Solemnidad de Cristo Rey del universo
Un Rey "Perdedor"
P.Sergio A. Cordova, L.C.
Con este domingo llegamos al final del ciclo litúrgico. El último
domingo de cada año, la Iglesia cierra con broche de oro el ciclo
ordinario con la fiesta de Cristo Rey. Y el próximo domingo
iniciaremos nuestra preparación para la venida del Señor en la
Navidad: el adviento.
Hoy celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Lo
confesamos supremo Señor del cielo y de la tierra, de la Iglesia y
de nuestras almas. Pero es “escandaloso” el modo como ejerce su
realeza. Todos los reyes de este mundo mantienen su reinado con la
fuerza de las armas, y ostentan el esplendor de su riqueza y de su
poder. Como que es algo “connatural” a su condición y a su nobleza.
Pero creo que nunca han existido, ni existirán jamás sobre la faz de
la tierra, reyes “pobres” o “débiles”. Serían víctimas fáciles de
sus enemigos, que usurparían su trono sin ningún género de
escrúpulos. Ésa ha sido la ley de vida a lo largo de toda la
historia de la humanidad.
Jesucristo es Rey. Pero un rey muy distinto. Es un rey sin armas,
sin palacios, sin tronos, sin honores; un rey sin ejército y sin
soldados. Un rey que ejerce su poder únicamente con la fuerza del
amor, del perdón, de la humildad y de la mansedumbre. Un rey que no
atropella ni violenta a nadie, y que no impone su yugo o su ley por
capricho. El que lo acepte como rey, debe acogerlo libremente y
abrazar su misma “lógica”, que es la del amor y del perdón.
Cristo es –si podemos hablar así— un rey “débil” porque Él mismo
quiso escoger la debilidad para redimirnos. “Donde está la cruz, no
hay lugar para los signos de la fuerza”. No recuerdo dónde leí esta
frase, pero es totalmente cierta. Cristo es Rey. Pero no tiene
armas. Las armas las tienen sus enemigos. Cuando Pilato, antes de
condenarlo a muerte, le preguntó si era rey, Jesús le dio una
respuesta desconcertante: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino
fuera de este mundo, mis ministros habrían luchado para que no fuese
entregado en manos de los judíos; pero mi reino no es de aquí” (Jn
19, 36). Palabras misteriosas, pero profundamente reveladoras.
Cristo es rey. Pero no según los cánones y criterios de este mundo.
Su soberanía es la del amor, de la justicia y de la paz. Su trono es
una cruz; su cetro, una caña con la que le golpean la cabeza; su
corona, una corona de espinas. Su reino es para los pobres y
humildes de corazón, para los mansos, los pacíficos y los
misericordiosos; para los perseguidos por la verdad y la justicia.
Su programa de vida se resume en el Sermón de la montaña, en las
bienaventuranzas y el mandamiento de la caridad. Sus súbditos y sus
amigos predilectos son los pobres y pecadores; sus compañeros de
destino, los malhechores, como ese “buen ladrón” que encontramos en
el evangelio de hoy.
Los judíos y los príncipes de los sacerdotes que ultrajan a Cristo
crucificado hablan un lenguaje de poder y lo desafían a que
demuestre su fuerza bajando de la cruz: “Si de verdad es el Hijo de
Dios, que baje de la cruz, que se salve a sí mismo”. Y lo mismo le
dice el otro de los ladrones crucificados con Él. Pero Jesús no hace
caso. Su fuerza es el perdón, el amor y la misericordia. Y así lo
descubre ese “buen ladrón”.
En efecto, este buen hombre –que, a pesar de haber sido un malhechor
toda su vida— supo demostrar su nobleza de alma en el momento
supremo de su existencia y pudo reconocer en Jesús al Mesías y al
Salvador del mundo. Éste no le pide a Jesús que lo ponga a salvo y
que lo libere de los dolores corporales; pero con su fe alcanza de
Cristo la salvación completa de su alma y el premio del paraíso.
Otra vez vemos a Cristo, como en el caso de Zaqueo, rodeándose de
amigos “poco recomendables”. Pero Cristo vino a salvarnos a todos,
comenzando por los pecadores. Y sólo si nos reconocemos necesitados
de la gracia, como el buen ladrón, seremos dignos de participar en
el Reino eterno de Jesucristo.
¡Qué afortunado este buen ladrón! En el último instante de su vida
supo “robarle” a Cristo también el cielo! Pero más que “robo”, se
trata de un regalo maravilloso e inmerecido de la misericordia de
Dios. Así es Jesús. Su corazón es infinito porque es el corazón de
un Dios, de un Padre con entrañas de ternura y de compasión. Para
eso vino a este mundo y para eso se encarnó. Por eso está en la cruz
con los brazos abiertos: para acogernos siempre, sin condiciones. Lo
único que espera de nosotros es nuestra confianza, nuestro
arrepentimiento y el abandono total en sus manos.
Ojalá que este día de Cristo Rey, también nosotros queramos aceptar
la soberanía de Jesucristo y le proclamemos Señor de nuestras vidas
volviendo a Él de todo corazón, y haciendo que muchos otros hombres
y mujeres, comenzando por los que viven a nuestro lado, se acerquen
al amor misericordioso de nuestro Redentor.
¡Venga a nosotros tu Reino, Señor!
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