CONSTITUCION PASTORAL GAUDIUM ET SPES

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CONSTITUCION PASTORAL GAUDIUM ET SPES

SOBRE LA IGLESIA Y EL  UNDO DE HOY[1]

PROEMIO

 

 

EXPOSICION PRELIMINAR: CONDICION DEL HOMBRE EN EL MUNDO MODERNO

 

PRIMERA PARTE: LA DIGNIDAD Y LA VOCACION DEL HOMBRE

 

Capítulo I: LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

 

Capitulo II: LA COMUNIDAD DE HOMBRES

 

Capítulo III: SENTIDO DE LA ACTIVIDAD HUMANA EN EL MUNDO

 

Capítulo IV: FUNCION DE LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL

 

SEGUNDA PARTE: ALGUNOS PROBLEMAS MAS URGENTES  -  PROEMIO

 

Capítulo I: PROTECCION DE LA DIGNIDAD DEL MATRIMONIO Y DE LA FAMILIA

 

Capitulo II: PROGRESO DE LA CULTURA

 

Sección Primera: CONDICIONES DE LA CULTURA EN EL MUNDO DE HOY1

 

Sección Segunda: ALGUNOS PRINCIPIOS RELATIVOS A LA PROMOCION DE LA CULTURA

 

Sección Tercera: ALGUNAS OBLIGACIONES MAS URGENTES DE LOS CRISTIANOS RESPECTO A LA CULTURA

 

Capitulo III: LA VIDA ECONOMICO-SOCIAL

 

Sección Primera: DESARROLLO ECONOMICO

 

Sección Segunda: ALGUNOS DE LOS PRINCIPIOS QUE RIGEN EL CONJUNTO DE LA VIDA ECONOMICO-SOCIAL

 

Capítulo IV: LA VIDA DE LA COMUNIDAD POLITICA

 

Capítulo V: LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCION DE LA PAZ

 

Sección Primera: SE HA DE EVITAR LA GUERRA

 

Sección Segunda: EDIFICACION DE LA COMUNIDAD INTERNACIONAL

 

CONCLUSION

 

 

 

Unión de la Iglesia con la familia humana universal

 

1. El gozo y la esperanza, las lágrimas y angustias del hombre de nuestros días, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza, lágrimas y angustias de los discípulos de Cristo, y nada hay de verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón. La comunidad que ellos forman está compuesta de hombres, que reunidos en Cristo, son dirigidos por el Espíritu Santo en su peregrinación hacia el reino del Padre, y han recibido el mensaje de la salvación para proponerlo a todos. De ahí la experiencia vital que la hace sentir, y ser en realidad, íntimamente solidaria con la humanidad y con su historia.

 

Destinatarios de la palabra conciliar

 

2. Por eso el Concilio Vaticano II, después de haber investigado más profundamente el misterio de la Iglesia, ya no se dirige sólo a los hijos de ella y a quienes invocan el nombre de Cristo, sino, sin vacilación, a la humanidad entera, deseosa de exponer a todos la manera que tiene la Iglesia de concebir su propia presencia y actividad en el mundo de hoy.

 

Tiene presente, por consiguiente, al mundo de los hombres, es decir, a la universal familia humana con todo cuanto la rodea; al mundo como teatro de la historia del género humano, marcado por la importancia de su laboriosidad, de sus fracasos y de sus victorias; un mundo, como lo ven los que creen en Cristo, fundado y conservado por el amor de un Creador, puesto, ciertamente, bajo la esclavitud del pecado, pero liberado por Cristo, quien con su crucifixión y resurrección quebrantó el poder del maligno para transformar el mundo según el designio divino y hacerle llegar a su consumación.

 

Al servicio del hombre

 

3. Hoy el hombre, aunque engreído como está por la euforia y admiración de sus propias conquistas y del propio poder, se plantea, sin embargo, con frecuencia los angustiosos problemas de la actual evolución del mundo, de su propio papel y cometido en el universo, del sentido de su esfuerzo individual y colectivo, del último fin de los hombres y de las cosas. Por eso el Concilio, como testigo y portavoz de la fe de todo el pueblo de Dios congregado por Cristo, no encuentra manera más elocuente de exponer la solidaridad de este pueblo de Dios y su respeto y amor a toda la familia humana -de la que forma parte-, sino entablando con ella un diálogo sobre esa misma variedad de problemas, aportando a ellos la luz que toma del Evangelio y poniendo al servicio de la humanidad las fuerzas de salvación que la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, recibe de su Fundador. Es la persona humana la que se ha de salvar y es la sociedad humana la que se ha de construir. Por consiguiente, será el hombre el eje de toda esta explanación: el hombre concreto y total, con cuerpo y alma, con corazón y conciencia, con inteligencia y voluntad.

 

Por tanto, esta Sagrado Concilio, al proclamar la excelsa vocación del hombre y afirmar la presencia en él de un cierto germen divino, ofrece a todo el género humano la sincera cooperación de la Iglesia para forjar la fraternidad universal que corresponde a esta vocación. Sin ninguna ambición terrena, una sola cosa pretende la Iglesia: continuar, bajo la guía del Espíritu Paráclito, la obra del mismo Cristo, que vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir, no para ser servido.[2]

 

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EXPOSICION PRELIMINAR

CONDICION DEL HOMBRE EN EL MUNDO MODERNO

 

Esperanzas y temores

 

4. Para realizar este cometido pesa sobre la Iglesia, ya desde siempre, el deber de escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio; solo así podrá responder, en la forma que cuadre a cada generación, a los perennes interrogantes humanos sobre el sentido de la vida presente y futura, y sobre la mutua relación entre una y otra. Es, por consiguiente, oportuno que se conozcan y entiendan el mundo en que vivimos y sus esperanzas, sus aspiraciones, su modo de ser, frecuentemente dramático. Pues bien, algunas características más destacadas del mundo de hoy se pueden esbozar del modo siguiente:

 

Hoy el género humano se encuentra en una nueva era de su historia, caracterizada por la gradual expansión, a nivel mundial, de cambios rápidos y profundos. Estos cambios, nacidos de la inteligencia y del trabajo creador del hombre, recaen sobre el mismo hombre, sobre sus juicios y deseos, individuales y colectivos, sobre su modo de pensar y reaccionar ante las cosas y los hombres. De ahí que podamos hoy hablar de una auténtica transformación social y cultural, que influye también en su vida religiosa.

 

Esta metamorfosis, como sucede en toda crisis de cren aún naciendo nuevas formas de esclavitud social y síquica. Mientras el mundo siente con tanta viveza su propia unidad y la dependencia de unos respecto a otros, dentro de la necesaria solidaridad, se encuentra gravísimamente solicitado hacia opuestas direcciones por fuerzas antagónicas, ya que atroces discordias políticas, sociales, económicas, raciales e ideológicas todavía persisten y no ha desaparecido aún el peligro de una guerra capaz de destruirlo todo desde sus cimientos. Mientras aumenta el intercambio de ideas, los vocablos bastante diversos, según las diversas ideologías. Finalmente, se está buscando ansiosamente un más perfecto orden de lo temporal, y no se logra que progrese paralelamente el desarrollo espiritual.

 

Muchos de nuestros contemporáneos, impresionados por la complejidad de tantos factores, encuentran en ella un obstáculo para reconocer la verdad de los valores perennes y organizarlos sistemáticamente con las nuevas conquistas; de ahí que, zarandeados entre angustias y esperanzas, se ven atormentados por la inquietud, preguntándose a sí mismos sobre al evolución actual del mundo; pero ésta desafía al hombre, mejor dicho, le obliga a dar una respuesta.

 

Cambios profundos

 

5. La turbación actual de los espíritus y la transformación de las condiciones de vida están vinculadas a una evolución más amplia, que tiende a conceder un peso más determinante, en la formación de los espíritus, a las ciencias matemáticas, naturales o humanas; y en la acción, a la técnica que emana de aquellas ciencias. Este espíritu científico modifica profundamente el ambiente cultural y las maneras de pensar de los hombres. La técnica hace tales progresos que está a punto de transformar la faz de la tierra con la aspiración a la conquista de los espacios interplanetarios.

 

El entendimiento humano dilata ya también su imperio, en cierto modo, incluso sobre el tiempo: sobre el pasado, por el conocimiento de la historia; sobre el futuro, con las prospecciones y la planificación. Los progresos de las ciencias biológicas, sicológicas, sociales permiten al hombre no sólo conocerse mejor, sino que incluso le ayudan para que influya directamente en la vida de las sociedades, por el uso de una metodología técnica. Al mismo tiempo, acude cada día más en el género humano la idea de planificar sistemáticamente la propia expansión demográfica.

 

La historia misma empieza a experimentar tal aceleración, que ya se le hace difícil al hombre, tomado de uno a uno, el seguirla. Y la colectividad humana corre en bloque una misma suerte, que ya no se diversifica en varias historias separadas. El género humano pasa así de una concepción más bien estática del orden cósmico, a otra más dinámica y evolutiva: de donde surge una grande complejidad de problemas que desafían la búsqueda de nuevos análisis y de nuevas síntesis.

 

Cambios en el orden social

 

6. Por lo mismo son cada día más profundos los cambios que se producen en las comunidades locales tradicionales, como son las familias patriarcales, clan, tribu, aldea, asociaciones de múltiple forma o relaciones establecidas por la convivencia social.

 

El tipo de sociedad industrial tiende, poco a poco a predominar arrastrando a algunos países a una economía de opulencia y transformando radicalmente ancestrales concepciones y condiciones de vida social. De una manera análoga, el tipo de civilización urbana y el afán por entrar en ella sigue en incesante progreso ya sea por la dilatación de las ciudades o por el incremento de su población, ya por el movimiento que traslada los modos de vivir de la ciudad hasta las zonas rurales.

 

Los nuevos medios de comunicación social, cada vez más perfeccionados, contribuyen al conocimiento de las realidades y a una rápida y universal expansión de ideas y sentimientos.

 

Y no se debe minimizar la importancia del fenómeno que obliga a tantos hombres, por varios motivos, a emigrar y a cambiar modos de vida.

 

Así las relaciones del hombre con sus semejantes se multiplican sin cesar, y, a su vez, la misma socialización acarrea nuevas relaciones, sin la contrapartida de una provisional madurez de la persona y de un carácter verdaderamente personal en las relaciones (personalización).

 

Esta evolución se hace más evidente en las naciones que ya se benefician de las ventajas del progreso económico y técnico; pero también actúa en los pueblos en vías de desarrollo, que aspiran a obtener para sí las ventajas de la industrialización y de la urbanización. Estos pueblos sobre todo los de más antiguas tradiciones, sienten al mismo tiempo, el impulso hacia un ejercicio más maduro y más personal de la libertad.

 

Cambios sicológicos, morales y religiosos.

 

7. El cambio de mentalidades y de estructuras plantea, frecuentemente, la revisión de todo lo que hasta ahora se consideraba un bien; esto se nota particularmente entre los jóvenes, que más de una vez muestran su impaciencia o incluso llegan a rebelarse en su inquietud: consciente de su importancia en la vida social quieren cuanto antes tomar en ella su propio papel; de ahí que, con no poca frecuencia, padres y educadores se daban enfrentar cada día con mayores dificultades en el cumplimiento de sus deberes.

 

Las instituciones, las leyes, los modos de pensar y sentir heredados del pasado, ya no siempre parecen adaptarse bien al actual estado de cosas; de ahí, una grave confusión en los comportamientos y aun en las reglas de conducta.

 

Las nuevas condiciones, finalmente ejercen su influjo sobre la vida religiosa: por una parte, el espíritu crítico, ya más agudizado, la purifica de la concepción mágica el mundo y de las vivencias supersticiosas, y exige cada día más una adhesión verdaderamente personal y más activa de la fe; de ahí el resultado de que sean numerosos los que alcanzan un sentido más vivaz de Dios. Pero, por otro lado, crece de día en día el fenómeno de masas que, prácticamente, se desentienden de la religión: la negación de Dios o de la religión, o simplemente el desentenderse de estos valores, no son ya, como en otros tiempos, un fenómeno infrecuente o individual, ya que hoy no es raro ver presentada esta actitud como exigencia del progreso científico y del nuevo humanismo: en numerosas regiones la negación de Dios se encuentra no solo expresada en niveles filosóficos, sino que inspira ampliamente la literatura, las artes, la interpretación de las ciencias humanas y de la historia, la legislación civil: de ahí la perplejidad de muchos.

 

Desequilibrios del mundo moderno

 

8. Una tan rápida evolución, que avanza casi siempre en modo desordenado, y con ella la conciencia moderna, más sensible a las discrepancias que se advierten en el mundo, engendran y acrecientan contradicciones y desequilibrios.

 

Desequilibrio frecuentísimo en el interior de la persona, entre la inteligencia práctica, moderna, y una forma de conocimiento teórico que no llega a dominar la suma de las nociones ni a ordenarlas en síntesis satisfactorias. Desequilibrio entre la preocupación por la eficiencia práctica y las exigencias de una conciencia moral: incluso muchas veces, entre las condiciones colectivas de la vida y las exigencias de un pensamiento personal o incluso la sed de contemplación. Desequilibrio, por fin, entre la actividad humana, frecuentemente especializada, y una concepción global del mundo.

 

Surgen también discrepancias en la familia, debidas o a presiones de las condiciones demográficas, económicas y sociales, o a los conflictos entre generaciones que se van dando el relevo, o a las nuevas formas de relación social entre hombre y mujer.

 

Surgen también discrepancias en la familia, debidas o a presiones de las condiciones demográficas, económicas y sociales, o a los conflictos entre generaciones que se van dando el relevo, o a las nuevas formas de relación social entre hombre y mujer.

 

Nacen discrepancias no menos enormes entre las diversas razas, y, más todavía, entre las categorías sociales de diverso género y entre los países ricos y las naciones menos capaces y pobres; finalmente, choques entre instituciones internacionales creadas por un deseo de paz entre los pueblos y proselitismo con que se difunden en el seno de las naciones o de otras agrupaciones. De ahí la mutua desconfianza y enemistad, los conflictos y sinsabores de los que el hombre resulta, a la vez, causa y víctima.

 

Aspiraciones más universales de la humanidad

 

9. Entre tanto se afianza la convicción de que no solo puede y debe el género humano asegurar cada día más un dominio sobre las causas, sino que a él corresponde, además, establecer un orden político, social y económico que esté cada vez más al servicio del hombre y le ayude, como individuo y como grupo, a afirmar y cultivar la dignidad que le es propia.

 

De ahí las insistentes reivindicaciones de muchísimos por unos bienes de los que, con una conciencia tan viva, se consideran privados por una injusticia social o por una distribución no equitativa. Las naciones que están en vías de desarrollo, lo mismo que las que han obtenido una reciente independencia, quieren participar en los beneficios de la civilización moderna no solo en el mapa político, sino también en el económico, y representar libremente su papel en el mundo; a pesar de todo, se acrecienta de día en día su distancia, y en la mayoría de los casos, también paralelamente su dependencia incluso económica, respecto a las naciones ricas que progresan más rápidamente. Los pueblos que padecen hambre reclaman a los pueblos más opulentos. La mujer, allí donde no la ha conseguido todavía, reclama la igualdad de hecho y de derecho con el hombre. Los trabajadores y campesinos desean que su trabajo les sirva no solo para ganarse la vida, sino aún para desarrollar su personalidad y participar en la organización de la vida económica, social, política y cultural. Por primera vez en la historia, la humanidad entera ha llegado a la persuasión de que los beneficios de la civilización pueden y deben extenderse realmente a todos los pueblos.

 

Tras todas estas exigencias se oculta una aspiración más profunda y universal: el individuo y el grupo están sedientos de una vida plena y libre, digna del hombre, dispuestos a someter a su propio servicio todo lo que el mundo de hoy les puede ofrecer en tan gran abundancia. Y las naciones, por su parte, hacen cada día más enérgicos esfuerzos por forjar una comunidad universal.

 

Así el mundo moderno aparece, a la vez, como poderoso y como débil, capaz de lo mejor y de lo peor, con tal de poder optar entre la libertad y la servidumbre, entre el progreso y el retroceso, entre la fraternidad y el odio. El hombre se está además, haciendo consciente de que le toca a él dirigir rectamente las fuerzas que él mismo ha desencadenado y que pueden oprimirle o servirle. De ahí su gran interrogante.

 

Los interrogantes del hombre

 

10. En realidad, los desequilibrios que aquejan al mundo de hoy están estrechamente relacionados con aquel otro más fundamental, que tiene sus raíces en el corazón del hombre, pues es en el hombre mismo donde muchos elementos están en lucha. Mientras por un lado, como creatura que es, experimenta una múltiple limitación, por otro lado el sentimiento de su capacidad de desear le muestra que es un ser ilimitado y que está llamado a una vida superior. Atraído por tantas solicitaciones se ve obligado a hacer una continua elección entre ellas y a renunciar a muchas posibilidades. Más aún, débil y pecador, no es raro que haga lo que no quiere y que no haga lo que quisiera hacer3 Por consiguiente sufre una división dentro de sí mismo, de la que también dimanan tantas y tan graves discordias en la sociedad. Es verdad que muchísimos, cuya vida está infectada por un materialismo práctico, están lejos de advertir con claridad este su estado dramático, porque la miseria que los oprime les impide prestarle atención. Muchos creen encontrar su descanso en una interpretación de las cosas que se les propone en infinidad de maneras. Otros esperan la auténtica y total liberación del hombre sobre la tierra saciará todos los deseos de su corazón. No faltan quienes, sin esperar nada del sentido de la vida, alaban la actitud audaz de aquellos que, considerando la existencia humana como totalmente desprovista de significado, se esfuerzan por dárselo ellos con los solos hallazgos de su propio ingenio. Con todo, ante la actual evolución del mundo va siendo cada vez más nutrido el número de los que o plantean o al menos advierten con una sensibilidad nueva la gran problemática trascendental: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que a pesar de tan grandes progresos, subsisten todavía? ¿Para qué aquellas victorias, obtenidas a tan caro precio? ¿Qué puede el hombre dar a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué vendrá detrás de esta vida terrestre?

 

Pues bien, la Iglesia cree firmemente que Cristo, muerto y resucitado por todos[3] , ofrece al hombre, por su Espíritu, luz y fuerzas que le permitan responder a su altísima vocación, y que no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en el que deban salvarse[4] . Cree, asimismo, que en su Señor y Maestro se encuentra la clave, el centro y el fin de toda la historia humana. Sostiene, además, la Iglesia que, bajo todas estas transformaciones, queda mucho de inmutable, lo que tiene su fundamento último en Cristo, que existe hoy como ayer, y seguirá siendo el mismo durante todos los siglos[5] . Por eso el Concilio, para ilustrar el misterio del hombre y para ayudar a descubrir la solución de los principales problemas de nuestro tiempo, pretende hablar a todos bajo la luz de Cristo, imagen de Dios invisible y primogénito de toda la creación[6] .

 

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PRIMERA PARTE

LA DIGNIDAD Y LA VOCACION DEL HOMBRE

 

11. El pueblo de Dios movido por su fe de que el Espíritu del Señor, que llena el Universo, lo guía en los acontecimientos, en las exigencias y en los deseos que le son comunes con los demás hombres de nuestro tiempo, se esfuerza por ver con claridad cuáles son en todo eso las señales de la presencia o de los designios de Dios. La fe se lo ilumina todo con una nueva luz y le manifiesta el divino propósito sobre la vocación integral del hombre: por eso dirige su inteligencia hacia soluciones plenamente humanas.

 

El Concilio pretende emitir su juicio bajo esta luz sobre los valores que hoy se consideran fundamentales y poner de manifiesto su relación con la fuente divina, ya que estos valores, si se considera su procedencia divina a través del ingenio humano, son en sí bastante buenos, pero, por la corrupción del corazón humano no pocas veces aparecen desviados de su debido orden, de modo que necesitan purificación.

 

¿Qué siente la Iglesia por el hombre? ¿Qué recomendaciones se han de hacer para la edificación de una sociedad moderna? ¿Cuál es el significado último de la actividad humana en el mundo? Problemas como éstos son los que hoy esperan respuesta: y sólo cuando se les haya dado aparecerá con mayor evidencia la reciprocidad de servicio entre el pueblo de Dios y el género humano en que está inmerso; con eso se mostrará la misión de la Iglesia como misión religiosa y, por lo mismo, sumamente humana.

 

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Capítulo I

LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

 

 

El hombre, imagen de Dios

 

12. Creyentes e incrédulos están por lo general, de acuerdo en que todo lo que existe en la tierra se ha de ordenar hacia el hombre como hacia su centro y culminación.

 

Pero ¿qué es el hombre? El mismo se ha definido muchas veces y sigue enunciando nuevas definiciones variadas, a veces contradictorias: unas veces se exalta como la regla absoluta de todo, y otras veces se deprime hasta la desesperación; de ahí dudas y ansiedades. La Iglesia, plenamente consciente de esas contradicciones, puede ofrecer al hombre, instruida por la revelación divina, una respuesta en la que se describa su verdadera condición humana, se expliquen sus debilidades y, al mismo tiempo, se pueda reconocer rectamente su dignidad y su vocación.

Enseña la Sagrada Escritura que el hombre fue creado "a imagen de Dios", capaz de reconocer y amar a su Creador, constituido por El como señor sobre todas las creaturas[7]  para que las gobernase e hiciera uso de ellas, dando gloria a Dios[8] . "¿Qué es el hombre para que te acuerde de él, o el hijo del hombre, pues que tú lo visitas? Lo has hecho poco inferior a los ángeles, lo has coronado de gloria y honor y lo has puesto sobre las obras de tus manos. Todo lo has puesto bajo sus pies" (Sal. 8, 57).

 

Pero Dios no creó al hombre solo, ya que, desde los comienzos, "los creó varón y hembra" (Gén. 1,27), haciendo así de esta asociación de hombre y mujer, la primera forma de una comunidad de personas: el hombre, por su misma naturaleza, es un ser social, y sin la relación con los otros no puede vivir ni desarrollar sus propias cualidades.

 

Por consiguiente, Dios, como leemos también en la sagrada página, "observó todo lo que había hecho, y lo encontró muy bueno" (Gén. 1, 31).

 

 

El pecado

 

13. Pero el hombre, constituido por Dios en un estado de justicia desde el mismo comienzo de su historia abusó, sin embargo, de su libertad por persuasión del Maligno, alzándose contra Dios y pretendiendo conseguir su fin fuera de Dios.  "Conociendo a Dios, no lo glorificaron como Dios..., sino que se nubló su indocto corazón y sirvieron a la creatura más que al Creador"[9] . Y lo que conocemos por Revelación divina aparece concorde con lo que nos dice la misma experiencia, ya que el hombre, cuando examina su propio corazón, descubre también que está inclinado al mal y de su Creador, que es bueno. Al negarse, ciertamente, no pueden proceder de su Creador, que es bueno. Al negarse muchas veces a reconocer a Dios como su principio, trastorno, además, su debida ordenación a un fin último y, al mismo tiempo, dañó todo el programa trazado para sus relaciones consigo mismo, con todos los hombres y con toda la creación.

 

De ahí que el hombre esté dividido dentro de sí mismo. Por eso toda vida humana, individual o colectiva, se nos presenta como una lucha, por añadidura dramática, ente el mal y el bien, entre las tinieblas y la luz más aun, el hombre se encuentra incapacitado para resistir eficazmente por sí mismo a los ataques del mal, hasta sentirse como aherrojado con cadenas. Pero Dios vino en persona para liberar al hombre y fortalecerlo, renovándolo interiormente y arrojando fuera al "príncipe de este mundo" (Jn. 12,31), que lo tenía en la esclavitud del pecado[10] . Y el pecado ciertamente, empequeñece al hombre, alejándolo de la consecución de su propia plenitud.

 

Es, por consiguiente, en la luz de esta revelación donde la excelsa vocación del hombre y la profunda miseria que él mismo experimenta encuentra su última explicación.

 

Constitución del hombre

 

El hombre, unitario en su dualidad de cuerpo y alma es, por su condición corporal, una síntesis del universo material, de tal modo que los elementos encuentran en él su plenitud y pueden alabar libremente a su Creador[11]  ; de ahí que no esté permitido al hombre despreciar su propia vida corporal, sino que está obligado a considerar su cuerpo como bueno y digno de honor, ya que ha sido creado por Dios y ha de resucitar el último día. Sin embargo, por la herida producida por el pecadnónimo de la ciudad humana. Con su capacidad de interiorización supera la universalidad del cosmos y es capaz de tocar esas profundidades cuando mira a su corazón, donde le espera Dios,  que escruta los corazones[13] , y donde solo él puede decidir su propio destino ante los ojos de Dios. Así, pues, cuando reconoce en sí mismo la presencia de un alma espiritual e inmortal no es víctima de un falaz espejismo, procedente sólo de condiciones físicas y sociales, sino que, en realidad, toca una verdad profundísima.

 

Dignidad de la inteligencia, verdad y sabiduría

 

15. Tiene razón el hombre, partícipe de la luz de la mente divina, al creerse, por su inteligencia, superior al universo de las cosas. A fuerza de aguzar, siglo tras siglo, su propio ingenio, ha sido él quien ha creado el progreso en las ciencias empíricas y en las artes técnicas y liberales, y en la era actual ha obtenido sus grandes éxitos, sobre todo en la investigación del mundo material y en la tarea de someterlo a su imperio. Siempre, sin embargo, supo buscar y encontrar una verdad más profunda, ya que su inteligencia no se limita exclusivamente a lo fenoménico, sino que es capaz de alcanzar con verdadera certeza la realidad inteligible y eso a pesar de que, como consecuencia del pecado, se encuentra parcialmente débil y a oscuras.

 

Finalmente, la naturaleza intelectual del hombre se perfecciona y se debe perfeccionar por la sabiduría, que atrae suavemente a la mente humana hacia la búsqueda y el amor de la verdad y del bien. Guiado por ella, el hombre trasciende de lo visible a lo invisible.

 

Nuestra época, mucho más que los siglos pasados, tiene necesidad de esa sabiduría para humanizar todos los descubrimientos que el hombre va haciendo. Está en peligro el destino futuro del mundo si no se logra preparar hombres dotados de mayor sabiduría. Y nótese a este propósito que muchas  naciones, más pobres, ciertamente, que otras en recursos económicos, pero más ricas en esta sabiduría, pueden ofrecer a las demás un servicio incalculable.

 

Finalmente, por un don del Espíritu Santo, el hombre se capacita para contemplar y gustar por la fe el misterio del divino consejo[14] .

 

Dignidad de la conciencia moral

 

Finalmente, por un don del Espíritu Santo, el hombre se capacita para contemplar y gustar por la fe el misterio del divino consejo[14] .

 

Dignidad de la conciencia moral

 

16. En la profundidad de su conciencia descubre el hombre una ley que no se da él a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz suena con claridad a los oídos del corazón cuando conviene, invitándole siempre con voz apagada a amar y obrar el bien y evitar el mal: haz ésto, evita lo otro. El hombre lleva en su corazón la ley escrita por Dios, a la que su propia dignidad le obliga a obedecer y según la cual será juzgado[15]. La conciencia es como un núcleo recóndito, como un sagrario dentro del hombre, donde tiene sus citas a solas con Dios, cuya voz resuena en el interior[16]. Y gracias a la conciencia, aquella ley que se cumple en el amor de Dios y del prójimo[17] se le da a conocer de modo maravilloso. Por consiguiente, los cristianos, precisamente por la fidelidad a su conciencia, se unen a los demás hombres en la búsqueda de la verdad y de la plena solución de tantos problemas morales. De ahí que, cuanto más se impone la recta conciencia, tanto más los individuos y las comunidades se apartan del arbitrio ciego y se esfuerzan por ajustarse a las normas objetivas de la moralidad. Sin embargo, no pocas veces sucede que la conciencia yerra por ignorancia invencible, sin que por eso pierda su dignidad, lo cual no se puede decir cuando el hombre no se preocupa gran cosa por conocer la verdad y el bien, y la conciencia se pone así al borde de la ceguera por la costumbre del pecado.

 

Grandeza de la libertad

 

17. Pero el hombre no puede entregarse al bien si no dispone de su libertad: de una libertad que nuestros contemporáneos ensalzan con entusiasmo, y no sin razón. Sin embargo, muchas veces la fomentan de malas maneras como si fuera una licencia para todo lo que agrada, incluso para el mal. La auténtica libertad es una espléndida señal de la divina imagen en el hombre, ya que Dios quiso "dejar al hombre en manos de su propia decisión"[18], de modo que espontáneamente sepa buscar a su Creador y llegar libremente a la plena y feliz perfección, por la adhesión a El. Por consiguiente, la dignidad del hombre requiere que obre según una libre y consciente elección, movido e inducido personalmente desde dentro y no por impulso ciego o una mera coacción externa. Una dignidad tal la obtiene el hombre cuando, librándose de toda cautividad depravada, busca su fin en la libre elección del bien, y para ello se procura, eficazmente y con inteligentes iniciativas, las oportunas ayudas. La libertad del hombre, que ha quedado herida por el pecado, no puede hacer plenamente activa esta ordenación a Dios sino con la ayuda de la gracia divina. Y cada uno tendrá que dar cuenta ante el tribunal de Dios de su propia vida, según él mismo haya elegido obrar el bien o el mal [19].

 

Misterio de la muerte

 

18. El enigma de la condición humana alcanza su vértice en presencia de la muerte, pues lo que tortura al hombre no es solamente el dolor y la progresiva disolución de su cuerpo, sino también, y mucho más el temor de un definitivo aniquilamiento. Piensa, por consiguiente, muy bien cuando, guiado por un instinto de su razón, detesta y rechaza la hipótesis de una total ruina y de una definitiva desaparición de su personalidad. La semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia, se subleva contra la muerte, y todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no logran acallar la ansiedad del hombre: pues la prolongación de una longevidad biológica no puede satisfacer esa hambre de vida ulterior que, inneluctablemente, lleva enraizada en el corazón.

 

Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, enseñada por la divina Revelación, afirma que el hombre ha sido creado para un destino feliz, que sobrepasa las fronteras de la mísera vida terrestre. Y la fe cristiana enseña que la misma muerte corporal, de la que el hombre se hubiera librado si no hubiera cometido el pecado[20], terminará por ser vencida cuando al hombre le restituya su omnipotente y misericordioso Salvador la salvación que había perdido por su culpa. Dios llamó y llama al hombres para que, en una perpetua asociación de incorruptible vida divina, adhiera a El con la totalidad de su naturaleza. Y es victoria la consiguió Cristo resucitando a la vida y liberando al hombre de la muerte con su propia muerte[21]. La fe, por consiguiente, apoyada en sólidas razones, está en condiciones de dar a todo hombre reflexivo la respuesta al angustioso interrogante sobre su porvenir. Más aún, le ofrece la posibilidad de una comunión en Cristo con los seres queridos, arrebatados por la muerte, dilatando la esperanza de que ellos han alcanzado ya en Dios la vida verdadera.

 

Ateísmo. Formas y raíces

 

19. El fundamento esencia de la dignidad humana está en su vocación a esta comunicación con Dios. El hombre está invitado, desde que nace a un coloquio con Dios: pues no existe sino porque creado por Dios en un impulso de amor, debe su conservación a ese mismo amor, y no vive de verdad si no lo reconoce libremente y no se entrega a su Creador. Con todo, muchos de nuestros contemporáneos no perciben de ninguna manera, o incluso rechazan explícitamente esta íntima y vital unión con Dios. Esto hace que el ateísmo se deba considerar entre las más graves realidades de nuestro tiempo y se deba someter a un examen atento.

 

Con la palabra ateísmo se designan fenómenos de muy diversa índole. Unos niegan expresamente la existencia de Dios; otros se contentan con decir que el hombre no puede afirmar nada absolutamente sobre El; otros someten a examen el problema de Dios con tal método, que en la conclusión aparezca problema sin sentido. Muchos, sobrepasando indebidamente las fronteras de la ciencia positiva, sostienen que todo  se explica únicamente por esta razón científica, o, al contrario, no admiten la existencia de ninguna verdad absoluta. Hay quienes enaltecen tanto al hombre que la fe de Dios resulta enervada, ya que les interesa más al parecer, la afirmación del hombre que la negación de Dios. Los hay que se representan a Dios de tal forma que lo que ellos primero creen y luego rechazan no es, de ningún modo el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se enfrentan con el problema de Dios, como si no experimentaran la inquietud religiosa y no advirtieran por qué se deban ya ocupar de religión. Hay, además, otro ateísmo, que no pocas veces procede de una violenta protesta contra el mal que existe en el mundo, o también de cierta característica de absoluto, que indebidamente se concede a algunos bienes humanos, que para estos viene a ser como un sucedáneo de Dios. Y la misma civilización moderna, no porque ella sea así, sino porque está demasiado compenetrada con las realidades terrenas, puede hacer cada día más difícil el remontarse hacia Dios.

 

Sin género de duda, no están libres de culpa los que voluntariamente se esfuerzan por alejar a Dios de su corazón y evitar la problemática religiosa porque no siguen un dictamen de su conciencia, pero los mismos creyentes, con frecuencia, arrastran su parte de responsabilidad en este fenómeno. Porque el ateísmo considerado en su integridad, no es fruto espontáneo, sino que brota de diversas causas, entre las cuales se cuenta también una reacción crítica contra la religión en general y en particular en algunas regiones contra la religión cristiana. Por eso, en esta proliferación del ateísmo puede muy bien suceder que una parte no pequeña de la responsabilidad cargue sobre los creyentes, en cuanto que, por el descuido en educar su fe o por una exposición deficiente de la doctrina, que induce al error, o también por los efectos de su vida religiosa, moral o social, en vez de revelar el rostro auténtico de Dios y de la religión, se ha de decir que más bien lo velan.

 

20. El ateísmo moderno presenta muchas veces una apariencia de sistema que, aparte de otras razones, sabe explotar el legítimo deseo de independencia del hombre hasta hacerle sentir dificultades contra cualquier clase de dependencia respecto a Dios. Quienes profesan tal forma de ateísmo sostienen que la libertad consiste en que el hombre sea fin de sí mismo, artífice y demiurgo único de su propia historia, lo cual, sostienen que no es compatible con la afirmación de un Señor autor y fin de todas las cosas, o al menos hace superflua totalmente tal afirmación. Una doctrina así no encuentra más que ayudas en el sentido del poder que el moderno progreso técnico confiere al hombre.

 

Entre las formas del moderno ateísmo no se puede pasar por alto aquella que espera la liberación del hombre, principalmente de su liberación económica y social; sostiene que a esta liberación se opone, por su propia naturaleza, la religión, ya que, orientando la esperanza humana hacia una engañosa vida futura, podría apartarlo de la edificación de la unidad terrestre. De ahí que los promotores de tal doctrina, cuando llegan a tomar las riendas de un estado, atacan violentamente la religión, difundiendo para ello el ateísmo, por el empleo, sobre todo en la educación de los jóvenes, de esos instrumentos de presión de que hoy dispone la autoridad pública.

 

Actitud de la Iglesia ante el ateísmo

 

21. La Iglesia, fiel a Dios y fiel a los hombres, no puede menos que reprobar con dolor pero con firmeza, como ya otras veces las ha reprobado[22] , estas funestas doctrinas y estas tácticas que contradicen a la razón y a la evidencia humana universal, y rebajan al hombre de su grandeza original.

 

Con todo, se esfuerza por descubrir en la mente de los ateos las causas más recónditas de esta negación de Dios; consciente, por tanto, de la gravedad de los problemas que el ateísmo plantea, y llevada por un sentido de caridad hacia todos los hombres considera que esas causas se han de examinar con serenidad y profundidad.

 

La Iglesia sostiene que el reconocimiento de Dios no se opone, en ninguna manera, a la dignidad del hombre, ya que esta dignidad se funda y se perfecciona en el mismo Dios, ya que el hombre aparece en la sociedad como ser inteligente y libre por un acto de Dios Creador, pero, sobre todo, es invitado como hijo a la comunión con Dios y a tomar parte en su felicidad. Enseña, además, que la importancia de los deberes terrenos no se disminuye por la esperanza del más allá, sino más bien es el cumplimiento de estos deberes el que se aventaja de nuevos motivos. Por el contrario, si este fundamento divino y la esperanza de la vida eterna desaparecen, la dignidad del hombre queda gravemente lesionada, como tantas veces se deja ver, y los misterios de la vida y de la muerte, de la culpa y del dolor, quedan sin solución, de modo que no raras veces el hombre cae en la desesperación.

 

Mientras tanto, todo hombre sigue siendo para sí mismo un problema sin solucionar, sentido confusamente, pues no hay nadie que en algunos momentos al menos de la vida, sobre todo en los sucesos más trascendentales, logre escapar del todo al inquietante interrogativo. Y a esta pregunta el único que puede dar una respuesta total y con plena certeza es Dios, que llama al hombre a un pensamiento más profundo y a una búsqueda más humilde.

 

Por consiguiente, el remedio que se ha de aplicar al ateísmo se ha de esperar ya de la doctrina expuesta como es debido, ya de la entera vida de la Iglesia y de sus miembros, pues es deber de la Iglesia hacer presente y casi visible a Dios Padre y a su Hijo encarnado, renovándose y purificándose continuamente bajo la guía del Espíritu Santo[23] . Eso se obtiene en primer lugar por el testimonio  de una fe 36.0pt'> 

La Iglesia, aunque absolutamente rechaza el ateísmo, reconoce sinceramente, que todos los hombres, sean o no creyentes, deben habitar en común un mismo mundo, y que todos deben colaborar en su debida edificación. Lo cual ciertamente, no se podrá hacer sin un sincero y prudente diálogo. No puede menos de quejarse, por consiguient con la fe del Evangelio[24] y se muestran como signo de unidad.

 

La Iglesia, aunque absolutamente rechaza el ateísmo, reconoce sinceramente, que todos los hombres, sean o no creyentes, deben habitar en común un mismo mundo, y que todos deben colaborar en su debida edificación. Lo cual ciertamente, no se podrá hacer sin un sincero y prudente diálogo. No puede menos de quejarse, por consiguiente, de la discriminación que algunas autoridades establecen injustamente entre creyentes y no creyentes, no reconociendo los derechos fundamentales de la persona humana. Y al mismo tiempo exige, en favor de los creyentes, una efectiva libertad que les permite levantar, incluso en este mundo, un templo a Dios. A los ateos, por su parte, los invita a que consideren el Evangelio de Cristo con sinceridad de corazón.

 

La Iglesia sabe perfectamente que su mensaje está de acuerdo con el fondo más recóndito del corazón humano cuando defiende la dignidad de la vocación del hombre, devolviendo así la esperanza a muchos que desesperan de encontrar destinos más altos. Su mensaje, lejos de empequeñecer al hombre, difunde en su provecho luz, vida y libertad; y fuera de él no hay nada capaz de llenar el corazón del hombre: "Nos hiciste para ti", Señor "y nuestro corazón no conoce el descanso hasta que lo halle en ti".[25]

 

Cristo, el hombre nuevo

 

22. En realidad, el misterio del hombre no se aclara de verdad sino en el misterio del Verbo encarnado. Adán, el primer hombre, era, en efecto, figura del que había que venir[26], Cristo, el Señor. Cristo el nuevo Adán, en la revelación misma del misterio del Padre y de su amor, pone de manifiesto plenamente al hombre ante sí mismo y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, por consiguiente, que las verdades que anteceden encuentren en El su fuente y alcance su coronación.

Imagen de Dios invisible" (Col. 1, 15)[27]. El es el hombre perfecto que ha restaurado en la descendencia de Adán la semejanza divina deformada desde el primer pecado. La naturaleza humana ha sido en El asumida, no absorbida[28]; por lo mismo, también en nosotros ha sido elevada a la dignidad sin igual. Y que El, Hijo de Dios, por su Encarnación, se identificó en cierto modo con todos los hombres: trabajó con manos de hombres, reflexionó con inteligencia de hombres, actuó con voluntad humana[29] y amó con humano corazón. Nacido de la Virgen María, es verdaderamente uno de nosotros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado[30].

 

Cordero inocente, El, por medio de su sangre libremente derramada, nos ha merecido la vida, reconciliándonos Dios en El consigo y con nosotros[31]; nos arrancó de la esclavitud de Satanás y del pecado, de modo que cualquiera de nosotros puede repetir con el apóstol: el Hijo de Dios "me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal. 2, 20). Sufriendo por nosotros, no solamente dio ejemplo para que sigamos sus huellas[32] sino que abrió un camino que, si nosotros lo seguimos, nos permite descubrir el nuevo sentido de la vida y de la muerte, que han quedado santificadas.

 

El hombres cristiano, pues, asemejado a la imagen del Hijo, que es el primogénito entre muchos hermanos[33], recibe las "primicias del Espíritu" (Rom. 8, 23), con las que se capacita para cumplir la nueva ley del amor[34]. Por este espíritu, que es "prenda de la herencia" (Ef. 1, 14), queda restaurado todo el hombre interior, hasta la "redención corporal" (Rom. 8, 23): "Si el espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Jesucristo de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu, que habita en vosotros" (Rom. 8, 11)[35].

 

Ciertamente asedia al cristiano la necesidad y el deber de luchar por muchas tribulaciones contra el mal, o incluso de sufrir la muerte; pero, asociado al misterio pascual y configurado con la muerte de Cristo, podrá ir al encuentro de la resurrección robustecido por la esperanza[36].

 

Todo esto es válido no sólo para los que creen en Cristo, sino para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de un modo invisible[37]; puesto que Cristo murió por todos[39], de modo que siendo hijos de Dios en el Hijo, podamos exclamar en el espíritu: Abba, Padre[40].

 

 

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CAPITULO II

LA COMUNIDAD DE HOMBRES

 

23. Entre los principales aspectos del mundo moderno se han de contar la multiplicación de las relaciones mutuas de los hombres, a cuyo desarrollo contribuye muchísimo el moderno progreso de la técnica. Sin embargo, no es en este progreso donde encuentra su perfección el diálogo fraterno de los hombres, sino más radicalmente en la comunicación de personas, que exige de ellas recíproco respeto hacia su plena dignidad espiritual. Para promover esta comunión entre las personas, la Revelación cristiana aporta una inmensa ayuda y, al mismo tiempo, nos lleva hacia una inteligencia más profunda de las leyes de la vida social, que el Creador dejó grabada en la naturaleza espiritual y moral del hombre.

 

Puesto que los documentos más recientes del Magisterio Eclesiástico han expuesto difusamente la doctrina cristiana sobre la sociedad humana1, el Concilio recuerda únicamente algunas de las más importantes verdades y expone su fundamento a la luz de la Revelación. Insiste en algunas consecuencias que son de mayor importancia en nuestro tiempo.

 

24. Dios, que mira por todos con paterno cuidado, ha querido que toda la humanidad formara una sola familia y los hombres se trataran unos a otros con ánimo de hermanos. En efecto, creados a imagen de Dios, "que hizo que de un solo hombre descendiera toda la raza humana para habitar sobre la faz de la tierra" (Act. 17, 26), dio a todos una sola e idéntica finalidad que es Dios mismo.

 

Por eso el amor de