| Un hombre
cruel e indeciso reina en Persia: Asuero, remedo un poco
novelesco de Jerjes, que reinó en Persia entre los años
486 y 465 A.C. Junto a Asuero había dos personajes:
Amán, el visir todo poderoso, un medo "extranjero
con sangre persa", y Mardoqueo, símbolo de todo el
pueblo judío, servidor íntegro, leal, desinteresado.
Amán, animado por un odio hijo de la envidia, decidió
suprimir a los judíos, y preparó contra ellos un
decreto de exterminio con el cual lograría que se diera
muerte a Mardoqueo, a quien odiaba. Ester, la joven sobrina de
Mardoqueo, se introduce en el palacio real. Oculta su
origen judío y muy pronto Asuero la elige reina en
sustitución de la reina Vasthi, a la que ha repudiado.
Asuero le ofreció un banquete, durante el cual le dijo:
"¿Cuál es tu petición? ¿Que es lo que deseas?
Aunque fuera la mitad de mi reino, te sería
otorgada" (Est 5,3). Ester hizo invitar a Amán a un
segundo banquete, y en el descubrió al rey su origen:
"Si he hallado gracia a tus ojos, ¡oh rey!, y si el
rey lo cree bueno, concédeme la vida mía; he ahí mi
petición, y salva a mi pueblo: he ahí mi deseo"
(Est 7,4). "Porque estamos vendidos yo y mi pueblo
para ser exterminados, degollados, aniquilados" (Est
7,4). Asuero, turbado, exclama: "¿quien es y donde
está el que eso se propone hacer?" Y Ester le
respondió: "El opresor, el enemigo, es Amán, ese
malvado" (Est 7, 5-6). El rey ordenó a Amán fuese
colgado en la horca que éste había preparado para
Mardoqueo y publicó un edicto en favor de los judíos,
un decreto de rehabilitación que remplazaría el decreto
de exterminio.
En cuanto a este libro su
interpretación forma parte de esos problemas "cuya
discusión y explicación pueden y deben dejarse al libre
ejercicio de la penetración y el ingenio de los
comentaristas católicos" (Pío XII, encíclica Divino
afflante spiritu). Aporta un aspecto histórico: un
episodio de la historia de los judíos deportados a
Babilonia, de los cuales algunos permanecieron en Persia
cuando ya tenían libertad para regresar a su patria.
Muchos de ellos tuvieron gran influencia en la corte de
los reyes de Persia. Este aspecto histórico se extiende
al mismo marco del relato: la ciudad de Susa, capital de
Persia, y el palacio real. No obstante, hay numerosos
detalles que difícilmente se adaptan a la historia y que
son de un genero puramente literario. El autor utiliza
métodos que son más propios de un cuentista que de un
historiador: intercala episodios curiosos y amenos,
utiliza las repeticiones a modo de estribillo, etc.
El Concilio de Trento
clasificó el Libro de Ester como canónico.
Aunque el autor haya
tenido cuidado en presentar su relato bajo una forma
neutra, prescindiendo sistemáticamente del nombre de
Dios, el valor religioso de su texto es considerable; el
sentimiento de una fe llena de confianza en una
providencia a la que no se nombra, pero que obra
constantemente, se desprende de toda la narración. Es
Dios quien "guía todos los sucesos del drama y los
actores lo saben". Mardoqueo encarna esta confianza
en Dios, confianza invencible que da lugar a que el no
quiera postrase ante el rey, y a que espere el triunfo
del justo sobre el pecador, y a que recurra a la
penitencia y a la oración.
Este libro tuvo una
especial importancia, pues su lectura constituyó el rito
principal de la fiesta judía de los Purim (literalmente
"de las suertes", fiesta cuyo origen no está
claro y que no figura en los calendarios sagrados del
judaísmo hasta la época de Nuestro Señor). Al final
del libro hay una colección de documentos relativos a la
celebración de esta fiesta. Es el rey Mardoqueo quien
dispone que se celebre todos los años el 14 y el 15 de
Adar, porque estos son los días en que los judíos se
libraron de sus enemigos y en que su tristeza se
convirtió en alegría. Mardoqueo les invitó a convertir
estos días en días de fiestas y festines, y a enviarse
presentes unos a otros para simbolizar la comunión en
una misma alegría, y a hacer donativos a los pobres.
Esta fiesta era muy poco religiosa: en los textos que la
relatan no hay más que una breve acción de gracias:
"Bendito seas, Señor, que te acuerdas de las
alianzas hechas con nuestros padres".
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