El hombre y sus problemas
Los Evangelios
La gran revelación
La personalidad de Cristo
Los milagros de Jesús
La Resurrección de Cristo
Señor de la Historia
El problema del sentido de
la vida, el problema de Dios, compromete a todos los
hombres sin distinción de cultura o de clase social.
Para dar una respuesta a
este problema, el hombre tiene ante sí dos vías: la
razón y la autoridad.
La vía de la razón es
insuficiente porque:
- Muy pocos hombres
disponen de tiempo suficiente para una
profunda investigación debido a las
exigencias de la vida material y profesional.
- Además, muy
pocos poseen la suficiente capacidad
intelectual, de reflexión, de análisis y de
síntesis, para formarse una opinión
personal de las cosas.
- Asimismo, muy
pocos tienen la fuerza de voluntad suficiente
para lograrlo. Las empresas difíciles son
para minorías.
La búsqueda científica
de Dios requiere la solución previa del problema
metafísico referente a la naturaleza de las cosas, de un
prolongado período de estudio, y una preparación moral
sólida.
La vía de la autoridad
tampoco resuelve el problema porque al apoyarse en los
filósofos, amigos de la sabiduría e investigadores de
las últimas causas de las cosas, encontramos que:
- Los filósofos a
través de la historia han dado opiniones
opuestas y contradictorias sobre la naturaleza de
Dios, el destino del alma y los principios
fundamentales de la ética.
- Por otra parte, los
filósofos nunca se han complacido en ser los
maestros de la humanidad, y, conscientes de su
preponderancia intelectual, han escrito siempre
en un estilo difícil de comprender incluso por
las personas cultas.
- Aún cuando los
filósofos nos dieran una respuesta clara y
precisa sobre la existencia de Dios y sobre la
ley moral, no podrían ser nuestros modelos y
maestros para enseñarnos a vivir la verdad y a
practicar el bien, ya que muchísimos de ellos
han llevado vidas poco edificantes dando mal
ejemplo.
Así, podemos concluir
que, para conocer con certeza las cosas de Dios es
necesaria la intervención o revelación del mismo Dios.
Hace veinte siglos
apareció en Palestina un hombre llamado Jesucristo quien
se proclamó hijo de Dios y afirmó haber sido enviado
por Dios para enseñarnos, con su autoridad divina, la
verdad sobre nuestro origen y destino. Podemos creerle
porque nos proporcionó las pruebas que ratifican su
afirmación, y también podemos demostrar cómo estas
pruebas resisten la crítica del hombre de hoy.
Existen numerosos
documentos de valor excepcional para probar la existencia
histórica de Jesucristo:
I ) En primer lugar están
fuentes paganas, tales como:
- Cornelio Tácito,
historiador latino, que dedicó a Jesús una
página en sus "Anales" (116 DC.).
Escribe en el libro XV, 44:
"El fundador de esta secta
("cristianos") de nombre Cristo, fue
condenado a muerte por el Procurador Poncio
Pilato bajo el imperio de Tiberio. Reprimida de
momento esta superstición nociva, brotó de
nuevo no sólo en Judea, punto de origen de tal
calamidad, sino en la misma Roma donde convergen
y hallan buena acogida las cosas más groseras y
vergonzosas."
- Suetonio, en su obra
"Vida de Claudio" en el 120 d.c. dice
que este emperador "expulsó de Roma a los
judíos en continua agitación a causa de Cretos
(Cristo)."
- Hacia el 112, Plinio
el Joven, gobernador de Bitinia, en una carta a
Trajano escribe que los cristianos "tienen
por costumbre reunirse un día determinado, al
amanecer, para alabar a Cristo a quien consideran
su Dios."
II) Las fuentes judías
son escasas por la vasta conjura de silencio y de
desprestigio calumnioso a la figura de Jesús; aunque
nunca ponen en duda su realidad histórica. El único
autor que presenta a Jesús es Flavio Josefo, historiador
judío que escribe: "Apareció en este tiempo un
hombre prudente llamado Jesús, si es que se le puede
llamar hombre. Porque realizó obras maravillosas y se
hizo maestro de los hombres que reciben con alegría la
verdad." "Antigüedades Judías", XVIII.
III) Las fuentes
cristianas para conocer la vida y doctrina de Jesús son:
A) Las Cartas de los
Apóstoles, especialmente San Pablo, que aluden con
frecuencia a Jesús.
B) Los Cuatro Evangelios.
EVANGELIO, del griego
"evaggelíon", significa "buena
nueva". Es el anuncio del Mesías y su Reino (Mt. 4,
23: Mc. 1, 14).
Al multiplicarse las
comunidades cristianas se hizo necesario escribir lo que
los Apóstoles enseñabanersona a quien se le
atribuye. Sabemos que los autores de los evangelios son
Mateo, Marcos, Lucas y Juan porque existen cerca de 4000
códices griegos y traducciones latinas, coptas y
siríacas de los siglos IV al IX que atestiguan esto.
Además están los testimonios de algunos escritores y
Padres de la Iglesia que pudieron informarse de los
autores de los Evangelios.
Entre ellos están:
- Papías, obispo de
Hierápolis de Frigia, quien hacia el 125 nos
atestigua a través de "Juan el
Presbítero", discípulo de Juan Evangelista
que: Marcos era intérprete de Pedro; y que
Mateo, discípulo del Señor, escribió en arameo
sobre las cosas hechas y dichas por Jesús. Este
testimonio lo recogió más tarde el historiador
Eusebio de Cesarea.
- San Ireneo (170),
obispo de Lión (Galias), discípulo de
Policarpo, a su vez, discípulo de Juan el
Evangelista nos dice que: Mateo escribe cuando
Pedro y Pablo evangelizaban Roma, hacia el 50, en
lengua hebrea; Marcos transmite la predicación
de Pedro, hacia el 65; Lucas, colaborador de
Pablo, escribe el evangelio enseñado por éste a
los gentiles entre los años 67 y 70; Juan
escribe en Efeso hacia fines del siglo primero.
- Clemente Alejandrino,
hacia el 200, habla de los cuatro evangelios y
conoce una tradición sobre ellos.
- Orígenes (185-255),
en Egipto, nombra a los cuatro evangelistas y el
orden en que escribieron.
- Tertuliano, en
Africa, afirma que los cuatro evangelistas tienen
la misma autoridad (160- 223).
El examen interno de los
Evangelios amplían estos datos y nos dan como fecha de
composición de los Sinópticos el año 70
aproximadamente; y Juan hacia finales del siglo I.
Lugar de composición de
los cuatro Evangelios:
- Mateo:
Palestina
- Marcos:
Roma
- Lucas:
Roma
- Juan:
Efeso
El enorme número de
códices y el breve período que separa la composición
de los evangelios de las primeras referencias a sus
autores coloca la autenticidad evangélica en una
situación privilegiada respecto a la historiografía
antigua. Ejemplos:
- Evangelios
Sinópticos, Papías 55 años después
- Herodoto Aristóteles
100 años después
- Cicerón 800 años
después
- Tucídides Cicerón
300 años después
- "Comentarios"
de Julio César Plutarco 159 años después
- "Anales" de
Tácito Suetonio 200 años después
La integridad de los
Evangelios está firmemente probado y también está en
ventaja respecto a la de algunos autores de la
antigüedad clásica. Los códices completos antiguos, el
Vaticano y el Sinaítico (s. IV), distinto del texto
original solo 300 años. Existen además otros 4000 de
los siglos IV y IX sin contar los descubrimientos
recientes. Si comparamos estos datos con el hecho de que
entre la redacción de Sófocles, Esquilo, Aristófanes,
Tucídides y el primer códice que existe de ellos
transcurren 1400 años, veremos que de ningún texto de
la antigüedad clásica estamos tan seguros de poseer una
copia conforme al original como de los Evangelios. A
pesar de las variantes que hay en los Evangelios, su
integridad está asegurada porque tales variantes nunca
tocan la parte esencial.
Respecto a las fuentes de
los Evangelistas podemos afirmar lo siguiente:
Mateo: discípulo de
Jesús, su fuente principal es su experiencia personal,
el contacto con el Maestro.
Marcos: discípulo de
Pedro, transmite los hechos y dichos de Pedro con
particular vivacidad y precisión, aunque también se
apoya en la tradición de la iglesia primitiva.
Lucas: compañero de
Pablo, investiga con cuidado las fuentes preexistentes a
su narración, especialmente lo que se refiere a la
infancia de Jesús.
Juan: discípulo de
Jesús, elabora un evangelio muy espiritual basado en la
meditación profunda de sus experiencias al lado del
Maestro.
La respuesta al problema
de la historicidad de los Evangelios depende de la
posibilidad de demostrar que los evangelistas conocían
los hechos que narran y que los refieren con fidelidad,
sin alteraciones. Esto se demuestra por la circunstancia
que los evangelistas conocían bien los hechos que
escribieron, sobre todo los milagros y discursos de
Jesús, tan sorprendentes e insólitos que era fácil
retenerlos en la memoria. La veracidad de los
evangelistas también está garantizada porque no tenían
motivos para mentir y lo único que consiguieron fue la
deshonra y la persecución y el martirio.
Además, escribieron
cuando todavía vivían muchos testigos oculares que
habían visto y oído a Jesús y que los hubieran
desmentido en caso de que ellos hubieran cambiado los
hechos.
Los evangelistas narraron
la vida y doctrina de Jesús buscando proporcionar a los
fieles materia de devoción, alimentar su piedad e
inducirlos a amar al Redentor. A diferencia del
hagiógrafo ordinario que encontrándose con hombres
imperfectos busca contribuir a su edificación ocultando
los defectos y exagerando las cualidades, los
evangelistas tratan de un hombre en el que ven al Hijo de
Dios. Esta convicción hace que Jesús sea para ellos el
hombre perfecto y tratan de describirlo lo más
exactamente posible. Esto explica por qué no tuvieron
escrúpulo en señalar en la vida del Maestro algunos
episodios que eran comprometedores para la dignidad de su
persona, pero ellos estaban convencidos que en la vida de
Jesús todo tenía significado.
Jesús no es una figura
idealizada como los grandes héroes y fundadores de
religiones como Buda, Mahoma, Alejandro Magno, Napoleón,
etc. Se le describe tal como fue, con sus debilidades,
las ignominias que padeció. Su Encarnación, Nacimiento,
Pasión, Resurrección y Ascensión están narrados con
sobriedad y fidelidad.
Cristo es además
absolutamente original. El fue el único fundador en la
historia de las religiones que se presentó a la
humanidad como Dios y como hombre al mismo tiempo, como
persona en la que subsistían dos naturalezas, una divina
y otra humana. Este concepto nunca podría haber sido
creación ni idealización ni de los judíos ni de los
paganos. Podemos así concluir con certeza que los
evangelios son los libros más históricos de la
antigüedad cuyo valor sellaron con su sangre sus
autores.
Probaremos que Cristo, el
hombre histórico, es verdaderamente el Hijo de Dios, el
Mesías prometido a los judíos.
En el tiempo en que vivió
Jesús, más que nunca, se esperaba la venida del
Mesías, pero se había falseado el concepto que de El
habían dado los profetas. En su gran mayoría, los
judíos contemporáneos de Jesús, esperaban un Mesías
que les traería bonanza, un gran jefe político.
Las tres concepciones
erróneas sobre el Mesías eran:
1) El reino mesiánico
sería un período de prosperidad material obtenida sin
cansancio ni molestias y en la liberación del dominio
extranjero. Los mismos apóstoles no concibían que
Jesús hablara de muerte en la cruz para atraer a sí
todas las cosas.
2) Los rabinos concebían
el Mesías futuro como un jefe político, el restaurador
de la dinastía davídica.
3) La tercera corriente
hacía coincidir la venida del Mesías con el fin del
mundo. El reino mesiánico se realizaría en la otra vida
(visión escatológica).
A pesar de estas
concepciones falsas, había un "pequeño resto"
de personas que tenían una idea exacta del Mesías: El
Mesías, sacerdote y víctima al mismo tiempo,
sacrificaría su vida para liberarnos del pecado y para
restaurar la amistad entre Dios y los hombres. En este
grupo encontramos con María a su prima Isabel (Lc. 1,
41-46), el viejo Simeón (Lc. 2, 30-32), la profetisa Ana
(2, 38) y sobre todo Juan el Bautista (Mt. 3, 2-12) y a
los esenios, secta que los recientes descubrimientos del
Mar Muerto nos han permitido conocer mejor y a la que
pertenecía Juan el Bautista.
A causa de estas
deformaciones Jesús usó una táctica prudente para no
despertar demasiado escándalo para demostrar su
mesianidad. Toma el título de "Hijo del
Hombre" (Dan. 7, 13-14).
Acepta en primer lugar el
testimonio de Juan Bautista (Jn. 1, 29-30). Declara
abiertque tenían una idea exacta del Mesías: El
Mesías, sacerdote y víctima al mismo tiempo,
sacrificaría su vida para liberarnos del pecado y para
restaurar la amistad entre Dios y los hombres. En este
grupo encontramos con María a su prima Isabel (Lc. 1,
41-46), el viejo Simeón (Lc. 2, 30-32), la profetisa Ana
(2, 38) y sobre todo Juan el Bautista (Mt. 3, 2-12) y a
los esenios, secta que los recientes descubrimientos del
Mar Muerto nos han permitido conocer mejor y a la que
pertenecía Juan el Bautista.
A causa de estas
deformaciones Jesús usó una táctica prudente para no
despertar demasiado escándalo para demostrar su
mesianidad. Toma el título de "Hijo del
Hombre" (Dan. 7, 13-14).
Acepta en primer lugar el
testimonio de Juan Bautista (Jn. 1, 29-30). Declara
abiertamente su mesianidad ante la samaritana
Jn.4.25-26), ante Nicodemo (Jn. 3, 13-18) y de una manera
contundente ante Caifás, durante su propio juicio (Mt.
26, 63-64).
Al mismo tiempo, también
se presenta ante el mundo como el Hijo de Dios:
"Nadie conoce al Padre sino el Hijo" (Mt. 11,
27). Nos revela su íntima unión con el Padre con el
cual se identifica. Esta afirmación, completamente
original, no se encuentra en ningún otro fundador de
religiones. La apreciamos en la profesión de fe de Pedro
(Mt. 16,18). La manifestación más clara de la divinidad
de Jesús que tenemos en los sinópticos está en la
respuesta que El dio ante el sumo sacerdote Caifás en el
Sanedrín:
"Te conjuro por el
Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de
Dios" (Mt. 26, 63). Jesús respondió: "Tú lo
has dicho. Y os declaro que desde ahora veréis al Hijo
del hombre sentado a la diestra del Padre, y venir sobre
las nubes del cielo" (Mt.26,64).
Aún es más clara la
divinidad de Jesús en el evangelio de San Juan.
Citaremos algunos textos:
- "Y el Verbo era
Dios" (1,1)
- "Yo y el Padre
somos una sola cosa" (10-30)
- "Os lo dije y no
creéis. Las obras que yo hago en nombre de mi
- Padre testifican de
mí. Pero vosotros no creéis porque no sois
ovejas mías" (10, 25-26).
Nos queda además como
testimonio la misma actuación de Jesús durante su vida
pública. En primer lugar habla de perfeccionar la Ley
que Dios le dio al pueblo judío, y solamente El, que
esos, puede apropiarse un dominio sobre las cosas de Dios
(Mt. 34-36, Juicio Final). También se proclama el fin
mismo de la ley moral, cosa que únicamente Dios puede
pretender. Por otro lado se proclama más digno de amor
que todos los seres queridos, más aún que de nuestra
propia vida (Mt.10, 37; y Mt.16, 25). Por consiguiente:
JESUS SE PRESENTA COMO DIOS.
El lenguaje de algunas
expresiones evangélicas sólo se comprende si se tiene
esta perspectiva de la divinidad de Cristo:
- "Yo soy la
resurrección y la vida" (Jn.11, 25).
- "Yo soy la luz
del mundo" (Jn.8, 12).
- "Yo soy el
camino y la verdad y la vida" (Jn. 14, 6).
- "El que no
recoge conmigo, desparrama" (Mt. 12, 30).
Cuando cura a los
enfermos, etc., obra directamente por propia virtud:
"Quiero, queda limpio" (Mt. 8,3). Asume
también el derecho a perdonar los pecados que es algo
que solamente compete a Dios:
"Confía, hijo, tus
pecados te son perdonados" (Mt.9,2).
Actúa como Dios cuando la
tempestad sacude la barca y amenaza con hundirla y Jesús
despierta ordenando al mar: "¡Calla!
¡Cálmate!" (Mc.4,39).
Por último, durante toda
su vida Jesús nunca tiene una duda, ni titubea.
Pronuncia los juicios más decisivos y comprometidos
sobre los problemas humanos más graves sin que nunca su
inteligencia acuse el mínimo esfuerzo, sin verse
obligado a reflexionar antes de responder, ya que lo que
sabe no es en virtud del estudio o del razonamiento.
Para poder probar si
Jesús es o no un impostor o un iluso se puede recurrir
en primer lugar a la historia.
El juicio de la historia
es plenamente positivo para Jesús. En primer lugar es la
única figura histórica que ha hecho que ésta se centre
en El, ya que la historia se divide en A.C. o D.C. En
segundo lugar, es su doctrina la que ha influenciado
definitivamente en la conciencia humana a través de los
siglos, por defenderla han sido infinidad de mártires,
por su amor millones han dejado todo.
Dejando aparte la
historia, podemos analizar la personalidad de Cristo como
nos la describen los evangelios. Es impostor el que busca
su propio interés, el que engaña al prójimo para
alcanzar un fin. Jesús, por el contrario, jamás
utilizó su prestigio para obtener ventajas de ninguna
clase, su comportamiento siempre fue sincero y leal.
La santidad de Jesús es
un hecho único en la historia; sólo El pudo decir:
"¿Quién de vosotros me acusará de pecado con
razón?" (Jn. 8,46)
Tampoco Jesús es un
iluso, lo prueban su perfecto equilibrio mental y su
constitución física, de naturaleza atlética. Jamás
sufrió enfermedad alguna, ni crisis nerviosa. Durante su
vida pública y su Pasión demostró su fortaleza
física, nunca perdió el equilibrio ni la serenidad y
siempre fue dueño de sus sentidos.
Jesús siempre fue
consciente de tener un fin en la vida, del deber de
realizar la misión encomendada por el Padre: salvar al
mundo mediante su pasión y muerte. Jesús no lo olvida
ni un momento. Varias veces el Evangelio nos narra
tentativos para hacerle desistir de su empresa, y cada
vez Jesús supera el obstáculo con una afirmación
férrea de su voluntad. El último asalto lo recibió
Jesús de su misma naturaleza durante el episodio de
Getsemaní:
"...y comenzó a
sentir terror y abatimiento" (Mc. 14,33)"
Pasado el momento de
decaimiento recobra plenamente el dominio de sí. Si en
la vida de Jesús no hubiese existido este episodio,
quizá hubiésemos creído que era un insensible. Sus
sentimientos ante la muerte revelan, por el contrario, la
inmensa carga emotiva de su naturaleza humana.
Jesús une al heroísmo de
la voluntad, una extraordinaria lucidez de ideas; siempre
ve lo esencial, lo importante. Ante todo su inteligencia
va unida a un perfecto equilibrio que demuestra tener
especialmente en los momentos de prueba y de triunfo, y
en su compasión ante las miserias ajenas.
A través de la Pasión,
Jesús demuestra su dignidad y su entereza; desde el
momento de su prendimiento hasta el último suspiro, ni
una palabra, ni un gesto revela en El debilidad ni
decaimiento.
Si se compara a Jesús con
otras grandes figuras históricas podemos ver que
sobrepasa a todas. A Buda le falta la fuerza de voluntad,
a Laocoonte le falta finalidad a su sufrimiento,
Sócrates carece por completo de confianza en Dios y de
una actitud comprensiva hacia sus enemigos.
Tenemos que concluir
diciendo que un impostor o un iluso no actúa como
Jesús, y que debe ser lo que El afirma. Sólo Dios nos
puede dar pruebas más fuertes.
Los milagros que hizo
Jesús durante su vida son la mejor prueba de su
divinidad:
"Las obras que yo
hago en nombre de mi Padre testifican de mí" (Jn.
10-25). Esta es la respuesta de Dios que corrobora la
afirmación de Jesús de ser su Hijo en el sentido más
pleno y verdadero.
El concepto de milagro se
compone de cuatro elementos:
1) debe ser un hecho
sensible, es decir, capaz de ser percibido por los
sentidos e instrumentos de investigación científica;
2) debe ser superior a las
fuerzas de la naturaleza, de tal modo que éstas sean
incapaces absolutamente de realizarlo, o que no puedan
realizarlo en aquel modo determinado;
3) al superar las fuerzas
naturales, el milagro debe proceder de Dios como causa;
4) esta intervención de
Dios debe tener un fin religioso, como la demostración
del carácter sobrenatural de una revelación, o un fin
moral como podría ser la demostración de la inocencia
de una persona.
Se distinguen tres
especies de milagros:
1) físico, si el hecho
supera la capacidad de la naturaleza física, como la
curación instantánea de un tuberculoso, la
resurrección de un muerto, la multiplicación de los
panes;
2) intelectual, si la
acción supera la capacidad de la inteligencia humana,
como el conocimiento del futuro libre, la penetración de
los secretos de las conciencias;
3) moral, si supera las
leyes morales, como una conversión imprevista, el valor
de resistir un martirio.
Los teólogos suelen
distinguir comúnmente los milagros en abso,45), también tuvo que valerse de los milagros:
"Aunque no me creáis a mí, creed en las
obras" (Jn. 10,38).
Los milagros que nos
narran los evangelios fueron en primer lugar hechos
reales desde el momento que aceptamos la historicidad y
la autenticidad de los mismos. La vida de Jesús, sus
discursos, la fe de los apóstoles, el entusiasmo de las
muchedumbres, la resistencia de los enemigos, las
discusiones con los fariseos, no se explican sin los
milagros. La historicidad de los milagros la confirma el
estilo sobrio y simple con que están escritos. Ninguna
ostentación o exhibición, ningún indicio de la
tendencia oriental a la exageración. Las enfermedades
que cura son las comunes entre los hombres: la lepra, tan
frecuente entonces en Palestina, la ceguera, la
parálisis, la hidropesía. Es evidente que los
evangelistas no inventaron casos extraordinarios para
resaltar los poderes de su Maestro. Por todo esto la
hipótesis racionalista que rechaza la historia de los
milagros ha sido paulatinamente desmentida.
En segundo lugar, también
se puede probar su sobrenaturalidad o sea, que son señal
de intervención divina . Jesús poseía un dominio
único y absoluto sobre la naturaleza. Al tratar los
racionalistas modernos de dar una explicación natural,
la achacan a la sugestión, a las fuerzas ocultas, a las
leyes de estadística o al fenómeno natural de una
persona dotada de cualidades extraordinarias. Pero
analizando cada una de estas explicaciones separadamente
se llega a la conclusión que todas tienen sus fallas.
La misma ciencia se
estrella ante la ley del determinismo que es la no
libertad de la materia y todas las fuerzas que proceden
de ella de alguna manera. Los milagros escapan a todo
determinismo.
En tercer lugar, solamente
con los milagros podía Jesús probar su divinidad. Los
milagros son señales al alcance de todos. Son prueba de
todas las facetas de su misión divina. Es tan grande su
fuerza que no admiten excusas en quienes no crean en El,
de esta manera probó Jesús ampliamente su afirmación
de ser Hijo de Dios. El dominio absoluto que poseía de
las fuerzas de la naturaleza solamente le podía venir de
Dios. Pero Dios no concede su dominio sobre la naturaleza
a un impostor. Si lo concedió a un hombre que se
proclamó su Hijo, fue porque era verdaderamente lo que
decía. Además, este poder de los milagros lo
transmitió Jesús a sus discípulos.
El milagro que supera a
todos y que tiene un valor particular, el de probar que
Cristo es el Hijo de Dios, es la Resurrección.
El mismo Jesús la puso
como demostración oficial de su divinidad:
"Destruid este
Templo, y en tres días lo levantaré" (Jn.2,19).
"Esta generación
mala y adúltera pide un signo, y no le será dado otro
que el signo del profeta Jonás. De la misma manera que
Jonás estuvo tres días en el vientre del cetáceo, así
estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el
corazón de la tierra" (Mt. 12, 39-40).
La predicción fue muy
clara especialmente para los fariseos que sabían que
face="Arial">LA RESURRECCION DE CRISTO
El milagro que supera a
todos y que tiene un valor particular, el de probar que
Cristo es el Hijo de Dios, es la Resurrección.
El mismo Jesús la puso
como demostración oficial de su divinidad:
"Destruid este
Templo, y en tres días lo levantaré" (Jn.2,19).
"Esta generación
mala y adúltera pide un signo, y no le será dado otro
que el signo del profeta Jonás. De la misma manera que
Jonás estuvo tres días en el vientre del cetáceo, así
estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el
corazón de la tierra" (Mt. 12, 39-40).
La predicción fue muy
clara especialmente para los fariseos que sabían que
ésta sería una de las pruebas para reconocer al
Mesías.
Los discípulos también
enarbolaron la Resurrección como argumento principal de
su predicación. El día de Pentecostés del año 30 a
sólo cincuenta días de la muerte de Jesús, proclaman:
"Varones israelitas,
escuchad estas palabras: A Jesús el Nazareno, acreditado
por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y
señales que Dios obró por medio de El entre vosotros,
como sabéis; a éste, entregado conforme al consejo y
previsión divina, lo matasteis, crucificándolo por
manos de los inicuos; pero Dios lo ha resucitado,
rompiendo las ligaduras de la muerte, porque era
imposible que ésta dominara sobre El" (He. 2,
22-24).
Más adelante, San Pablo
dirá que si Cristo no resucitó, nuestra fe es vana y
los cristianos los más infelices de los hombres, por
poner todas las esperanzas en las promesas de Cristo que
resultarían ilusorias si verdaderamente no resucitó de
entre los muertos (I Cor. 15, 12-19).
Los evangelios nos dan
testimonio de la Resurrección con la narración unánime
de los hechos:
El tercer día después de
la muerte, el domingo de Pascua, el sepulcro de Jesús
estaba vacío y él, vivo, se apareció a María
Magdalena, a varias mujeres piadosas, a Pedro, a los
discípulos que se dirigían a Emaús y, finalmente, a
todos los apóstoles reunidos en el cenáculo. De nuevo
le vieron el domingo siguiente, la octava de Pascua, en
el mismo lugar, estando también el apóstol Tomás que
no había asistido a la primera aparición; después lo
vieron en Galilea y la última vez en Jerusalén el día
de la Ascensión. Si los apóstoles no vieron a
Jesucristo resucitado, predicando su resurrección
mintieron por uno de estos tres motivos: o por interés
material, o por gloria, o por amor. Si podemos excluir
estas tres posibilidades nos será lícito concluir,
lógicamente, que su fe en la resurrección de Jesús
solamente se pudo fundar en la realidad de los hechos.
La primera es muy fácil
de excluir, porque esa fe no les trajo más que odios,
martirio y persecuciones.
La segunda también porque
al reconocer a Jesús como al Mesías, renunciaban a un
ideal político que todo el pueblo judío esperaba.
La tercera, que es la
única que hoy en día toman en cuenta los
investigadores, no tiene fundamento en el plano
histórico. La sencillez misma con que está descrita en
los evangelios, es prueba de la ausencia de la fantasía.
Si la Resurrección de Jesús y sus apariciones fueran
producto de la fantasía, éstas no serían tan contadas
(sólo seis), su número tendría que ser mucho mayor.
Tampoco se puede afirmar
que la Resurrección y las apariciones posteriores se
deban a alucinaciones de los apóstoles. A nivel
psicológico, es casi imposible que una persona en el
estado de depresión, de desaliento y de pesimismo en que
estaban los discípulos después de la muerte de Jesús,
pueda sufrir alucinaciones. Para esto es necesario que el
sujeto se encuentre en estado de exaltación y sólo
prescindiendo del valor histórico de los evangelios se
podría afirmar que éste era el estado de los
apóstoles. Si, además, se prescindiera del tiempo que
siguieron predicando los apóstoles, éstas se habrían
esfumado fácilmente con las primeras dificultades y
persecuciones.
Dentro de las narraciones
de la Resurrección existen algunas contradicciones, pero
si éstas se analizan, se llega a la conclusión que las
hay sólo en lo accidental, pero no en lo fundamental,
que es que Cristo resucitó al tercer día. Lo que varía
es la hora, quienes estaban presentes, al descubrimiento,
etc.
Aún mayor valor que el
testimonio de los evangelios, está el de San Pablo, que
hacia el año 55, apenas veinte años después de la
muerte de Jesús, escribe a los Corintios para aclararles
algunos errores, entre ellos el de no creer en la
Resurrección de los cuerpos. Les hace ver que o se cree
en la Resurrección de Cristo, y entonces hay que admitir
la de los cuerpos, o se niega ésta y entonces hay que
rechazar también la de Cristo, y acaba por afirmar que
"si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe" (I
Cor. 15, 1-20).
San Pablo es un testigo
bien informado, instruido por testigos oculares, no
había sido discípulo sino enemigo de los seguidores de
Cristo y, por consiguiente, un testigo crítico, sereno y
reflexivo. Podemos confiar en un hombre que sufrió tanto
por su fe, pensando también que si Cristo no resucitó
sus sufrimientos habrían sido inútiles.
La confirmación sobre la
realidad de la Resurrección se encuentra en la
imposibilidad experimentada por los racionalistas de
darnos una explicación admisible de la fe de los
apóstoles, en el supuesto de admitir el milagro escueto
y simple. Las teorías inventadas hoy carecen de valor.
Se trató de explicar la Resurrección como una impostura
(Reimarus), como un caso de muerte aparente (Paulus),
como un producto mitológico (Strauss), como una
alucinación (Renán), como un sincretismo (Harnack),
etc.
Con su mismo sucederse
estas teorías han demostrado su inconsistencia. Un
racionalista ha destruido y refutado la obra de los
otros. Todas las teorías inventadas hasta ahora son
hipótesis sin fundamento. La única explicación posible
es el milagro. Jesús resucitó verdaderamente como
había predicho.
Jesús resucitó; mantuvo
su promesa. Había dado como prueba de su divinidad la
Resurrección, un milagro de primer orden de cuya
trascendencia no se puede dudar. Por tanto, si resucitó,
es el Hijo de Dios; es el fundamento sólido de nuestra
fe, la base del cristianismo.
Si la Resurrección es la
prueba suprema y oficial de la divinidad de Cristo,
existen otras de no menor valor; entre éstas ocupan el
primer lugar las profecías del Antiguo Testamento. Para
la Iglesia primitiva éstas tuvieron un enorme valor,
pues era la mejor manera de probar a los judíos que
Jesús era el Mesías. El mismo Jesús usó este método
en sus discusiones con los fariseos: "Escudriñad
las Escrituras ya que en ellas esperáis tener la vida
eterna; ellas testifican de mí" (Jn. 5, 39).
El pueblo hebreo tenía, y
aún conserva, la Biblia, colección de libros escritos
en tiempos y lugares diversos, completa ya en el siglo
tercero antes de Jesucristo, cuando fue traducida al
griego por un grupo de sabios alejandrinos. Aunque cada
libro estaba escrito por un autor determinado, los
hebreos atribuían su origen a Dios y los citaban sin
distinción con la expresión general: "dice la
Escritura". Para ellos la Escritura era un libro
inspirado, es decir, escrito por autores humanos bajo el
influjo inmediato de Dios que se servía de ellos para
comunicar a los hombres su palabra. Junto a este valor
sagrado, la Biblia era la fuente principal de la historia
hebrea, donde estaban registrados los privilegios
excepcionales concedidos por Dios al pueblo elegido; la
historia de los patriarcas, de los reyes, de los profetas
que en el curso de los siglos habían guiado a Israel al
cumplimiento de la misión confiada por Dios. La Biblia
destaca claramente entre otros textos religiosos de la
antigüedad por la pureza de su monoteísmo y la
exquisitez de su moral.
Otro aspecto único del
Antiguo Testamento es el mesianismo, la expectativa de un
enviado del cielo que vendría a iniciar una nueva época
en las relaciones de Dios con la humanidad. A través de
la Escritura la personalidad del Mesías se va delineando
cada vez más claramente para permitir que el pueblo
elegido lo pueda reconocer en el momento en que aparezca
en el mundo.
Los profetas describen al
Mesías así:
a) FAMILIA: Será un hijo
de Adán y vendrá a reparar el pecado de desobediencia
que ellos cometieron en el paraíso terrenal (Gen. 3,
15); será descendiente también de Abraham (22,16), de
Isaac (26, 4), de Jacob (28,14), de Judá (49, 8-10), de
David (II Sam. 7, 11-13).
b) TIEMPO EN QUE NACERA:
Vendrá antes que el cetro de Judá pase a otros pueblos
(Gen. 49, 8-10), antes de la destrucción del templo (Ag.
2, 7-8). El profeta Daniel lo determina con precisión,
ya que su profecía coincidió con la época de Jesús
cuando la expectativa del Mesías era general (Dan. 9,
24-27). Esto también lo afirman Flavio Josefo (Guerra
Judía, V,13), Suetonio (Vespasiano 4), Tácito
(Historia, V, 13).
c) LA MADRE: Nacerá de
una virgen (Is. 7,14), pero, aunque nazca de una virgen,
fue engendrado en el seno mismo de Dios antes que
existiese la luz (Sal. 109, 3).
d) LUGAR DE NACIMIENTO: En
Belén de Judá (Miq. 5, 2).
e) EL PRECURSOR: Juan el
Bautista. El Mesías tendrá un precursor (Mal. 3,1); que
predicará a lo largo de la ribera del Jordán, en la
región de Galilea (Is. 9, 12).
f) SU VIDA:
- Maestro y profeta
(Deut. 18, 15).
- Legislador y portador
de una nueva alianza entre Dios y los hombres
(Is. 55, 3-4).
- Sacerdote víctima
(Is. 52, 15; 53). Manso y humilde (Is. 11, 1-5).
- Salvador de la
humanidad y piedra de escándalo (Is. 8, 14).
- Sobre él reposará
el espíritu del Señor (Is. 11, 2).
- Poderoso en milagros
(Is. 35, 4-6).
- Entrará triunfante
en Jerusalén (Zac. 9,9).
g) PASION Y MUERTE:
Vendido por treinta monedas (Zac. 11, 12); flagelado y
escupido en el rostro (Is. 50, 6); taladradas las manos y
el costado (Sal. 21, 17-18); le darán hiel como bebida
(Sal. 68, 22); burlado (Sal. 21, 8-9); sortearán sus
vestidos (Sal. 21, 19); lo crucificarán (Zac. 12, 10);
su cuerpo no estará sujeto a la corrupción (Sal. 15,
9-11); tendrá un sepulcro glorioso (Is. 53, 9); se
sentará a la derecha de Dios (Sal. 109, 1).
h) PROFECIAS DEL REINO:
Preanuncian el principio de una nueva alianza entre Dios
y el hombre, suplantando la antigua entre Dios e Israel
(Dan. 9, 24-27); comenzará en Jerusalén (Miq. 4, 2);
representará la victoria del monoteísmo (Zac. 13,2; Is.
2, 2-4; Miq. 4, 1-5); no se limitará sólo al pueblo
hebreo, sino que será universal (Is. 11,10; 49,6; Mal.1,
11); será un reino espiritual (Sal. 71,7; Is. 4, 2-6;
Dan. 7, 27); con sacerdotes y maestros por todo el mundo
(Is. 66, 21; Jer. 3, 15); con un sacrificio universal
(Mal. 1 11); y, por último, aniquilará las potencias
adversas (Sal. 2, 1-4; Is. 54, 17; Dan. 2, 44).
Todas estas profecías se
encuentran en los libros escritos tres siglos antes de
Cristo.
Basta con abrir los
evangelios para saber que todas las profecías se
cumplieron en Cristo. Jesús es de la familia de David
(Mt. 1,18-23), nació de una virgen (Lc. 1, 27), en
Belén de Judá (2, 4-7), tuvo un precursor que fue Juan
Bautista (Jn. 1, 15), realizó milagros de todo género
(Mt. 11, 5 ss.). Todas las profecías de su pasión se
cumplieron a la letra, y lo mismo sucedió con las
profecías de su Reino.
Durante su vida Jesús es
perfectamente consciente de ser el objeto y realizar las
profecías del Antiguo Testamento. Al leer algunos
versículos de Isaías en la sinagoga de Nazaret, afirma:
"Hoy se está cumpliendo ante vosotros esta
escritura" (Lc. 4, 21). A los fariseos que rehusan
creer en El, les dice: "Escudriñad las Escrituras
ya que en ellas esperáis tener la vida eterna; ellas
testifican de mí" (Jn. 5, 39). El evangelista Mateo
se propone en su evangelio demostrar la mesianidad de
Jesús basándose en las profecías del Antiguo
Testamento. Algunos racionalistas tratan de probar que
Jesús se trató de acomodar a las profecías, pero esto
es imposible en cuanto que el cumplimiento de muchas de
ellas no podía depender de ningún modo de su voluntad,
como la concepción virginal, el nacimiento en Belén, la
traición por treinta monedas, la crucifixión, la
resurrección, la incredulidad de los judíos y la
conversión de los paganos. Sobre todo, ¿cómo podría
un simple hombre obrar milagros para adaptarse a las
profecías?
Las profecías no pueden
ser únicamente simples aspiraciones del hombre, son
demasiado determinadas y concretas. Sólo Dios pudo dar a
conocer a los profetas lo que predijeron de Cristo,
porque solamente Dios conoce el futuro libre.
Jesús no solamente fue
objeto de profecías, sino también sujeto, El mismo es
un profeta. Predijo su propia pasión y muerte
(Mt.16,21-23), la traición de Judas (Mt. 26, 21-25), la
triple negación de Pedro (26, 30-35) y su martirio (Jn.
21, 18-19), la gloria de la Magdalena (Mt. 26, 13), la
huida de los discípulos durante la Pasión (26, 31), las
persecuciones que padecerían después de su muerte (10,
17-23; Mc. 13, 9-13), los milagros que harían en su
nombre (16, 17). Predijo además la conversión de los
paganos (Mt.8, 11), la predicación del evangelio en todo
el mundo (24, 14), la permanencia de la Iglesia hasta el
fin de los siglos (28, 20), la aparición en su seno de
herejías y separaciones (7, 15-22), la destrucción de
Jerusalén (24, 1 ss.). Todas estas profecías se
realizaron con exactitud.
Jesús no domina solamente
el futuro, también el presente. Adivina lo que está en
la mente y en el corazón de los que le rodean. Conoce
toda la vida de la samaritana en los detalles más
íntimos (Jn. 4, 18 ss.); sin conocer a Natanael sabe que
es un israelita sincero (Jn. 1,47-51); penetra el
pensamiento de escribas y fariseos (Mt. 9, 4-7; 12,
25-27; Lc. 6, 7-8); intuye los pensamientos de Simón el
fariseo que murmura en su corazón contra la pecadora
(Lc. 7, 39 ss.).
Así, llegamos de nuevo a
la misma conclusión: Jesús es el Hijo de Dios. A los
milagros físicos obrados en la naturaleza, y a la
resurrección de su cuerpo, viene a unirse el milagro
intelectual de las profecías. Jesús domina el pasado,
el presente y el futuro.
Solamente el Hijo de Dios
puede tener estos poderes divinos. Si el cristianismo no
tiene parangón en la evolución religiosa humana, si la
figura de Cristo no se le puede comparar ni remotamente
con la de cualquier otro personaje histórico, se debe a
su naturaleza divina.
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