La ofrenda
perpetua
Durante dos mil años en la Iglesia Católica se ha cumplido en
mandato del Señor en la celebración más importante de nuestro culto,
que los primeros cristianos llamaron “fracción del pan” y después ha
recibido otros nombres como “cena del Señor”, “sacrificio del Cuerpo y
Sangre de Cristo”, “Eucaristía” (que significa acción de gracias) o
Santa Misa
Todas las religiones, en su deseo de honrar a
Dios ofreciéndole un testimonio de agradecimiento y adoración, han
hecho durante milenios ofrendas de sus bienes, en especial de los
frutos de la tierra ción
que Jesús, antes de entregar su vida y derramar su sangre en la cruz,
pronunció en la última cena con sus discípulos unas palabras
enigmáticas. Invitó a los apóstoles a compartir el pan con él
diciendo: “Esto es mi cuerpo que será entregado” y el vino afirmando:
“Esta es la Nueva Alianza en mi sangre que será derramada por
vosotros” (Lc. 22, 19-20). Del mismo modo S. Pablo nos recuerda que
Jesús pidió que se repitiera lo que él había hecho en memoria suya (I
Cor. 11,24-25).
Durante dos mil años en la Iglesia Católica se
ha cumplido en mandato del Señor en la celebración más importante de
nuestro culto, que los primeros cristianos llamaron “fracción del pan”
y después ha recibido otros nombres como “cena del Señor”, “sacrificio
del Cuerpo y Sangre de Cristo”, “Eucaristía” (que significa acción de
gracias) o Santa Misa. Durante veinte siglos la Iglesia ha
interpretado las palabras de Jesús: “esto es mi Cuerpo y Esta es mi
Sangre” como la afirmación de una verdadera presencia de Cristo, y de
una renovación (no repetición) del sacrificio de la Cruz. Es decir,
Jesús sustituye los sacrificios de la antigua alianza por la
renovación perpetua de la ofrenda de su vida en la cruz. Esta
afirmación es impresionante porque nos indica que en la Misa el mismo
Cristo se hace presente ofreciéndose con su cuerpo y con su sangre,
por lo que la celebración eucarística o Misa se considera lo más
grande que podemos ofrecer a Dios, y a la vez lo más sublime que
nosotros podemos recibir de Dios, pues al participar en la Misa y
recibir la comunión recibimos al mismo Cristo en nuestro interior y
ofrecemos de nuevo al Padre lo que él sufrió por nosotros.
Es triste que
muchos que van a Misa no entiendan el milagro que allí tiene lugar, y
es muy triste también que los que se apartaron de la Iglesia católica
para seguir otros caminos hayan perdido el sentido milenario que los
cristianos han dado a la Cena del Señor. No se debe pensar, a pesar de
la magnitud del prodigio, que sea esta doctrina invento de los
hombres. Las palabras de Jesús en la última cena están en conexión con
otras que pronunció en Cafarnaún y que llenaron de estupor a los que
las escucharon, sin embargo Jesús no las retiró sino que las reafirmó
estando dispuesto a quedarse sólo si fuera preciso pues muchos al
oírlas lo abandonaron confundidos. Efectivamente, de un modo
sorprendente, Jesús les había dicho: “Yo soy el pan vivo bajado del
cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre y el pan que yo les
daré es mi carne para la vida del mundo... si no comen la carne del
Hijo del hombre y no beben su sangre no tienen vida” (Jn 6, 48-58).
Ante esto sólo nos quedan dos opciones o creer en las palabras de
Cristo y admirarnos ante el misterio, o marcharnos incrédulos y
confundidos. |