde esto sucede los fieles orientan
su piedad, casi de manera inevitable, sin tener cuenta de la "jerarquía de
las verdades", hacia otros episodios salvíficos de la vida de Cristo y hacia
la Virgen Santísima, los Ángeles y los Santos;
- pérdida del sentido del sacerdocio universal en virtud del
cual los fieles están habilitados para "ofrecer sacrificios agradables a
Dios, por medio de Jesucristo" (1 Pe 2,5; cfr. Rom 12,1) y a participar
plenamente, según su condición, en el culto de la Iglesia; este
debilitamiento, acompañado con frecuencia por el fenómeno de una Liturgia
llevada por clérigos, incluso en las partes que no son propias de los
ministros sagrados, da lugar a que a veces los fieles se orienten hacia la
práctica de los ejercicios de piedad, en los cuales se consideran
participantes activos;
- el desconocimiento del lenguaje propio de la Liturgia - el
lenguaje, los signos, los símbolos, los gestos rituales...-, por los cuales
los fieles pierden en gran medida el sentido de la celebración. Esto puede
producir en ellos el sentirse extraños a la celebración litúrgica; de este
modo tienden fácilmente a preferir los ejercicios de piedad, cuyo lenguaje
es más conforme a su formación cultural, o las devociones particulares, que
responden más a las exigencias y situaciones concretas de la vida cotidiana.
49. Cada uno de estos factores, que no raramente se dan a la
vez en un mismo ambiente, produce un desequilibrio en la relación entre
Liturgia y piedad popular, en detrimento de la primera y para
empobrecimiento de la segunda. Por lo tanto se deberán corregir mediante una
inteligente y perseverante acción catequética y pastoral.
Por el contrario, los movimientos de renovación litúrgica y
el crecimiento del sentido litúrgico en los fieles dan lugar a una
consideración equilibrada de la piedad popular en relación con la Liturgia.
Esto se debe estimar como un hecho positivo, conforme a la orientación más
profunda de la piedad cristiana.
A la luz de la Constitución sobre Liturgia
50. En nuestro tiempo la relación entre Liturgia y piedad
popular se considera sobre todo a la luz de las directrices contenidas en la
Constitución
Sacrosanctum Concilium, las cuales buscan una relación armónica
entre ambas expresiones de piedad, aunque la segunda está objetivamente
subordinada y orientada a la primera.
Esto quiere decir, en primer lugar, que no se debe plantear
la relación entre Liturgia y piedad popular en términos de oposición, pero
tampoco de equiparación o de sustitución. De hecho, la conciencia de la
importancia primordial de la Liturgia y la búsqueda de sus expresiones más
auténticas no debe llevar a descuidar la realidad de la piedad popular y
mucho menos a despreciarla o a considerarla superflua o incluso nociva para
la vida cultual de la Iglesia.
La falta de consideración o de estima por la piedad popular,
pone en evidencia una valoración inadecuada de algunos hechos eclesiales y
parece provenir más bien de prejuicios ideológicos que de la doctrina de la
fe. Dicho planteamiento provoca una actitud que:
- no tiene en cuenta que la piedad popular es también una
realidad eclesial promovida y sostenida por el Espíritu, sobre la cual el
Magisterio ejerce su función de autentificar y garantizar;
- no considera suficientemente los frutos de gracia y de
santidad que ha producido la piedad popular y que continúa produciendo en la
Iglesia;
- no raras veces es expresión de una búsqueda ilusoria de
una "Liturgia pura", la cual, además de la subjetividad de los criterios con
los que se establece la "puritas", es - como enseña la experiencia
secular - más una aspiración ideal que una realidad histórica;
- se confunde un elemento noble del espíritu humano, esto
es, el sentimiento, que penetra legítimamente muchas expresiones de la
piedad litúrgica y de la piedad popular, con su degeneración, esto es, el
sentimentalismo.
51. Sin embargo, en la relación entre Liturgia y piedad
popular a veces se presenta el fenómeno opuesto, es decir, tal valoración de
la piedad popular que en la práctica va en detrimento de la Liturgia de la
Iglesia.
No se puede silenciar que donde suceda tal cosa, sea por una
situación de hecho, sea por una opción doctrinal deliberada, se produce una
grave desviación pastoral: la Liturgia no sería ya "la cumbre a la cual
tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana
toda su fuerza", sino una expresión cultual considerada como algo ajeno a la
comprensión y a la sensibilidad del pueblo y que, de hecho, resulta
descuidada y relegada a un segundo lugar, o reservada para grupos
particulares.
52. La intención encomiable de acercar al hombre
contemporáneo, sobre todo al que no ha recibido suficiente formación
catequética, al culto cristiano y la dificultad que se constata en
determinadas culturas, para asimilar algunos elementos y estructuras de la
Liturgia, no debe dar lugar a una desvalorización teórica o práctica de la
expresión primaria y fundamental del culto litúrgico. De este modo, en lugar
de afrontar con visión de futuro y perseverancia las dificultades reales, se
piensa que se pueden resolver de una manera simplista.
53. Donde los ejercicios de piedad se practican en perjuicio
de las acciones litúrgicas, se suelen escuchar afirmaciones como:
- la piedad popular es un ámbito adecuado para celebrar de
manera libre y espontánea la "Vida" en sus múltiples expresiones; la
Liturgia, en cambio, centrada en el "Misterio de Cristo" es anamnética por
su propia naturaleza, inhibe la espontaneidad y resulta repetitiva y
formalista;
- la Liturgia no consigue que los fieles se vean implicados
en la totalidad de su ser, en su corporeidad y en su espíritu; la piedad
popular, en cambio, al hablar directamente al hombre, lo implica en su
cuerpo, corazón y espíritu;
- la pied |