El tema del corazón contrito, de la conversión del corazón es el tema que
debería de recorrer nuestra Cuaresma. Es el tema que debería recorrer toda
nuestra preparación para la Pascua. La liturgia nos insiste que son importantes
las formas externas, pero más importantes son los contenidos del corazón. La
Iglesia nos pide en este tiempo de Cuaresma, que tengamos una serie de formas
externas que manifiesten al mundo lo que hay en nuestro corazón, y nos pide que
el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo hagamos ayuno, y que todos los viernes
de Cuaresma sacrifiquemos el comer carne. Pero esta forma externa no puede ir
sola, necesita para tener valor, ir acompañada con un corazón también pleno.
El profeta Isaías veía con mucha claridad: “¿es lo que Yo busco: que inclines tu
cabeza como un junco, que te acuestes en fango y ceniza?” Dios Nuestro Señor lo
que busca en cada uno de nosotros es la conversión interna, que cuando se
realiza, se manifiesta en obras, que cuando se lleva a cabo, tiene que brillar
hacia fuera; pero no es solamente lo externo. De qué poco serviría haber
manchado nuestras cabezas de ceniza, si nuestro corazón no está también
volviéndose ante Dios Nuestro Señor. De qué poco nos serviría que no tomásemos
carne en todos los viernes de Cuaresma, si nuestro corazón está cerrado a Dios
Nuestro Señor.
La dimensión interior, que el profeta reclama, Nuestro Señor la toma y la pone
en una dimensión sumamente hermosa, cuando le preguntan: ¿Por qué ustedes no
ayunan y sin embargo los discípulos de Juan y nosotros si ayunamos? Y Jesús
responde usando una parábola: “¿Pueden los amigos del esposo ayunar mientras
está el esposo con ellos?” Jesús lo que hace es ponerse a sí mismo como el
esposo. En el fondo retoma el tema bíblico tan importante de Dios como esposo de
Israel, el que espera el don total de Israel hacia Él.
Esta condición interior, el esfuerzo por que el pueblo de Israel penetre desde
las formalidades externas a la dimensión interna, es lo que Nuestro Señor busca.
El ayuno que Él busca es el del corazón, la conversión que Él busca es la del
corazón y siempre que nos enfrentemos a esta dimensión de la conversión del
corazón nos estamos enfrentando a algo muchas veces no se ve tan fácilmente; a
algo que muchas veces no se puede medir, pero a algo que no podemos prescindir
en nuestra vida. ¿Quién puede palpar el amor de un esposo a su esposa? ¿Quién
puede medir el amor de un esposo a su esposa? ¿Cómo se palpa, cómo se mide?
¿Solamente por las formas externas? No. Hay una dimensión interior en el amor
esponsal del cual Jesucristo se pone a sí mismo como el modelo. Hay una
dimensión que no se puede tocar, pero que es también imprescindible en nuestra
conversión del corazón. Tenemos que ser capaces de encontrar esa dimensión
interior, una dimensión que nos lleva profundamente a descubrir si nuestra
voluntad está o no entregada, ofrecida, dada como la esposa al esposo, como el
esposo a la esposa, a Dios, Nuestro Señor.
La conversión no es simplemente obras de penitencia. La conversión es el cambio
del corazón, es hacer que mi corazón, que hasta el momento pensaba, amaba,
optaba, se decidía por unos valores, unos principios, unos criterios, empiece a
optar y decidirse como primer principio, como primer criterio, por el esposo del
alma que es Jesucristo.
Sólo cuando llega el corazón a tocar la dimensión interior se realiza, como dice
el profeta, que “Tu luz surgirá como la aurora y cicatrizarán de prisa tus
heridas, se abrirá camino la justicia y la gloria del Señor cerrará tu mancha”.
Entonces, casi como quien ve el sol, casi como quien no es capaz de distinguir
la fuente de luz que la origina, así será en nosotros la caridad, la humildad,
la entrega, la conversión, la fidelidad y tantas y tantas cosas, porque van a
brotar de un corazón que auténticamente se ha vuelto, se ha dirigido y mira al
Señor.
Este es el corazón contrito, esto es lo que busca el Señor que cada uno de
nosotros en esta Cuaresma, que seamos capaces en nuestro interior, en lo más
profundo, de llegar a abrirnos a Dios, a ofrecernos a Dios, de no permitir que
haya todavía cuartos cerrados, cuartos sellados a los cuales el Señor no puede
entrar, porque es visita y no esposo, porque es huésped y no esposo. El esposo
entra a todas partes. La esposa en la casa entra a todas partes. Solamente al
huésped, a la visita se le impide entrar en ciertas recámaras, en ciertos
lugares.
Esta es la conversión del corazón: dejar que realmente Él llegue a entrar en
todos los lugares de nuestro corazón. Convertirse a Dios es volverse a Dios y
descubrirlo como Él es. Convertirse a Dios es descubrir a Dios como esposo de la
vida, como Aquél que se me da totalmente en infinito amor y como Aquél al cual
yo tengo que darme totalmente también en amor total.
¿Es esto lo que hay en nuestro corazón al inicio de esta Cuaresma? ¿O quizá
nuestra Cuaresma está todavía encerrada en formulismos, en estructuras que son
necesarias, pero que por sí solas no valen nada? ¿O quizá nuestra Cuaresma está
todavía encerrada en criterios que acaban entreteniendo al alma? Al huésped se
le puede tener contento simplemente con traerle un café y unas galletas, pero al
esposo o a la esposa no se le puede contentar simplemente con una formalidad. Al
esposo o la esposa hay que darle el corazón.
Que la Eucaristía en nuestra alma sea la luz que examina, que escruta, que ve
todos y cada uno de los rincones de nuestra alma, para que, junto con el esposo
sea capaz de descubrir dónde todavía mi entrega es de huésped y no de esposo.
Pidamos esta gracia a Jesucristo para que nuestra Cuaresma sea una Cuaresma de
encuentro, de cercanía de profundidad en la conversión de nuestro corazón.